Carta 3/2021

En la Carta anterior te hablé sobre la sensación de que este sector en el que trabajo (la formación online) me tiene un poco sobrepasada a varios niveles. También en la sesión de Backstage con Gemma Fillol  tocamos este tema que nos preocupa y afecta a ambas.

Y, como además, estos días podrás ver nuestra clase gratuita “Cómo ganar dinero online (sin vender tu alma al diablo)” —y también estarán abiertas las inscripciones a Mi Primer Producto Digital— he pensado que quizás en esta Carta podría desarrollar esta cuestión.

Es que, como sabes, en estos últimos años, y el último en particular, el asunto del trabajo online se ha vuelto habitual. Lo que era extraño, ahora es normal.

También es normal algo que no debería serlo: querer ganar dinero sin hacer mucho nada.

 

No digo ganarlo realmente, que eso ya es harina de otro costal y entre lo que se quiere y lo que se consigue hay un trecho tremendo. Digo pretender. Digo creer que es posible.

Criptomonedas, traders, fondos de inversión… la economía se ha puesto de moda. ¿Hace un año? Apenas nadie pensaba en ello. Llega la crisis y todo el mundo se lanza, hasta el que no tiene ni mil euros ahorrados, convencido de que si otros dicen que han podido ellos también podrán, y que para qué trabajar si se puede uno forrar haciendo cuatro transacciones al día en su teléfono.

 

bitcoin

@trippyogi

 

Y unos se lo dicen a otros, y empiezan a salir los maestros que te cuentan cómo hacerlo, y al final los que se hacen ricos son o bien los que llegaron primero, o bien los que invierten muchos millones (ya eran ricos en primer lugar), o los que lo enseñan o los que viven de las comisiones de cada transacción. Pero no la mayoría de los que lo intentan. De hecho, ya se advierte que más del 70% de personas pierden todo lo que invierten. Pero claro, por qué no voy a ser yo del 30% restante.

Cuanta más gente entre, más gente querrá entrar. Cuando la ola sube, todos queremos surfearla. Y la ola sube porque hemos perdido trabajos, hemos sufrido ERTES, hemos despedido a familiares y la precariedad acecha. Algo habrá que hacer. Algo fácil, algo rápido, algo que podamos hacer sin experiencia y sin formación. Así que te dicen que inviertas por aquí y por allá y por qué no.

 

Hasta que la ola reviente. Que reventará. Igual que revienta todo lo que se hincha demasiado.

 

Y si saco este tema (que claramente no es el mío), es porque exactamente lo mismo pasó hace no demasiado con el tema de la formación online. Ingresos pasivos, lo llamaban con toda la pachorra a la creación y venta de cursos por internet. El acento se ponía —algunos todavía están ahí, aunque yo lo diga en pasado— en enseñarte a venderlos con la enésima técnica de marketing, y a que los hicieras como quien hace un churro: salga como salga, tú solo tienes que decir que eres la mejor churrera y poner la churrería bonita, se lo comerán de todos modos.

 

Hasta que esa ola también fue creciendo, tanto que todos nos acostumbramos a comprar formación online (bien), y tanto que todos pensamos que era algo sencillo de crear y una solución para vivir de lujo trabajando poco (mal).

 

Y la ola no lograba aguantar el peso de tantos surferos y empezó a estrellarse contra la arena, porque, claro, todo lo que sube baja, eso ya lo dijo Newton y nosotros deberíamos haberlo integrado, que tiempo hemos tenido desde 1666.

Entonces la mayoría se dio cuenta de que ni era tan fácil ni era tan provechoso, y vio que la ola le pegaba un revolcón mayúsculo, y comprendió que su tan admirado maestro no era sino un charlatancito que, además, tenía a bien de culparle por su falta de éxito y actitud. No tienes el mindset adecuado, no eres como nosotros. Y el pobre bajó la cabeza y dijo esto no es para mí, soy yo el problema, todos son ricos sin trabajar menos yo.

 

@lastlauf

 

Y qué dolor, pero voy a por la siguiente panacea, que a esta he llegado tarde y aunque no pedían ningún talento parece ser que ni a eso alcanzo. ¿Qué me dices? ¿Que me haga trader? Claro, cómo no lo había pensado antes. Gracias por salir en mi ayuda, nuevo maestro de brillante armadura.

