Carta 1/2021

Estoy en un momento de transformación. Claro que, si lo pienso bien, qué momento no es un momento de transformación, si la misma esencia de la vida es de todo excepto estática. Digamos que estoy en un momento en que la transformación se está haciendo notar de forma evidente.

No la sé explicar, todavía. No me la sé explicar ni a mí, no es que no tenga palabras para exteriorizarlo. No sé si a ti te pasa, a veces, que sabes que algo está pasando por dentro pero no puedes explicarlo de ningún modo y, si lo intentas, te sientes absolutamente torpe y para nada fiel a lo que en realidad está pasando. Pues en estas estoy. Ya hace rato. Algo más de un año. Y ahí sigue, sin vistas de cambiar o cerrarse.

Quizás por eso llevo un tiempo muy silenciosa. Aquí, en Oye Deb, y también en mi vida personal.

Hay un tiempo para expandirse y un tiempo para recogerse. A veces esos dos estados se suceden de forma natural de un momento a otro, en el mismo día, en cuestión de minutos. A veces te obligas a estar en expansión y necesitas estarlo en ciertos aspectos (en el trabajo, por ejemplo), pero sabes perfectamente, si aguzas el oído interno, que en realidad estás en recogida.


Yo desearía estar pensando, escribiendo, leyendo, paseando… en silencio, sola. Incluso apeteciéndome ver a mis amigos, estar con mi hijo y mi novio, o compartir ciertas cosas puntualmente, lo que me está llamando es mi vida interior.

Podría equivocarme pensando que se debe a que la llegada a la ciudad, hace ya siete meses, ha supuesto un contraste tan grande con mi vida anterior que necesito de algún modo sustituir la calma y la paz del bosque con algo de calma y paz interna. Siendo honesta, no creo que se trate de eso. Es más bien una llamada no tanto al silencio por sí mismo, sino al silencio que se hace necesario para crear, para pensar, para escuchar, para procesar, para entender.

Pero hacer silencio no es sencillo. Más cuando tienes criaturas y rutinas y una ciudad activa y estruendosa al otro lado del cristal. Que ya se me perdonará, pero cuando miro mi vida antes de tener un hijo y me veo a mí misma diciendo “no tengo tiempo de nada, no tengo tiempo para mí, no me dan las horas” me dan ganas de pegarme un bofetón y contestarme, desde aquí “anda, boba, tienes todo el día entero para ti, deja de quejarte y aprovéchalo”. Pero no, no se puede volver atrás, y los consejos del futuro quedan muy bien pero no sirven para nada.

Podrías argumentar que mi hijo va al cole y que tengo muchas horas para mí, pero no es tanto el “no tener tiempo” lo que me abruma, sino el tenerlo compartimentado con unas rutinas que no he elegido yo, y que son cada día las mismas (básicamente, regidas por las obvias y adecuadas necesidades de mi hijo). Mi vida, antes, no funcionaba así. El desorden y la improvisación me gustaban más.


Ahora fantaseo a menudo con dormir en una habitación propia, despertar de forma natural, elegir mis horarios para todo, tener la casa recogida a mi gusto, trabajar sin interrupción, hornear sin interrupción, pensar sin interrupción… el silencio. La libertad.

 

 

Y cuando parecía que lo iba a tener durante unos días, un tiempo para no cuidar de nadie más que a mí, para no prestar atención a nadie más que a mí, para no hablar con nadie más que conmigo, porque en Semana Santa Arieh y Ray iban a irse a visitar a la familia paterna… ¡patapám!

Va a ser que no. Que soledad y silencio sí, pero no del que tú querías, amiga.

Cuando llevaba un día y medio de “vacaciones” y me las prometía muy felices, tan felices como ese día y medio en que había pasado, por fin, horas mágicas escribiendo, mi gata Cloe se despertó vomitando de forma constante y la llevé al veterinario, que me derivó a la clínica, donde la tuve que dejar ingresada, y se sucedieron unos días horribles en los que descubrí que tenía un cáncer terminal y que si llegaba a volver a ver a Ray y a Arieh sería un milagro. La volví a traer a casa para poder acompañarla mejor y estuve con el corazón en un puño hora tras hora tras hora, subida al altillo con ella y sin más fuerza para hacer nada que ver series una tras otra, mientras le daba la mano o le acariciaba el lomo entre dosis de medicación y morfina y dosis de medicación y morfina. Aguantó hasta verlos, pero a finales de la semana pasada decidimos llamar al veterinario para la eutanasia en casa. Y así, con unas frías inyecciones, pero abrazadas hasta el último segundo, pusimos fin a catorce años de dormir juntas y hacernos mimos.

