Carta 5/2021

Compartí la semana pasada en Stories de Instagram unas frases de Stephen Fry que pensé que les iban muy bien a las alumnas que están actualmente haciendo El Ideatorio. Y sí, no es que no. Pero como siempre, en realidad, me iban bien a mí.

“Oscar Wilde dijo que si sabes lo que quieres ser, entonces inevitablemente te conviertes en ello… ese es tu castigo, pero, si no lo sabes, entonces puedes ser cualquier cosa. Hay verdad en ello. No somos nombres, somos verbos. Yo no soy una cosa: un actor, un escritor… Soy una persona que hace cosas: escribo, actúo… y nunca sé qué voy a hacer a continuación. Creo que puedes quedarte prisionero si piensas en ti como un nombre.”

 

Esto me hace pensar en algo que vengo meditando desde hace un tiempo: mi dificultad para etiquetarme.

 

Siento que las etiquetas me encorsetan y me limitan, solo de pensarlo me entra ahogo. No quiero usar ninguna definición de lo que soy ni de lo que hago porque, al definirlo, hay tantísimo otro que queda fuera. Y, como dice el señor Fry, me resisto a ser un nombre y nunca sé qué querré ser a continuación. Así que como él, digo: yo enseño, escribo, creo, lidero (bastante mal, por cierto), pienso, hablo, emociono, remuevo… A todo esto me dedico actualmente.

Hay un miedo implícito en la etiqueta, más allá del no poder desprenderte de ella: tienes que estar a su altura.

Quizás estés pensando que la etiqueta que más miedo me da sea la de escritora. No es así. Me impone cierto respeto, pero cuando escribo soy tan yo misma, me siento tan bien, tiene tanto que ver conmigo y tan poco con nadie más (como ya te conté en la Carta 2) que no encuentro manera de esquivarla.

Como bien dijo mi amado Billy, “igual al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo, y es como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara, como si tuviera fuego dentro. Y me veo volando, como un pájaro. Siento como electricidad, sí, electricidad”.

 

Billy Elliot, Stephen Daldry (2000)

 

El nombre con el que no me siento tan cómoda es el de maestra.

Y mira, me dedico a enseñar, no a otra cosa. Enseño desde 2012, incluso desde un poco antes también, antes de Oye Deb.

Si te fijas, mis propuestas formativas (excepto la primera y la última, ahora voy con ellas) no tratan de enseñar nada a nadie más que una vía para la autoexploración, un camino al que agarrarse para poder ser tu propia maestra, gurú, mentora, lo que sea.

En El Ideatorio te dejo herramientas y un proceso para entender qué deseas hacer con tu vida profesional. En Mi Diario, propuestas para el contacto profundo contigo misma a través de la escritura íntima. En La Revisión, un sistema de preguntas para estar alineada siempre con tu empresa y no necesitar más mentora que tú.

Pero la primera, Tu Empresa Handmade (no disponible ya), era más didáctica. Y la última, Mi Primer Producto Digital, por más que yo me negase tenía que serlo: era necesario que os entregase la información sobre cómo funciona esto de crear y vender Productos Digitales (con el objetivo de que luego podáis hacer lo que os dé la gana, igual que he hecho yo todos estos años, incluso si desde ahí decidís hacer más formaciones o contratar mentorías o lo que os haga falta, pero ya no vendrá de la inseguridad ni de la necesidad), y para eso hay que explicar cosas, y más cosas y más cosas. Doscientas páginas de explicar cosas.

Por supuesto, me esforcé por llevarlo a mi terreno, y lo hice, porque además de la información, la propuesta consiste en que seas capaz de entender quién eres, quién es tu empresa, cómo es —o va a ser— tu Producto Digital y quiénes son tus alumnas. Desde ahí, con la información correcta en la mano —y ojo que nadie puede dártela más que tú— puedes construir lo que quieras, en este caso, sí, un negocio como la copa de un pino que te permita ganar dinero online.

No engaño a nadie cuando digo que es un negocio muy cómodo, muy escalable y muy flexible. Ahora, tampoco te creas que es pan comido, todo fácil y rápido y cientos de miles en tu cuenta el mes que viene.

A eso le llamo yo sucumbir a las tentaciones de los diablos.

 

 

Y para eso tengo yo un remedio estupendo, de hecho, tengo hasta un conjuro (que no incluye velas ni pintar con tiza en el suelo ni beber pócimas ni nada). Lo puedes encontrar en esta clase gratis cuando esté disponible.

 

Los diablos son todos esos (los de la Carta 2, ¿recuerdas?) que se creen superiores a ti por el hecho de tener algo que enseñarte (o creer que tienen algo que enseñarte). No lo reconocerán, ni siquiera ante ellos mismos, pero su manera de hablarte, su manera de convencerte, su manera de ponerte límites, de darte explicaciones, de acorralarte donde les viene bien, de seguirte manteniendo bajo su influjo, de no tolerar disidencias, de fomentar la idolatría y el culto a la personalidad lo corroboran. Y ya pueden decir cosas hermosas y maravillosas en sus enseñanzas. Que las dirán, claro.

