Coherencia, contradicción, comparación y conexión

Hace unas semanas fui a la inauguración-lanzamiento-presentación del libro de Erika Irusta. Este artículo lo empecé el día después. Ayer tuvimos nuestra tercera sesión con el grupo de mujeres en el que compartimos nuestros asuntos profesionales y tratamos de ayudar a las demás a poner luz en ellos.

Ayer, después de la sesión, lo terminé.

Estoy pasando una fase compleja, como ellas. Como casi todas. Pero me siento más conectada que nunca.

Esto de hoy es por ellas, que hacen mis lunes mejores :)

Y es que pocas cosas me parecen más bonitas que cuando escucho o leo a alguien que dice “hace un tiempo pensaba esto, ahora pienso esto otro”. Para mí, no es una justificación, sino que indica que está evolucionando, que se sigue cuestionando cosas, que sigue aprendiendo y recolectando nuevos datos que efectivamente mejoran su perspectiva.

Lo que veo es alguien que quiere compartir sus descubrimientos y que facilita que hagamos el camino argumental con lógica y sentido. Que estemos de acuerdo o no, es lo de menos. Son los argumentos los que cuentan, el razonamiento.

Como en clase de filosofía, a mí me parece que da igual lo que concluyas si el argumento está bien hilado.

 

No sé si soy solo yo o solo las mujeres que tengo a mi alrededor, pero tengo la sensación de que vivimos un momento de cambio. En lo personal y en lo laboral, veo terremotos en diferentes escalas de intensidad sucendiéndonos a todas durante los últimos meses. Por supuesto, los terremotos no son agradables y suelen implicar que lo de antes queda destruido, que hay que construir de nuevo, que hay que replantearse las cosas.

Vivir terremotos significa reaprender, reorganizar, resituar, repensar.

Y repensar significa, con toda probabilidad, cambiar de opinión.

Sin embargo, veo que pasa una cosa cuando alguien expone su cambio de rumbo ante los demás (ese ente abstracto que da tanto miedo: los demás). Si el cambio no gusta o no encaja con lo que “los demás” consideran normal o habitual o deseable, lo mínimo es tratarle de poco coherente, de vendido, de caprichoso, de veleta, o de mentiroso y poco transparente incluso, como si se hubiera guardado sus verdaderas intenciones todo este tiempo y hubiera estado vendiendo una moto distinta a la que había en su cabeza por vete tú a saber qué oscuras razones. Ante las reconstrucciones, algunos ven oscuras razones. Mucha gente cree que lo sabio es tener una opinión y agarrarse a ella contra viento y marea. Defenderla hasta la muerte. No titubear. Seguir buscando clavos a los que agarrarse para mantenerla intacta. Ser férreos con las ideas y con las acciones que acompañan a las ideas.

Yo creo que estos son los verdaderos ignorantes. Ya me perdonaréis. Qué puede ser más ignorante que mantenerse estático e inmóvil a lo largo de la vida, mientras la vida pasa y todo cambia en ella excepto tu interior. Es como ponerse una coraza ante las ideas frescas. Es como querer protegerse de un terremoto tapándose los ojos con las manos y después usar las mismas piedras rotas para construir lo caído, queriendo replicar cada detalle con los escombros e intentando que todo siga igual que al principio.

No se puede.

 

Si tú piensas en esto como yo, y hasta aquí estás de acuerdo, déjame avanzar un poco más.

¿Te pasa también que, a la vez, siendo tan tolerante con el cambio de opinión y perspectiva de cualquiera, no eres tan abierta contigo misma?

Suele pasar, me temo. Es aquello de que somos tan majas que vemos más la paja en nuestro ojo que la viga en el ajeno, al revés del dicho.

En mi caso (y seguro que puedes encontrar equivalentes en el tuyo) siento que tengo una responsabilidad con las personas que me leen y no quiero que tengan la impresión de que tengo un discurso poco cocido o errático. Pero evidentemente, leo cosas que escribí hace dos años y me da la risa floja. O incluso me pondría a cambiar frases de artículos escritos hace tan solo unos meses. O el artículo que escribí ayer hoy me parece no del todo veraz, no del todo exacto. Y me planteo escribir un libro y no soy capaz de acabarlo porque no sé dónde ponerle punto y final, si cada día tengo nuevas ideas y cada día tengo nuevas cosas que añadir para mejorarlo. Si a cada mes que pasa encuentro nuevos argumentos, y algunos realmente contradictorios entre sí. Y me da vergüenza, porque siento que para ser alguien que vive de sus ideas soy bastante cambiante y estoy siempre añadiendo y añadiendo. Vamos, que estoy en construcción permanente.

¿Pero no trata de eso la existencia humana, de estar en construcción permanente? Me pregunto por qué tanto tú como yo tratamos de estar ya hechas y terminadas, y no nos permitimos ser eso que tan ligero es: un sencillo work in progress.

 

Y esto en realidad a lo que me lleva de cabeza es a pensar en lo justas que somos con los supuestos defectos de los demás, que a veces incluso no vemos como defectos sino como virtudes, supercompasivas y comprensivas, y en lo injustas, malas pécoras y dictadoras que somos con nosotras mismas, convirtiendo esos mismos defectos en losas que nos aplastan la cabeza y la capacidad de seguir creando.

Bueno, pues sí, somos contradictorias, poco coherentes, y estamos aún entendiendo qué hacer con nuestro trabajo y con nuestra vida. Y no tenemos que fingir lo contrario, ni demostrar ninguna perfección inexistente, ni justificarnos por ello; no tenemos que andar dando explicaciones y ni tan siquiera contando por qué antes sí y ahora no. Y a veces no somos coherentes, no, y tenemos neuras, sí, y hacemos chorradas que no tienen ningún sentido y nos preocupamos por cosas que no tienen ninguna importancia o nos preocupamos por cosas que tienen mogollón de importancia y, yo, personalmente, a veces escribo artículos larguísimos basados en la más pequeña de mis dudas.

Pero (y aquí viene el pero que esperábamos) luego, como cometo la locura de exponerme y exponerlo, me encuentro con una respuesta abrumadora al otro lado, mails que llegan emocionados, comentarios solidarios y comentarios aliviados: a mí me pasa lo mismo. No eres la única. No es un defecto, no eres rara. Sí, estás loca.

Como todas.

 

Creo que el mayor vínculo de solidaridad entre mujeres es el que acepta y reconoce las neuras propias y ajenas. El que reconoce en la locura ajena la locura propia. En la contradicción ajena la contradicción propia. En la fealdad ajena la fealdad propia, y en la belleza ajena la belleza propia. En la vulnerabilidad ajena la vulnerabilidad propia, y en el miedo ajeno el miedo propio. Y sí, en los errores ajenos también los errores propios.

Cuando te sientes realmente sola (y cuando probablemente estás verdaderamente sola) es cuando usas la locura ajena para afirmar tu cordura, cuando usas la contradicción para afirmar tu coherencia, la fealdad para afirmar tu belleza, la vulnerabilidad de la otra para afirmar tu fortaleza y su miedo para destacar tu valentía. Y sus errores para vanagloriarte de tus aciertos.

Es ahí cuando estás desconectada. Es ahí cuando deberías preocuparte. Al colocarte siempre en un nivel superior o inferior a la que tienes enfrente.

Dime cómo te comparas y te diré cómo de sola estás.

Un abrazo,

evolucionar

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