Me llamo Deb.

En 2012 empecé Oye Deb, donde creo formación online para personas despiertas que quieren ser más ricas por dentro y por fuera sin seguir instrucciones de nadie. ¿Te gustaría ser tu propia gurú?

Carta 3/2022

Ya estoy en casa.

Te escribo desde un despacho desordenado y luminoso. A mi derecha, una ventana de un piso alto desde la que veo las últimas casas antes de la inmensa montaña. En la cima, el Tibidabo. No veo las atracciones, pero sí la iglesia coronada por el Cristo del Sagrado Corazón. El sol se pone y me hace cerrar los ojos. Mi brazo arde. El olor de aquí y mi helecho junto a la pantalla. Las voces de la gente del bar de abajo. El miniautobús subiendo. Mis padres a 200 metros. Mi amiga más antigua a 350. El sol. El olor a monte cuando llueve. El viento que se cuela por todas las puertas y ventanas. El sol. El sol. El sol. El sol. El sol que arde en las plazas, que quema en los columpios, que derrite las baldosas mal puestas y hace sacar los toldos. Las cuestas, las escaleras, los geranios, las moras, las higueras, las ropas tendidas, la basura, las cacas de perro, los quinquis, todos los parques, las peleas, el flamenco y la bachata, las tiendas viejas, las nuevas que no lo parecen, los bares difíciles, los Mossos. También los Mossos. Y el sol, no te olvides del sol, ni de los dos grados de menos de temperatura. Ni de las motos trucadas que parecen aviones, ni de los pájaros, que hay tantos, y cantan tanto…

Hace dos semanas que estoy aquí y puede que esté viviendo la colisión de sentimientos más grande de la historia. Supongo que nunca es fácil volver al lugar de dónde te fuiste, sobre todo si te fuiste porque querías irte con todas tus fuerzas.

Si he de ser sincera nunca sentí que perteneciera del todo a este sitio. Me veía demasiado diferente a todo el mundo, como si me hubieran dejado caer con unas pinzas en un mal experimento. Lo miraba todo desde fuera, como si no tuviera nada que ver conmigo. Quitando a mi amiga más antigua, no conocí a nadie remotamente parecido a mí hasta que llegué a la universidad. Eso creía yo, al menos. Que era una especie de extraterrestre en este entorno mediocre, precario, ignorante y embrutecido.

Como mi visión del barrio venía cargada con todo lo que construí hace años, dudé mucho sobre si debía volver. Por si te perdiste episodios anteriores de Las Cartas, hemos venido aquí porque el colegio que queríamos para Ray está a 15 minutos andando, en otro barrio mucho más caro y residencial, y este año conseguimos una plaza de manera milagrosa. Intentamos alquilar dos pisos antes de este, ninguno en mi barrio pero más o menos cerca del colegio también y no nos los dieron porque tenemos un gato y un perro. Este sí nos lo dieron a pesar de todo el pack y teníamos prisa porque Ray iba a venir al casal de verano, así que fue un sí.

Dudé porque mi mente me contaba que soy una perdedora por volver a este lugar.
 Que no soy nada de lo que me creía, que qué me había pensado, tan moderna y tan intelectual y tan de todo cuando no soy más que una choni del montón. Me contaba que iba a condenar a mi hijo a querer salir del barrio igual que quise salir yo y que iba a tener que protegerlo de la mediocridad, la precariedad, la ignorancia y el embrutecimiento. Me contaba que debería darme vergüenza vivir en un piso como este en vez de en un loft como aquel. Que se había acabado el aparentar porque esto era un retroceso en toda regla, una caída estrepitosa y todo el mundo iba a ver lo que he estado temiendo toda la vida: que soy un fraude y que todo lo que tengo es, en realidad, mucho más de lo que merezco.

He escuchado estas voces a menudo a lo largo de estas últimas semanas. Por suerte, sé más que ellas. Sé más que ellas de mí misma, a estas alturas. Y en vez de creérmelas, sé que tengo dos cosas bastante más valiosas: la experiencia y mi cuerpo.

En dos semanas he hablado con más gente que en dos años en el barrio anterior. He conocido a un montón de vecinos de mi bloque. Las chicas del bar de abajo me saludan al pasar y a veces me tomo el desayuno allí, cuando vuelvo de pasear a Tyler. Mucha gente me para y me dice cosas sobre lo bonito que les parece el perro. Los viejos saludan diciendo buenos días y buenas tardes y buenas noches. El primer día que desayuné en el centro cívico vi a uno de mis amores platónicos de la infancia (y no le dije nada, pero a la siguiente lo haré). El segundo día que desayuné en el bar del centro cívico no les iba el datáfono y la chica, sin dudarlo, me dijo que ya le pagaría otro día. También me dejó estar dentro con Tyler, que estaba asustado por los truenos. Y al momento apareció una amiga de la adolescencia de quien no sabía nada desde entonces. También volvió a vivir allí. Y su hermana, que se casó con uno de los monitores del esplai. Y la he visto joven y estaba igual y a ella le ha parecido que yo estaba igual y todo era como si no hubieran pasado veinticinco años.

Y me gusta estar aquí. Me gusta. Entro en mi casa y me gusta ver la claridad y el cielo y el bosque y sentarme en el sofá bajo los libros cuando empieza a anochecer. Y mirar la luna cada noche, como cuando vivía en el campo. Y ver cómo mis tomates han echado flores porque les da el sol y cómo Michael sale a tumbarse en el suelo caliente. Mi cuerpo está relajado y se siente a salvo aquí, pese a lo mal que le sienta estar aquí a la imagen de mí misma que me había querido montar.

Que no tengo lavaplatos (ni cabe) y he tenido que comprar un escurrecacharros. Que no había ni un armario. Que la ducha no tiene mampara. Que el sábado pasado se lió una pelea de borrachos de buena mañana en la esquina de abajo. Que salir al lavadero y mirar la galería es deprimente. Que el aloe que llevo veinte años cuidando no disfruta de este sol como yo. Que no nos caben todas nuestras cosas y he tenido que vender mi butaca favorita. Que he pasado días pintando puertas y ni siquiera han quedado genial. Que se acabaron los días de ir en bici y de caminar hasta el centro o a la playa. Que Ray no ha hecho amigos todavía en el cole nuevo. Que he visto a personas en un estado tan miserable que he dudado de si debía llamar a alguien o hacer algo. Que aquí muchos beben cerveza para desayunar y hasta la noche. Que Tyler va por las calles nuevas con miedo.

Pues sí. Todo esto y más, pero nada puede con mi cuerpo, que se siente vivo aquí en vez de mustio y embotado. Y me da que estos dos últimos años no eran el inicio de una nueva etapa, como pensaba, sino un final apoteósico. O un impasse, quizás. Da lo mismo. No hace ninguna falta contener los tiempos vitales.

Como dicen en esta película que van a poner uno de estos martes en el centro cívico: la chica puede salir del barrio pero el barrio no de la chica.

Y quién querría sacarlo.

Gracias por seguir aquí.

Un abrazo, 

P.D.: Tenemos todo esto para ayudarte, en caso de que lo necesites :)

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