Me llamo Deb.

En 2012 empecé Oye Deb, donde creo formación online para personas despiertas que quieren ser más ricas por dentro y por fuera sin seguir instrucciones de nadie. ¿Te gustaría ser tu propia gurú?

Carta 10/2021

No sé quién fue el que dijo que cuando las cosas puedan salir mal, saldrán mal. No sé si era un pesimista crónico o más bien un realista lúcido. Yo he sufrido mucho siempre en el pasado por lograr que todas las cosas me salieran bien. O, como mínimo, para que desde fuera pareciera que me salían bien. No se me daba mal, la verdad. Tuve al mundo siempre un poco, si no engañado, al menos seducido.

Se suponía que el 9 de septiembre (sí, no mires el calendario, hace casi dos meses) tenía que escribirte para presentarte no solo mi nueva web —que a quién le importa una web nueva más que a quien la hace— sino un cambio de rumbo en Oye Deb. Para mí significaba un nuevo renacimiento, un nuevo inicio.

Atención, spoiler: ese cambio de rumbo que te presento hoy no es el que tenía orquestado para el 9 de septiembre. Y sin todo el drama de por medio no hubiera logrado llegar a esta conclusión.

Sigamos.

Cada temporada, es decir, cada septiembre (porque yo inicié Oye Deb en septiembre de 2012) ha sido para mí un aniversario y la oportunidad de empezar un nuevo ciclo. Siempre me ponía las pilas durante el verano para recomponer el traje a medida que era esta empresa para mí.

Desde que nació Ray, y no por él sino por mí, Oye Deb y yo nos fuimos separando de formas más o menos visibles, más o menos obvias. Nunca he perdido las ganas de trabajar, pero en estos últimos cuatro años todo ha cambiado demasiado. Yo he cambiado demasiado.

Así que ya llevaba mucho tiempo (quizás esos mismos cuatro años) mascando la necesidad de un cambio que no sabía qué forma tenía que tomar. Barajé muchas opciones, ninguna me acababa de satisfacer. Desde cerrar y dejarlo todo a desaparecer y que funcionase completamente sin mí, pasando por opciones más intermedias en las que tampoco acababa de verme cómoda.

Mientras, todo seguía detenido, teníamos prácticamente la misma web desde 2015 (algo insoportable para mí), añadíamos productos a velocidad de tortuga (esto no es tan problema, mientras los pueda crear como yo quiero), y yo me encontraba hundida en un sistema de trabajo en el que no era feliz, pero lo intentaba fuertemente —tratando de convertirme en una mejor CEO, buscando herramientas de organización para el equipo, perdiendo el tiempo en cosas que no me interesaban lo más mínimo—.

Así que los valores que debían sostenerme aquí no estaban del todo en su sitio, pero tenía otras prioridades más acuciantes, como criar y no morir en el intento o mudarme del campo a la ciudad y no morir en el intento o mantener una empresa viva que nos daba de comer a todos en la familia —y a alguno más fuera de la familia— sin morir en el intento. Parecerán cosas sencillas, pero para mí no lo han sido en absoluto, así que iban por delante. Porque entre cambiar una web y mantenerme viva y cuerda y con un techo sobre la cabeza de mi hijo, prefiero todo esto último.

Es obvio, tú dirás. Y yo te respondería que no tanto.

 

Que, regresando al primer párrafo, algo como dejar una web vieja y mal hecha a la vista o no decir nada en muchos meses sin disculparme por ello era para mí un fracaso tan descomunal en tiempos preterapia que habría sacrificado cualquier cosa por evitarlo. Cualquier cosa, incluyéndome a mí, por evitar que los demás vieran que yo no era estupenda y no estaba a la altura de todo.

La web, que está más o menos visible desde hace unas semanas, aunque con muchos errores aún, está a años luz de lo que yo quería haber enseñado, del diseño que planteé originalmente y que sentía que me representaba, y los detalles que creo que son marca de la casa brillan por su ausencia. La dejo así porque aquí es hasta donde hemos podido llegar (no sin mucho dinero, tiempo y energía tirados) y no quiero emplear en ella ni más tiempo ni más dinero ni más energía. Ni una gota más.