Podría extenderme en el duelo o en el amor por los animales que viven con nosotros, podría sacar aquí muchos hilos. Voy a ir a por el más prosaico, quizás, pero también el que se relaciona con lo que estaba resultando más importante para mí las últimas semanas. En realidad, el hecho de que yo fuera a tener “mi semana” y “mi semana” consistiera en cuidar y despedirme de mi gata no es un horror en sí mismo. Hay una parte de mí que está contenta por haber podido dedicarle todo ese tiempo sin tener que estar cuidando además de una criatura humana (cosa que hubiera sido bastante angustiosa para mí). Ha sido una despedida hermosa para nosotras, en la que hemos cerrado nuestro círculo estando como estuvimos al principio: juntas y solas.

Sin embargo, a la vez, lo sucedido representa perfectamente mi realidad en los últimos años: cualquier cosa que intente planificar y que implique tiempo para mí se va a ver irremediablemente truncada por una emergencia de cualquier tipo. No sé si aquí hay un mensaje en clave que aún no he podido descifrar. El caso es que, como cualquiera, también vivo en la frustración.

No sé si esto debería consolar a nadie pero al menos podemos sentirnos acompañadas en el sentimiento.

Yo encuentro consuelo siempre en mis ensoñaciones. Me imagino en Escocia, en esta preciosa casa de arriba o en cualquier otra. En Islandia, de nuevo. O en las islas Feroe. Lugares que me llaman a gritos y que no me parece extraño que estuvieran juntas en Pangea, porque para mí tienen la misma energía. Y, sabes qué, están recubiertas de musgo en muchos lugares. Y el musgo es casi casi (casi) lo mejor de la vida. Casi como un gato acurrucado junto a tu cabeza cuando duermes, que te deja meter la mano bajo su barriga y ronronea hasta que el sueño te vence.


Así que volvimos a nuestro bosque —por primera vez en todos estos meses— a enterrar a Cloe. Nada más bajar del coche se me ensanchó el alma y sentí que podía volver a respirar. Alcé la vista y contemplé los rayos del sol filtrándose entre las hojas, escuché profundamente los sonidos de la naturaleza. Y cavé un hoyo, y dejé a mi gata, envuelta en una camiseta nuestra, hecha un ovillito como a ella le gustaba. Y la cubrí de musgo, de flores de tomillo, de dientes de león, de conchas del mar de Barcelona y de piedrecitas del mar de Menorca. Nuestra identidad, en una tumba.

Estos días he estado escuchando mucho esta canción. Ya lo sabía Björk, pero los paisajes emocionales tienen el poder de cambiarte la vida.

I lived next to the last block of flats, and then it was moss and tundra. I used to walk a lot on my own and sing at the top of my lungs. I think a lot of Icelandic people do this. You don’t go to church or a psychotherapist – you go for a walk and feel better. Just walking outside to school, or maybe in blizzards. […] You would walk and there would be no wind and it would be all quiet and whispery, you would sneak down next to the moss and maybe sing a verse and then you would stand up and run to a hill and sing a chorus. You would have to do that quite loudly because the weather was strong.

La traducción, por si alguien la necesita (hecha por mí de cualquier manera):

Vivía junto al último bloque de pisos, y más allá solo había musgo y tundra. Andaba mucho sola y cantaba a grito pelado. Creo que muchos islandeses hacen esto. No vas a la iglesia o a terapia – vas a dar un paseo y te sientes mejor. Solo caminar hacia la escuela, o quizás entre la tormenta de nieve […] Podías andar sin que hubiera ni una gota de viento, con todo tranquilo y susurrante, acurrucarte en el musgo y quizás cantar un verso y luego levantarte y correr hasta una colina y cantar un coro. Tenías que hacerlo bastante alto porque el clima era fuerte.

Y en la misma canción habla del estado de emergencia, que quizás para ella se relaciona con los volcanes, las tormentas, las riadas del deshielo, las cascadas… Pero para mí, el “State of emergency / How beautiful to be / State of emergency / Is where I want to be” es la definición más perfecta del estado en el que me encuentro ahora. Y es que quizás pensamos en la palabra emergencia desde un solo lugar, con una sola lectura. La catastrófica, claro. Leemos urgencia, tal y como la he usado unos cuantos párrafos más arriba.

 

Pero, pese a las circunstancias, y a las urgencias, este estado de transformación del que te hablaba se refiere al resurgimiento de la profundidad. Al aparecer. Al hacerte presente. Así, ¿qué otro estado podría ser mejor que la emergencia?

