Cuando te da vergüenza existir

Hace unos días me hicieron una entrevista. Este año me he propuesto vencer mis asuntos con el vídeo y el hablar en público y esas cosas que me dan tantísimo apuro. Así que me hicieron una entrevista. De hecho, dos. Una el miércoles y la otra el jueves. Y a la vez estuve grabando los vídeos para una nueva edición de El Ideatorio.

Las dos entrevistas eran en el formato este que es tan popular ahora: una hora completa de entrevista en “directo”, o sea, sin cortes. Eso significa que el entrevistador te hace unas preguntas y básicamente tú te dedicas a hablar durante una hora. Sin guion. A pelo.

Si ya me cuesta hablar en público o grabar vídeos cuando tengo un guion perfectamente preparado y aprendido podrás imaginarte el desasosiego que me da cuando sumamos vídeo y no guion. Pero me dije a mí misma que algún día sería el día de decir que sí a algunas de estas entrevistas y finalmente dije que sí. Y las hice.

Y no fue tan horrible.

 

Es decir, tengo pánico a verme cuando las publiquen porque estoy segura de que me centraré en detectar todos los defectos (“¡menudo peinado que te hiciste!”, “¿puedes parar de decir aaaahhhhm y uuuhhm y de mover las manos como un muñeco?”, “¡pedazo de tontería que has soltado por la boca!”, “¿es necesario poner esa cara?”), pero a la vez, sé que el defecto principal era no atreverme a hacerlo. Y ese ya lo he superado. Ya dije que sí. Ya me presenté el día acordado a la hora acordada. Ya hablé durante una —¡dos!— horas.

Y me lo pasé hasta bien.

Y me sentí fuerte y valiente cuando terminé.

Más allá del resultado, más allá de que cuando lo vea me odie, más allá de que me cueste aceptar quien soy y cómo soy. Lo hice. Dos veces.

 

También grabé vídeos para Oye Deb. Y no monté dramas como las últimas veces. Me di cuenta, además, de que cada vez tengo mejor dicción y me atropello menos con las palabras. El último día logré hacerlo en una sola toma, lo que es una mejora abismal respecto a anteriores ocasiones en que tenía que repetir una y otra vez y me agotaba y me quedaba afónica y me enfadaba conmigo misma durante días.

Cuando veo a Arieh editando esos vídeos y me veo en la pantalla, me dan escalofríos. No me gusta mirar. Me da vergüenza verme y me da vergüenza pensar que esa persona, que tiene ese aspecto y se expresa de esa forma, soy yo.

 

El problema son las expectativas. Yo querría ser hermosísima, hablar fantásticamente, que cada cosa que saliera por mi boca fuera inteligentísima, que nadie pudiera encontrarme ningún fallo… en fin, un montón de cosas que luego colisionan con la realidad, mucho más modesta. Pero no significa que no pueda mejorarlas, si de verdad quisiera mejorarlas. Podría practicar más, podría ir a clases de oratoria, podría hacer un montón de cosas para sentirme más cómoda.

Pero, ¿qué problema habría con aceptar quién soy y punto? Y ¿qué problema habría con hacer todas estas cosas sin poner sobre mis hombros el peso de la dolorosa expectativa? Y que salga como tenga que salir, y ya irá mejorándose poco a poco. O no. O será siempre así y también estará bien.

 

El fin de semana estuve con una buena amiga y comentábamos precisamente esto, la vergüenza que nos dan un montón de cosas. Ella llegó a decir “es que tengo vergüenza hasta de existir”. Y me di cuenta de que esa era un poco la sensación de fondo. Vamos por la vida pidiendo perdón por estar aquí y ser tan imperfectas. Detectando todos nuestros fallos, ampliándolos con una lupa de cien mil aumentos y señalándolos con un puntero láser que nos deja ciegas.

Los árboles no nos dejan ver el bosque. Y el bosque es hermoso. El bosque es, en realidad, lo que están viendo los demás al mirarnos. Yo a mi amiga la veo hermosa y perfecta en su imperfección, y estoy segura de que ella a mí también.

En cambio no nos vemos hermosas ni perfectas a nosotras mismas. No nos queremos por ser como somos. Nos queremos diferentes. Nos queremos mejoradas. Nos queremos perfectas. Con todo el peso de la palabra: no aceptamos ningún fallo. No pueden haber fallos. No pueden verse. Los fallos traen vergüenza y hay que esconderlos.

No creo que haya trampa mayor en nuestra relación con nosotras mismas. No saber verte tal y como eres, sin hundirte o sin vanagloriarte, porque tanto lo uno como lo otro te alejan de la realidad.

Así eres tú, ¿no puedes sostenerlo?

Un abrazo,

vergüenza existir

 

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