 

Sé, desde siempre, que no me gusta trabajar con gente. No me gusta porque siempre hay equivocaciones y malentendidos, hay que repetir los mensajes veinte veces, hay retrasos por un lado y por otro y no me puedo hacer responsable del resultado simplemente porque no depende solo de mí. No me gusta tener conflictos ni ser arisca (aunque es lo que me saldría de forma natural, me cuido mucho de serlo fuera de mi casa y especialmente con las personas con las que trabajo y tengo que seguir trabajando), pero casi siempre siento que el resto de personas no trabajan como haría falta y eso me incomoda profundamente. No les quiero dar órdenes ni instrucciones de más, pero si no lo hago entregan cosas que no sirven. Si lo hago, pierdo demasiado tiempo y pienso que quizás sienten que no les doy libertad. Y ojo, que sé que el problema aquí soy yo.

Es un camino de frustración continua en el que no he encontrado medida.


Por supuesto, durante todos estos años he elegido trabajar con gente porque necesitaba ayuda para hacer ciertas cosas, y si quería tener tiempo para mí y para centrarme en el trabajo en el que realmente soy buena (y para criar a mi hijo, no nos olvidemos), era necesario delegar. ¿Lo sigue siendo?

No soy de las que mira al pasado con nostalgia, pero llevaba muchísimos meses sin dejar de pensar en cuando éramos solo el ordenador y yo. Fantaseaba constantemente con un espacio en el que quizás no habría sistemas tan complejos —que me pregunto hasta qué punto son necesarios o por qué los he ido agrandando con el tiempo, dejando que la máquina se me comiera en lugar de seguir teniendo el control—, pero estaría yo haciendo lo que quiero en cada momento, con sencillez e inmediatez.

Eso implicaría probablemente que tendría que trabajar más y hacer más cosas distintas para llegar a todo, y me acababa siempre diciendo que era una fantasía a la que resultaba inviable volver. ¿Lo es?

Pensaba que sí, que era imposible. Me lo sacaba de la cabeza una y otra vez. Me decía, vuelve a la realidad, Deborah, hazte cargo de lo que tienes, sigue trabajando.


Sin embargo, estos meses de retrasos y problemas y malentendidos y sangrado de dinero y complejidades de todo tipo han servido para algo vital: enfadarme hasta el punto de darme la energía para recuperarme a mí misma. Recuperar todo lo que se había desajustado, crecido desproporcionadamente sin yo quererlo siquiera, y hacer todo lo que ya sabía que quería pero no me atrevía a hacer.

Voy a decirlo de nuevo: enfadarme hasta la médula.


Permitirme explotar, gritar, despotricar chillando y llorando y ahogándome en mocos, tremendamente enfadada. Para luego llorar de tristeza (que es lo que viene detrás del enfado) y entender qué era lo que me estaban pidiendo este enfado y esta tristeza, porque al haberlo gritado en voz alta me había dado a mí misma la respuesta.

Bajar de tamaño. Frenar los lanzamientos. Reducir la maquinaria (también los gastos). Callarme hasta que me saliera genuinamente volver a comunicar. Regresar a ser Arieh y yo, y rebobinar hasta el punto inmediatamente anterior a quedarme embarazada.

Me daba miedo, por mil millones de motivos, pero más miedo me daba verme dentro de esa bola que se me comía y se comía todo lo sensible, creativo y bello que había en este proyecto.

Porque me estaba quedando atrapada en el hacer para ganar dinero para sostener a todo y a todos. Cuando yo solo quiero funcionar —y solo funciono bien— en el hacer para crear, para divertirme, para transmitir lo que soy y lo que tengo. Y el dinero siempre había llegado después sin ningún problema.

Nunca quise gente, pero tuve gente. Nunca quise estructura, pero tuve estructura. Nunca quise sistemas complejos, pero tuve sistemas complejos. Nunca quise gastar dinero en crecer, pero gasté dinero en crecer. Nunca quise ser la que manda, pero fui la que manda. Nunca quise lo que llegué a tener, y lo tuve.

 

Y ahora lo estoy deconstruyendo. Me estoy deconstruyendo a mí también, claro.

¿Quién es la que queda aquí, en Oye Deb, cuando desaparece todo el resto? ¿Quién sería si empezara de nuevo, sola, sin dinero, con solo mi ordenador y con lo que yo misma sé hacer?

 

No estaré sola, sino con Arieh, pero las preguntas siguen siendo válidas, y espero que las vayamos resolviendo esta temporada. Juntas, si quieres quedarte.

Un abrazo,

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