Cómo vivir sin metas, versión práctica

Hace no tanto tiempo, cuando me encontraba ante una disyuntiva de cualquier tipo, pero especialmente en lo profesional, y tenía que tomar una decisión respecto a algo, creía que una buena manera de aclararme era hacerme la siguiente pregunta:

“¿Está esto acercándome o alejándome de mis objetivos?”

Mis objetivos, por eso, tampoco estaban tan claros meridianos o había varios en la misma línea, así que muchas veces seguía sin respuesta porque quizás lo que me acercaba a una cosa (por ejemplo, ganar más dinero) me alejaba de otra (por ejemplo, ser más útil al mundo) o de otra (por ejemplo, conseguir más seguidores) o de otra más (por ejemplo, ser fiel a mi creatividad más cruda).

Por otro lado, me di cuenta de que la mayoría de los objetivos que creía tener no eran realmente objetivos para mí, sino o bien formas de mantener el negocio en pie —ganar más dinero, tener más seguidores y demás métricas cuantitativas— o bien maneras de limpiar mi conciencia laboral para creer que estaba haciendo lo que debía como debía —ser más útil y ayudar más y mejor, dar a los lectores lo que necesitaban y no perder la creatividad por el camino, etc—.

Así que claramente tenía una brújula un poco mal calibrada entre las manos y las decisiones que tomaba, aunque no estaban mal, no me hacían sentir especialmente mejor ni más segura. Seguía sintiendo cierta ceguera en cuanto a la manera de conducirme en lo laboral. Seguía mis intuiciones, y me iba estupendamente, pero en lo interior, como expliqué aquí sobre mi workaholismo, no me notaba cien por cien satisfecha.

 

Y como conté la semana pasada, descubrí que las metas, los planes y los objetivos podían y tenían que desaparecer de mi vida. Que pensar en el futuro, tratar de avanzarme a cualquier desastre y elegir siempre el mejor y más brillante camino posible era un trabajo demasiado cansado y demasiado exigente. También demasiado inútil.

Pero siendo como soy, tenía que generar algún tipo de sistema para usar de referencia. No me gusta ir por la vida en plan happyflower (no sé si debería, pero desde luego, no sé hacerlo) sin saber qué va a venir a continuación. Pensé que tenía que poder hacerme la pregunta adecuada ante cualquier momento de duda o elección.

Después de mucho darle vueltas, decidí que probablemente era más sabio planteármelo así:

“¿Por qué haría esto?”

 

Por ejemplo, para que se entienda aplicado a una situación real, pongamos que tengo planeado pasarme la tarde trabajando pero al final sale otro plan. Mi yo anterior bufaría muy fuerte y sentiría una especie de electricidad interna que significaría frustración. Pensaría automáticamente “mis planes se han deshecho y ahora me voy a ir a tomar algo con una amiga cuando debería estar contestando mails atrasados”. Mi yo anterior se iría de cañas y no estaría del todo centrada en la conversación –pensando que mañana tengo que trabajar doble–, y llegaría a casa cabreada y provocaría una discusión de pareja para sacar la energía estancada de alguna forma estúpida. Probablemente me despertaría al día siguiente sin ganas de hacer nada, bloqueada porque ahora tengo doble trabajo. Y perdería el día de cualquier manera absolutamente enfadada y paralizada sin hacer ni lo de ayer ni lo de hoy.

Si me hubiera quedado trabajando —porque eso me acerca a mis supuestos anteriores objetivos más que tomar cañas, claro está— me habría estado sintiendo mal porque lo único que hago es trabajar, porque tengo a mis amigos abandonados, porque estoy tirando mi vida a la basura y porque estoy desconectada de todo y todos. Y tampoco habría podido trabajar bien. O habría contestado los mails de cualquier manera para sacármelos de encima. Y estaría tan molesta conmigo misma que si mi cari me viene a preguntar qué quiero hacer para cenar le soltaría un rugido y acabaríamos teniendo una discusión. Misma mierda que en la opción uno. O sea, todo mal.

Si en cambio, me pregunto, “¿por qué me iría a tomar cañas?” y me respondo algo tipo: “porque tengo ganas de hablar con mi amiga, porque me apetece salir de casa un rato a tomar el aire, porque quiero contarle tal o cual cosa o escuchar tal o cual cosa suya, o porque simplemente quiero estar cerca de ella porque es mi amiga y la quiero y porque responder mails puede claramente esperar a mañana o a cualquier otro momento”, la cosa cambia. No estoy dándome razones para escaparme, sino sintiendo lo que realmente deseo. Y cuando me vaya, estaré presente. Estaré con ella. Disfrutaré de lo que hago. Habré DECIDIDO estar allí. Volveré contenta y feliz de haber compartido un rato con alguien a quien aprecio.

