Me llamo Deb.

En 2012 empecé Oye Deb, donde creo formación online para personas despiertas que quieren ser más ricas por dentro y por fuera sin seguir instrucciones de nadie. ¿Te gustaría ser tu propia gurú?

¿Por qué hablo en femenino?

El finde estuve en Barcelona y aproveché para ir al cine con mi amiga Elena a ver la última parte de Los Juegos del Hambre. A mí las sagas tienden a gustarme, y más si son de estas supercomerciales un poco teenagers, así que fui muy contenta y no salí decepcionada. Es decir, ya no me acuerdo de la mitad de lo que pasó en las anteriores ni casi en esta, pero eso es lo de menos, no son películas para dejarte huella sino para entretenerte a saco durante unas horas. Y sí, me entretienen y me emocionan. Cumplen muy bien su misión.

Luego, al llegar a casa el domingo, Ari y yo vimos Trainwreck, de la factoría Apatow y con la maravillosa Amy Schumer. A esta le tenía puestas muchas más esperanzas y pese a que empezaba muy bien luego se me hizo un poco pesada y me dio la sensación de que le sobraban minutos o le faltaba vida. Pero en fin, no te cuento todo esto para hacer crítica de cine.

Es que me quedé pensando en la forma en que la mayoría de películas, todavía hoy, representan a las mujeres. Y no solo a las mujeres, sino a la relación de las mujeres y los hombres. No solo la relación amorosa, sino la relación “vital”.

Estas dos pelis justamente proponen a dos protagonistas que asumen dos papeles tradicionalmente asignado a los hombres: Katniss es la heroína valiente y sacrificada que salva al mundo de una dictadura y Amy es una mujer con miedo al compromiso que disfruta del sexo pero no quiere saber nada del amor.

Ambas pelis pasan el test de Bechdel (para pasarlo “solo” tienen que tener al menos dos mujeres con nombre propio y que tengan al menos una conversación entre ellas sobre un tema no relacionado con un hombre. Parece fácil, ¿no? ¡Pues no lo es tanto!) y proponen mujeres “originales”, pero ¿nos damos cuenta de cuantísimas no lo pasan? ¿Nos damos cuenta de que la cultura que consumimos, en su inmensa mayoría, sigue tratándonos como a estereotipos que dependen de un hombre para sostener su historia y su personalidad? -> ¡Twitéalo!

Incluso en historias en las que las protagonistas son mujeres, la mayoría de las veces lo que las mueve es el amor por un hombre, o el desamor de un hombre, o el deber para con la familia, o… Siempre se nos muestran como seres extrañamente pasivos. Solo somos felices cuando el tipo nos ama de vuelta, solo dejamos de sufrir cuando nos dice que nos quiere.

Hay gloriosas excepciones, pero si pensamos en historias protagonizadas por hombres veremos fácilmente lo que nos viene a la mente (agentes secretos, intrigas, investigaciones, acción, héroes…) los hombres tienen una misión vital y las mujeres les “acompañan” amablemente en sus tareas, dándoles cariño cuando lo necesitan y siendo bellas y deseables todo el tiempo. En fin, que somos accesorios como un buen sombrero o un par de zapatos caros, el conjunto se sostiene sin nosotras pero con nosotras —si somos guapas— todo parece de mejor calidad.

Y este es otro asunto que me pone los nervios de punta: el control de imagen al que se nos somete permanentemente.

Siempre me viene a la mente Lena Dunham cuando pienso en esto (que por cierto si sabes inglés tiene una newsletter estupenda con temas femeninos), sin temor a mostrar su cuerpo tal y como es, le pese a quien le pese.

También esta chica que fue insultada hasta el infinito por mostrar su acné en vez de ocultarlo.

O esta violinista que ha recopilado todos los insultos y vejaciones a las que ha sido sometida los últimos diez años en redes sociales.

O esta otra que hace vídeos de ella bailando que aparentemente no gustan a todo el mundo.

O cualquier Instagram de cualquier actriz o presentadora española (durante unos días estuve analizando los comentarios que recibía Cristina Pedroche en el suyo y eran para llorar de la pena, me agobié tanto que dejé de observarlo).

La desigualdad femenina sigue siendo una realidad, también en los países en los que podemos votar y conducir y acostarnos con quien queramos. O eso parece en teoría, porque en España se produce una violación cada hora y media, y la mayoría de ellas ni siquiera son denunciadas. Por no hablar de los casos de violencia machista, de los asesinatos. Al salir del cine hablábamos con Elena del terrorismo y nos dimos cuenta de que tenemos más posibilidades de morir a manos de nuestra pareja que de que nos mate un yihadista en una sala de conciertos o en el centro comercial.

Y no nos olvidemos de que el desequilibrio aplica también a aspectos que pueden parecer poco importantes por cotidianos pero que simbólicamente tienen el mismo poder.

Mira por ejemplo el line-up de cualquier evento de emprendedores, marketing, innovación, creatividad, lo que sea. De hecho, mira cualquier evento que no incluya la palabra “women” o “mujeres” en su título y verás quiénes son los ponentes. Verás quiénes son los espectadores. De quién son los blogs “serios” que no hablan de hornear o hacer manualidades o cuidar a los nenes o vivir más feliz.

Y el lenguaje, qué tremendamente sexista es, cómo lo usamos —todos, porque es algo social— para seguir dejándonos en posiciones pasivas y débiles. El lenguaje, que es lo que pone palabras a la realidad, está contaminado de desigualdad.

Es que aún hay a quien le molesta que algunas hablemos en femenino. ¿Tan raro es? ¿Tan molesto resulta? ¿Tan poco inclusivo? ¿O es que eso está reservado a los hombres y hablando en femenino les estoy robando su plaza de aparcamiento junto a la entrada principal y ese desaire les hace sentir marginados o, peor aún, ignorados?

Hablo en femenino sin intención alguna de alejar a los hombres de mis textos, pero con toda la intención de acercar a las mujeres a ellos. Mujeres que, como yo, aprecian sentirse vistas, comprendidas y representadas. Mujeres que entienden que el lenguaje importa y que se dan por aludidas cuando alguien las llama “lectores” pero prefieren, sin duda, que las llamen “lectoras”.

Por eso hacen falta más voces, más iniciativas, más mujeres que digan algo y que dejen su huella y que opinen y que cuenten y que vayan a los eventos y que denuncien abusos y que no participen de los linchamientos y que hagan películas y escriban libros y obras de teatro y hagan fotos y pinten y tengan profesiones donde se sientan fuertes y útiles, y que tengan hijos o no los tengan, y que enseñen su cuerpo o no lo enseñen o vivan de él o a pesar de él, en fin, que sea como sea hace falta más presencia. Hace falta tu presencia.

Si todavía no hemos escuchado tu voz, ya va siendo hora. Si ya la hemos escuchado: sigue así, por favor, que nadie te silencie nunca.

Un abrazo,

femenino

 

P.D.: Un regalo para las que amáis la poesía o para las que queréis curiosear en ella: la recopilación de Elena Medel de cien poetisas españolas olvidadas. Porque aquí también hemos tenido historia poética y hay quien se anima a dedicar su tiempo a rescatarla del olvido.

 

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