Si las palabras se quedan cortas, como suele suceder, también puedo explicarlo en forma de baile en una playa islandesa, que además, en este momento conecta mucho con mi estado de ánimo.


Antes de estas dos últimas semanas, sin embargo, había avanzado un poco en mi lucha por arrancarle al día minutos para mi silencio, arrancando una nueva dinámica nocturna que, aunque ahora he suspendido porque no tengo ánimos de nada, espero recuperar en breve. La comparto por si alguna quiere intentarla y le es de ayuda.

Sobre las ocho y media o las nueve Ray está dormido. Para cuando me meto en su cama a leer un cuento y acompañarle en el sueño yo ya estoy cenada, en pijama y con la cara y los dientes lavados. Es decir, lista para mi cama. Nos hemos cambiado el turno de paseo de Tyler y mientras Ray se duerme Arieh lo saca, así que ya no es necesario que yo vuelva a salir a la calle.

Cuando cae rendido, de su cama salto a la mía y, a oscuras, tomo mi iPad y mi lápiz. Le he puesto esta cubierta a la pantalla para que el lápiz tenga una fricción más similar a la del papel y no se note tanto el cristal y el clic clic. He instalado esta app para tomar notas y apuntes.

Y básicamente cada noche me dediqué a escribir y pensar, quizás sobre mis cosas personales, quizás sobre la empresa, quizás sobre mis otros proyectos… lo que pida el día. De este modo, escribo a mano pero no sobre papel, que me resulta muy poco versátil, y puedo acceder a esas notas desde cualquier otro dispositivo cuando necesito.

Desde que empecé a hacerlo, me sentí bastante mejor conmigo misma. 
Antes, en ese rato, me iba a ver alguna serie o me quedaba absorbida con el teléfono, o volvía al ordenador a trabajar, o simplemente leía. Este espacio me permite estar con mis pensamientos y, por supuesto, me guardo un último rato, quizás media hora, quizás una hora, justo antes de dormir, para la lectura de libros —eso no lo perdono, porque además me ayuda a coger el sueño y bajar las revoluciones—.


Igual no parece nada del otro mundo pero me cambió radicalmente la percepción de los días. Ese rato de silencio, de recogimiento, de escritura y reflexión, abrió una brecha enorme en la sensación de urgencia (que no emergencia) y poco espacio que me acompañaba desde que vine a la ciudad. Pero tuve que darme la oportunidad de probarlo. Crear mi propia forma, ajustada a mi vida y a mis horarios, de hacer lo que necesito hacer por mí.

Aunque la vida, con sus dramas, se empeñe en ponerse entre medio, porque, oye, así es ella. Hay que quererla igual.

 

 


De este espacio nocturno salieron algunas ideas nuevas para Oye Deb, y algunas decisiones importantes que ya iremos viendo poco a poco juntas. Por lo pronto, estas Cartas, que vuelven a nuestras vidas, porque, si me preguntas qué es lo que más me gusta hacer en Oye Deb y para qué empecé yo todo este tinglado que a veces siento que se me traga como un tsunami, acaba siendo solamente esto: escribirte.

Así que, por eso y por algunas otras cosas que no acababan de encajarme, he decidido cerrar el canal de Telegram que creé (como experimento para mí misma) a principios de año. Si estás dentro ya habrás recibido el audio con las explicaciones oportunas. Voy a volver a hacer lo único que me importa y que me ha importado siempre. Al final, quizás, por eso tenga que pasar mi recogimiento, pese a que aparentemente un negocio hoy en día demanda otras cosas. O eso dicen, no sé. Ya veremos. Yo, como siempre, hago y deshago y te lo cuento después.

Un abrazo,

 


P.D.: Hace unos días fui a casa de mis padres y mi madre sacó unas redacciones y cuentos que escribí a los diez años. Me sorprendió lo mucho que se parecen, en esencia, a lo que hago ahora. Y me sorprendió que algunos incluían una moraleja final, completamente obvia y quizás innecesaria, pero que me pareció, de algún modo, un recordatorio clarificador, un “por si no has entendido el cuento, parece la historia del viento y el sol pero está hablando de la importancia de hacer las cosas con respeto”.

Así que te dejo tres cuestiones que yacen en el subtexto de esta Carta de hoy:


Si nada externo presionase, si no hubiera obligaciones de ningún tipo, si nadie mirase, ¿cómo desearías estar ahora mismo? ¿En expansión o en recogimiento?


¿Cómo sería exactamente hacer lo que necesitas hacer por ti en este momento?


Y la última, que es para mí pero la añado por si también te sirve: ¿no te has dado cuenta todavía, alma de cántaro, que la vida siempre parece tener otros planes para ti?