 

Todo esto no lo digo por criticar a nadie, ni por creerme mejor o con más derecho o conocimiento que nadie. Lo digo, simplemente, porque es una dinámica a la que me angustia de forma opresiva pertenecer, sin yo quererlo ni vérmelo venir (en 2012 cuando empecé, inocente de mí, las cosas parecían mucho más simples y honestas).

 

Lo digo porque, mal que me pese, una empresa existe en relación al mundo que la rodea y se percibe en relación al resto. Me aterroriza que se me confunda, o lo que es peor, confundirme yo sin darme cuenta, queriendo lo mejor para mi negocio. Y por mucho de lo que veo alrededor día tras día, muchas veces me avergüenzo, y me pregunto, una y otra vez, si es esto lo que quiero hacer.

Pero es que sí, sí que es esto.

Y no sé si mis formaciones son mejores que las de nadie. Me tengo que quedar con lo que a mí me hace sentir que tengo que seguir adelante, apruebe más o menos lo que hagan mis colegas de profesión (mal que me pese llamarlos así, porque a muchos les daría con un mazo en la cabeza), y me quedo, precisamente, con las veces que recibo un “menos mal que alguien me explica que hay otra forma de hacer las cosas, menos mal que puedo ver en ti una manera de trabajar que realmente quiero para mí, menos mal que contigo he podido darme el permiso de dejar de creer a cualquiera para empezar a creer en mí”.

Si eres un poco avispada estarás pensando lo mismo que pienso yo, que vaya plan de mierda es este de tratar de darles a mis alumnas herramientas y perspectiva para la autodeterminación personal y profesional y tener que hacerlo poniéndome a mí de ejemplo, como si fuera yo ejemplo de nada o como si supiera más que cualquiera o como si hubiera hecho muy bien las cosas alguna vez, o como si la única manera de encontrarse a una misma sea a través de una figura externa, en este caso yo (pero la que sea para ti que cuenta sus cositas en emails, podcasts e instagrams y que te hace sentir que ojalá tú ser más eso y menos tú y pensar que mucho en ti no está bien como es).

Y me he comido tanto la cabeza los últimos meses con este tema. Tanto que había decidido dejar de aparecer en Oye Deb, dejar de poner mi imagen y mi nombre y mi personalidad al alcance para que nadie tenga que mirarme a mí y pensar ella sí que lo hace bien, tengo que ser como ella, ella sabe más que yo.

Me da el mismo repelús pensar en tener fans como pensar en tener comunidad, y creo que el culto a la personalidad, tan de ahora pero tan innecesario, es algo que deberíamos empezar a destruir con nuestras mejores hachas de guerra al grito de “yo solo me sigo a mí misma”.

 

La marca personal es el nuevo lobo con piel de cordero, es decir, una trampa. Tanto para quien la crea como para quien la consume.

 

Springbreakers, Harmony Korine (2012)

He pensado tanto en esto que, sin embargo, he acabado mordiendo mi propia cola (que es lo que suele pasar cuando das vueltas y vueltas), y este uróboro ha traído una revelación importante. Yo tampoco sería quien soy, ni me habría dado el permiso de ser quien soy, sin haberme reflejado en otros. En mis parejas, en mis amigas, en mis hermanos, en mi terapeuta, en mis escritoras favoritas, en mis directores de cine más amados, en los arquitectos y pintores y cocineros (estos últimos los pongo en masculino porque así son, qué le vamos a hacer). También en las obras de ficción, que me tocan y me reflejan cada día.

 

Y mi presencia en tu vida tiene la posibilidad de hacer dos cosas que se excluyen mutuamente: darte permiso para ser más tú o hacerte creer que tendrías que ser más yo.

 

Si estuviera haciendo lo segundo de forma consciente me tiraría por un balcón ahora mismo, así te lo digo. Es lo último que quiero en mi vida, es lo último que quiero hacer con mi tiempo y es lo último que mi trabajo quiere mostrar.

Yo solo deseo para ti, con el mismo ardor de corazón con que lo quiero para mí, que te des permiso para ser más tú.

Pero ahora, otra trampita: hemos entrado en otra fase del resbaloso arte de vender que va de lo que he bautizado como “ la ola del cualquierismo”.