 

Y si me preguntase “¿por qué me quedaría aquí?” la respuesta antigua probablemente sería algo tipo “porque estás tan obsesionada con tu trabajo que crees que estas cuatro horas van a marcar algún tipo de diferencia entre ganar más o menos y ser mejor o peor y todo tu negocio y tu valía personal dependen de ellas y la gente que te ha escrito seguro que está en su casa mirando a la pantalla como loca a ver si les respondes porque eres hiperimportante en sus vidas”, lo que claramente me indica —a mí, al menos— dónde estoy eligiendo poner mi atención y mi angustia. Y puedo decidir quedarme en casa habiéndome dado una respuesta así, llena de obligaciones y frustraciones, pero tampoco trabajaré bien desde esta sensación.

En cambio, si en la respuesta a lo laboral resulta algo como “te vas a quedar en casa porque te comprometiste a acabar esto en tal momento o porque realmente hay algo que quieres hacer y que verdaderamente no puede esperar a mañana o simplemente estás deseando hacerlo superentusiasmada porque te vuelve loca esta tarea y estás en flow feliz como una perdiz” pues te quedas en casa y ya tomarás cañas otro día. Y te quedas en casa la mar de a gusto, trabajando la mar de a gusto. Cien por cien presente en tu trabajo. Sin discusión posterior con tu amore ni con nadie.

 

Total, que la nueva pregunta me gusta un montón. Y además, me ha parecido que la mayoría de respuestas que le doy a esta pregunta se pueden englobar en tres categorías que, sin ser objetivos o metas en sí mismos, son algo a lo que quizás podríamos llamar prioridades. O direcciones. O motivos. Y a la vez, puedes categorizar y separar cada una de tus actividades y decisiones en función de si están alineadas con estos motivos o prioridades.

En este momento en mi vida trato de seguir estas tres, así que todo lo que hago tendría que pasar por alguna de ellas —o varias a la vez, ya sería la hostia—. En realidad, la que las guarda a todas es una sola. Para que la respuesta fuera válida y yo eligiera el camino o la actividad en cuestión, tendría que ser equivalente a:

“Hacer esto me hace disfrutar de mi tiempo”

Para mí es importante disfrutar (ya sé que parece obvio pero no me había dado cuenta hasta hace bien poco) y ser consciente de que tengo un tiempo de existencia limitado, y en lugar de tratar de maximizarlo con obligaciones, como hacía antes, solo quiero darle significado y un poco más de conciencia.

Por tanto, para clarificar aún más, esta respuesta estrella se subdivide específicamente en estas otras tres, con diferentes matices cada una:

1 /  Me hace disfrutar de mi tiempo porque me ayuda a estar más conectada conmigo misma o con los demás.

2 /  Me hace disfrutar de mi tiempo porque me permite desarrollar mi talento o mi curiosidad y mis inquietudes.

3 /  Me hace disfrutar de mi tiempo porque lo hago a cambio de algo que garantiza mi supervivencia y bienestar (porque no hay que olvidar lo mundano de nuestra existencia, es decir, que necesitamos dinero y ciertas cosas básicas como tener la casa limpia o la barriga llena de comida nutritiva). Esta es particularmente interesante porque, al menos para mí, elimina la frustración de tener que hacer cosas que no necesariamente me vuelven loca, pero que son un acto de amor hacia mí misma igualmente. Hacer que mi negocio funcione me da bienestar y seguridad. Limpiar mi casa me da tranquilidad y comodidad. Cocinar algo más allá de abrir una bolsa de Doritos me hace estar mejor y más sana. Que no siempre lo hago, pues no, pero al menos cuando lo hago lo hago de buena gana.

 

Y así, por un lado las decisiones se me hacen más sencillas. Por el otro, y bastante más importante, me siento cómoda con lo que elijo. Además, con lo que sea que haga, consigo estar presente. No más atención dividida, no más culpabilidad. Soy libre, y libremente elijo esta opción o la otra. Y estando en la que esté, estaré allí a conciencia.

El resto de metas no me sirven para nada ya. Sé que quizás suene raro pero mientras antes vivía con la inseguridad permanente de quizás no poder llegar a lograr lo que me proponía y con el terror a ser un fracaso andante, ahora tengo la certeza absoluta de que las cosas me irán bien. Sean las que sean y vengan las que vengan. No sé. Igual no tiene sentido, pero de verdad, vivo más tranquila y me siento más fuerte.

Y aunque parezca lo contrario porque he dejado de querer controlarlo todo, me siento más en control que nunca.

A lo mejor mañana me siento diferente o se me ocurre una pregunta mejor que lo cambia todo. Pero yo lo cuento como es por si a alguien le sirve de algo. Y si sirve o no, o no le ves el punto o no entiendes nada y crees que estoy to loca, puedes decírmelo aquí abajo.

Un abrazo,

metas

 

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