Me llamo Deb.

En 2012 empecé Oye Deb, donde creo formación online para personas despiertas que quieren ser más ricas por dentro y por fuera sin seguir instrucciones de nadie. ¿Te gustaría ser tu propia gurú?

¿Quién decide quién eres?

En el colegio me decían que era muy trabajadora y aplicada, porque siempre sacaba buenas notas y lo hacía todo bien. Mi madre en casa me decía que era una vaga, aunque a ella le gustaba usar la palabra “lacia”. Qué lacia eres, hija mía, a las horas que son ya y durmiendo, y luego todo el día ahí tirada leyendo o con el ordenador. Así que nunca supe si era muy trabajadora o muy vaga.

También me decían mis compañeros que era muy generosa, porque siempre les explicaba las cosas que no entendían, hacía los deberes con los más lentos, dejaba copiar en los exámenes y cubría a quien hubiera que cubrir si estaba en mi mano. Luego mi madre en casa me decía que era una egoísta porque no me apetecía ir a ver a los abuelos o hacerme la cama. Así que nunca supe si era muy generosa o muy egoísta.

Unas personas me decían que era muy agradable y cariñosa, otras que era una seca y una arrogante. Yo nunca supe si lo uno o lo otro.

Algunos amigos se partían de la risa conmigo, otros decían que era muy seria. ¿Qué debía ser?

Que era muy flexible, o que era intratable.

Que era muy organizada, o que era un caos.

Que era muy lista, o que no me alcanzaba el cerebro.

Que llegaría muy lejos, o que no me comería un rosco.

Que una empresa como la mía era la bomba, o que quién me creía que era queriendo ganar dinero escribiendo un blog.

Y así hasta el infinito.

¿Qué pasa si atiendes a todas estas observaciones sobre tu carácter, sobre tu negocio, sobre tus sentimientos o sobre cualquier cosa que te importe y acabas considerándolas verdaderas, incapaz de discernir lo que tú crees de lo que creen los demás?

Pues lo que pasa es que esa confusión entre tu realidad y la realidad que cualquiera percibe desde fuera (que además no es uniforme, es decir, unos verán una cosa y otros, otra) te impide avanzar y te lleva a cuestionarte cada cosa que trates de hacer, cada proyecto que trates de arrancar, cada objetivo que te marques.

Por eso lo más importante a la hora de emprender (y vivir) es el autoconocimiento.

Y sé que cuando pongo ejemplos como estos y la cosa trata solo de mí tú piensas: Deb, no es ni una cosa ni la otra, es lo que cada uno quiere ver de ti, lo que proyectan en ti, lo que quieren que seas. Y tú no eres esa, no eres nada de eso, o eres todo eso, pero no porque lo digan, sino porque todos somos todo, según el día, según cómo estemos, según con quién estemos…

Y yo te digo: Sí, por supuesto, eso pienso yo también, pero prueba a pararte a pensar qué piensas tú de ti misma durante unos minutos. Nombra adjetivos que creas que te definen. Y trata de ubicar de dónde te vienen esas creencias sobre ti misma. Luego intenta determinar si son verdad siempre o si solo a veces son verdad o si según cómo se miren son verdad o si no son verdad en absoluto.

Te sorprenderás si hilas fino porque probablemente encontrarás que alguien, alguna vez, te dijo que pensaba eso de ti, o lo notaste en sus expresiones y reacciones. Y tu inconsciente lo recuerda, se te quedaron las palabras (o las sensaciones derivadas de las palabras) grabadas.

Es bastante inevitable.

Cuando se trata de tu negocio y de las decisiones que le afectan, no puedes permitirte ese margen de duda. Porque igual que cuando mi madre me decía que era vaga y yo me quedaba confundida pensando: “¿seré vaga realmente?”, cuando alguien pone en duda que tu proyecto vaya a funcionar (¡incluso cuando ya está funcionando perfectamente, imagina lo fácil que es sembrar el pánico!), tú te quedas confundida pensando: “¿funcionará realmente o estoy metiendo la gamba hasta la entrepierna?”.

Es muy fácil que la más mínima cosa te haga tambalearte, sobre todo porque estamos hablando de algo que cuesta mucho esfuerzo levantar, y de algo que normalmente hacemos guiadas por la intuición más que por el conocimiento. De hecho, cuanto más importante sea el proyecto para ti, más tendencia tendrás a creerte cualquier atisbo de duda y convertirlo en un drama gitano en tu cabeza.

Esta es una de las cosas que veo más a menudo en emprendedoras noveles, por ejemplo, muchas de las que hacen El Ideatorio y que no han emprendido nunca antes, pero que terminan el curso con una idea que les hace brincar el corazón. Como están contentas e inseguras lo primero que quieren hacer es compartir la idea con sus seres queridos y siempre (de verdad, siempre, hasta en las mejores familias) encuentran a alguien que siembra el pánico con un comentario tipo “¿ya te irá bien?”, “¿ya puedes permitírtelo?”, “¿quieres decir que eso es para ti?”, “¿no tendrías que saber más para hacerlo?”, “¿no es mejor que vuelvas a lo que hacías antes?” o que simplemente les pone una mirada rara o un mohín desafortunado.

Con algo tan nimio en apariencia la semilla de la desconfianza ha quedado plantada en sus cabezas, y entran en bucle y su autoconfianza cae en picado. Y no es que sean mujeres especialmente inseguras o volátiles, no. En absoluto. Es que es muy fácil dejarse llevar y creer lo que los demás opinan de nosotras sin cuestionarlo siquiera. Es un mecanismo que parece funcionar en piloto automático, e incluso cuando no quieres que te afecte, se queda un poco clavadito. La pregunta siempre es “¿y si tienen razón?”

Ya, claro, quizás tienen razón. A veces podrían tener razón. Pero ¿y si no la tienen?

Es que de fondo no es ni siquiera una cuestión de saber quién tiene razón. ¿Y si simplemente haces lo que quieres hacer en este preciso momento y ves hacia dónde te lleva ese camino, cómo te hace sentir mientras lo recorres y qué resultados obtienes al hacerlo?

Ni tú ni yo ni nadie tenemos el don de ver el futuro y prever lo que sucederá si hacemos una cosa u otra o tomamos un camino u otro. Lo que sí sabemos es que la situación actual no nos convence del todo y necesitamos que algo cambie, eso sí lo sabemos con toda la certeza del mundo.

¿Y sabes qué? Nadie te lo ha dicho, nadie te dijo nunca “quieres hacer algo diferente” o “sabes que no te sientes del todo bien”.

Simplemente lo sabes.

Un abrazo,

los demás

 

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