Hemos pasado de personalidades que se presentaban ultraprofesionales, trajeadas, bien formadas e inalcanzables a papanatas que parecen el cuñao de tu prima haciéndose vídeos con el móvil que luego pagan decenas de miles de euros para que YouTube te lo muestre y así demostrarte que tú podrías ser ellos, y que ellos no tienen nada de especial, que incluso siendo feos y semiatontados han podido ser los más listillos de la clase siguiendo esos pocos trucos que te va a contar en su masterclass en directo que te van a llevar a comprar su curso de muchos cientos o miles que milagrosamente está megarebajado si tomas la decisión en los próximos diez minutos porque es indiscutible que si ese tío está viviendo la vida así, tú también tienes que poder. Y ahí vas. Porque ya lo dice, que él no es ningún gurú, que él no va de nada, que él detesta a los vendehúmos y las mentiras y el marketing que le enseñan en los congresos de Estados Unidos donde va a tomar rigurosos apuntes y hacerse la foto con su gurú de turno (para luego querer montar aquí lo mismo y ser él el que alce los brazos sobre el escenario como un Jesucristo cualquiera) y que en realidad solo quiere ayudarte a que las cosas te salgan como quieres y a que logres la vida que te mereces.

 

Springbreakers, Harmony Korine (2012)

Y mira, yo me retuerzo por dentro, porque ellos lo ensucian todo con sus zarpas pero se irán por donde vinieron cuando su ola se estrelle contra la arena dejándonos, a quienes verdaderamente creemos en lo que hacemos y no hemos venido a la vida a fingir ser superestrellas ni superlistos ni supernada, más tocados. Porque su mierda nos salpica. Porque quien pica allí, empieza a desconfiar. Empieza a pensar que todos somos iguales. Y se queda con su desengaño, en vez de conservar su esperanza.

 

¿Qué esperanza, te preguntarás?

No la de ganar dinero mientras te tocas el higo.

No la de que venga alguien a solucionar tus asuntos y a tocarte con su varita del éxito fácil.

La esperanza de hacer con tu vida algo que te importe, que te emocione, que hable de ti. Y que lo haga respetando al otro de la misma manera en que te respetas a ti.

 

Hace unos años, quien llegaba a mí llegaba abierta, fresca, quizás con mucho vivido o no pero con la mirada curiosa. Ahora me llegan desengañadas. Las que probaron lo de aquellos y se dieron cuenta de que era imposible ir por ahí, y a fuerza de caídas pensaron que nada podía ser tan fácil, que nada iba a ser regalado, que no era cuestión de actitud ni merecimiento ni de técnica alguna.

Se dieron cuenta de que, sin profundidad y raíces, nada crece. Nada se sostiene.

En eso estamos ahora con las alumnas de El Ideatorio de la edición de marzo. Y algunas de ellas, como pasa en cada edición, están viendo que una posibilidad de ser más quienes son a nivel profesional es compartiendo lo que saben sobre un tema en particular con otras personas, es decir, enseñando. Y quieren hacerlo online, porque, evidentemente, en un mundo como el de ahora, es bastante más factible y rentable.

Pero están asustadas porque ven a los tiburones sacar la aleta, y oyen los cantos de sirena a lo lejos, llamándolas. Este mar no está exento de peligros. El más grande, que dejes de ser quien eres para ajustarte a un molde y a unas instrucciones inventadas por vete a saber tú quién, y en consecuencia, no sientas la felicidad de estar haciendo lo que realmente te emocionaría porque las reglas del marketing no lo permiten, porque las modas hay que seguirlas, porque no podemos ser quienes somos o no gustaremos a nadie, o al revés, tenemos que ser tan especialitas y parecer tan vulnerables y salir tanto en stories y ser tan colegas y simpaticonas y hacer muchos bailecitos porque así la gente confiará en nosotras y nos darán su dinero.

 

Scarface, Brian de Palma (1983)

 

Yo bailo genial, te lo prometo, petaría el TikTok, pero no me verás bailar en internet. ¿A santo de qué? ¿Te gustaré más si me ves sacudir el culo? ¿Tendrán mis argumentos más validez?

Es todo una puesta en escena. Hasta lo que parece real.

Vender formación online es un trabajo a tiempo completo que, efectivamente, va a pedir mucho de ti, pero también puede darte mucho a cambio. No solo dinero.

Si es por dinero, chica, hazte trader.

Un abrazo,