 

Wild wild world (2018)

 

Y mira, sí, tengo un problema con eso. No puedo soportar que me traten así. De hecho, hace poco me fui de una formación en la que estaba aprendiendo mucho porque no podía con lo que me llegaba de la maestra. No me parecía justo, no me parecía ético, no me parecía honesto. Me hacía sentir incómoda, tratada como una niña, haciéndome creer lo que ella quería que creyera. Y, en serio, el resto de la clase están felices y contentos (algunos lo ven como yo, pero no les molesta lo suficiente como para irse). Yo, una vez lo noto, no puedo hacerme luz de gas.

Valoro mucho a la gente que defiende sus ideas con vehemencia, pero para poder hacerlo es necesaria mucha humildad. Este tipo de persona no la tiene. Hacen como que sí, pero no.

¿Sabes como lo sé, cómo tengo el olfato tan sumamente fino para detectarlo?

Porque yo he sido esa persona. Creo que ya no lo soy, pero lo dejo en duda, también ante mí, porque por ahí empieza mi humildad. Por no engañarme a mí y por contarte algo que me avergüenza profundamente.

Si me asusta tanto la etiqueta de maestra es porque temo ser lo que estaba decidida a ser cuando era una marioneta de mi ego, sin saberlo: ese tipo de maestra. La que juega en la superioridad, la que manipula sin ser detectada, la que acorrala cuando se siente amenazada, la que teme que todo el mundo se dé cuenta de que no es lo que intenta parecer.

Dejé la formación porque tuve una visión muy clara: esa mujer era la persona que yo estaba encaminada a ser si no hubiera conectado con mi sensibilidad y mi ser profundo (de hecho, ella me ayudó, en una pequeña parte, a perfeccionar esa conexión). Me vi, de vieja, convertida en ella: asustadísima pero digna, poderosa, admirada. Y me horrorizó, y me apenó. Y me llené de ternura también. Y de alivio. Y de agradecimiento. Fue un momento muy duro para mí, porque además no me fui en buenos términos (no me lo permitió, cómo iba a hacerlo), pero lo ha cambiado todo.

Porque verlo significa que no estoy ahí. Que ya no es un punto ciego. Que la sombra dejó de ser sombra.

Y desde aquí, mi trabajo, que sigue siendo el mismo, se ha dado un poco más la vuelta.

Porque no soy maestra, sino que yo, a veces, enseño.

Y porque incluso cuando enseño, no sé más que tú. Nunca. Nunca sabré más que tú.

Nunca seré la gurú de nadie.

 

I am not your guru (2016)

 

Por eso siempre pongo por delante que lo que cuento es “desde mi experiencia”, no “lo que es”, y por eso no soy capaz de decirle a nadie lo que tiene que hacer. Puedo dar ideas, pensar posibilidades, ayudar a buscar opciones, pero nunca voy a empujar hacia donde me parezca a mí.

La verdad no existe. Todo es parcial, incompleto, sesgado. Es quien está al otro lado que tiene la misión de procesar y completar, contrastar y experimentar. Hasta que obtenga su propia versión, su propia visión, su propia información.


Eso es lo que intento hacer cuando aprendo.

Pero también es lo que intento hacer cuando enseño.


Hace unos días, por otros motivos, canalicé un mensaje al respecto (tendré que hablar pronto de esto de las canalizaciones, pero no será hoy, todavía) y me gustaría compartirlo por si a alguien le sirve también:

Lo tangente, para ti, funciona (el corte seco con la estructura habitual). No quieres enseñar porque tu alma no entiende de jerarquía pero tu mente aún reconoce al maestro como un superior. Hay una contradicción. Deshazlo, coloca al maestro debajo, destruye las posiciones. Lo igual fluye y es la vía de información clara. En el mismo plano, nadie enseña a nadie, todos enseñan a todos, no es necesario hacer distinción entre maestros y discípulos. Aprender es enseñar y enseñar es aprender. El discípulo es tan maestro como el maestro. Solo les separan sus estructuras mentales. Destrúyelas también.


Vente conmigo a destruir todas las estructuras que podamos.


Las estructuras que nos piden que compremos y consumamos pero no cuestionemos.

Las estructuras que confían en la jerarquía para someter, manipular, adocenar.


Y, ya en mi campo de acción concreto, vente a destruir las estructuras que nos dicen que los Productos Digitales se hacen así o asá y que hay unas normas que debes seguir para conseguir vivir de esto.

 

La ley de la hospitalidad, Buster Keaton (1923)

 

Vente, que te lo cuento en esta clase. Y luego, si quieres, en Mi Primer Producto Digital.

Un abrazo,