Carta 8/2021

Había una vez una niña a la que su madre enseñó que, si te alejas suficiente de las huellas humanas y te internas en la naturaleza, llegarás al lugar “donde los cangrejos cantan”. Esa niña, que amaba escribir y creyó que sería escritora de mayor, terminó doctorándose en zoología y comportamiento animal, y vendió cuanto tenía para internarse junto a su marido en lo más profundo y remoto del Kalahari botsuanés para estudiar durante años a los leones y las hienas, allí donde los animales no tenían siquiera miedo al hombre puesto que jamás habían visto ninguno. Y escribieron, ambos, un relato autobiográfico sobre sus siete años en el Valle de la Decepción, que llegó a ser superventas.

A continuación se dirigieron a Zambia para aprender sobre los que llegarían a convertirse en los animales favoritos de la mujer, los elefantes. Y escribió numerosos estudios e investigaciones en publicaciones científicas que le valieron gran prestigio, se enfrentó a los furtivos creando incluso conflictos diplomáticos y recibiendo amenazas de muerte constantes, creó una fundación para la conservación de la vida salvaje y probó lo que significa la soledad física, esa palabra que la mayoría de nosotros desconocemos realmente.

Por un asesinato no resuelto de uno de estos cazadores furtivos fue obligada a regresar a su tierra natal, se hizo con un rancho enorme y siguió jugando con los animales como si jamás hubiera crecido. Pero también hizo otra cosa, y a los setenta años publicó su primera novela.

 

 

Había una vez una niña que vivía en la pobreza absoluta de la marisma, en una barraca, junto a su familia. El padre, alcohólico y maltratador, causó que, uno tras otro, y empezando por su madre, todos abandonaran la cabaña para no volver jamás. La dejaron sola, con él y sin él (porque desaparecía constantemente, hasta desaparecer para siempre antes de cumplir los siete años). La marisma y todos sus seres, animales y plantas, le hicieron de madre. La soledad fue su única amiga, junto a las gaviotas. Y algunas, pocas, personas aparecieron en su camino. Y creció, y contra todo pronóstico, llegó a publicar muchos libros de ilustraciones sobre la vida natural de las marismas que la convirtieron en la mayor experta en ese ecosistema, y luego alguien murió, y la creyeron culpable.

Esta es Kya, y la de antes es Delia Owens.

 

 

La chica salvaje, (“Where the crawdads sing” en el original), no es autobiografía pero claramente existe un paralelismo entre la persona y el personaje. Tampoco es una novedad, pues lleva dos años y medio en la lista de superventas del New York Times, ha vendido más de 11 millones de copias, se ha publicado en 49 países y la productora de Reese Whiterspoon está, ahora mismo rodando la adaptación cinematográfica con Daisy Edgar-Jones (la Marianne de la adaptación a serie de Gente Normal, de Sally Rooney, que incluí en mis recomendaciones para Sant Jordi en Instagram).

Sacado sin saber nada sobre él de la gloriosa biblioteca pública (porque, con ese título, cómo no iba a ser para mí), lo terminé ayer y me llevé una sorpresa mayúscula. Lloré con Kya y amé con Kya, bailé sobre el agua en su barca, me mojé con su lluvia y recogí conchas y muestras junto a ella, dibujé hierbas en su cuaderno de acuarelas, publiqué mis libros, me acurruqué en su camastro en el calabozo junto a un gato. Juntas, fuimos miserables y también felices. Estuvimos, juntas, muy solas.

Sobrevivimos, las dos. Juntas.

 

 

Yo sé que Delia Owens necesitó que su novela hablase sobre ella porque sé que escribir es la única manera de conjurar a los fantasmas, de perdonar y ser perdonada, de integrar y confesar y soltar y curar el cuerpo y el alma. Leer también tiene el poder de hacer lo mismo, aunque a un menor volumen, con un impacto menos duradero. Delia eligió escribir sin exponerse, pero lo que leo en su libro es también lo que siento, por tanto, sé que leo lo que ella sintió. Por eso, para mí, La chica salvaje es autobiográfico y lo voy a poner en la estantería junto a Mary Karr y el resto de autoras que compartí en la Carta anterior.

Tú sabes que cuando me lees no es necesario que estés viviendo las mismas circunstancias que yo para estar sintiendo lo mismo que yo y poderte identificar con ello —y usarlo en tu beneficio— pero no sé si sabes que, cuando tú escribes (cuando escribes para ti) no necesitas hacer metáforas ni utilizar subterfugios para encontrarte con tu propio tesoro.

Tu libro del verano, este verano, no tiene que ser uno que haya escrito otra persona. Podría ser el tuyo, si quisieras escribir un diario para ti. Y podrías bailar contigo, reír contigo, ir a la playa contigo, tomar ese mojito contigo, recordar contigo y emocionarte contigo, enamorarte contigo. Enamorarte de ti.

 

 

Eso es lo que pasa cuando escribes de ti, para ti. Con la escritura personal vas poniendo pedazos de amor propio, uno sobre el otro, hasta que, sin darte cuenta, has construido una casa bien sólida alrededor.

Sin exigencias, sin obligaciones, sin hábitos ni retos ni nada de nada. Cuando puedes y cuando quieres, cuando resulta necesario, cuando te sientes sola o cuando estás demasiado acompañada.

 

Unas líneas en una libreta son la posibilidad de acercarte a ti.

Delia lo sabe, yo lo sé, ¿tú lo sabes?

Un abrazo,

 

PD.: Por cierto, ¿sabes a quién dedica Delia su libro?

Exacto, a sus amigas de la infancia. Qué te parece eso para alguien que pasó casi treinta años en lo más profundo de África (en una época en la que no existía internet)…