De cómo no huir de las dudas

Cada vez que nos encontramos en un momento de cambio en nuestra vida y nos planteamos hacer algo que sale de los esquemas habituales, o de los esquemas que se habían diseñado para nosotras, como al emprender un negocio nuevo y dejar un trabajo estable o una situación cómoda para ir en busca de algo completamente desconocido y de resultado más que imprevisible, lo lógico es que empecemos a mirar alrededor en busca de aprobación. A su vez, no solo buscamos aprobación, sino también apoyo activo.

Por ejemplo, puedes buscar:

  • Apoyo mas bien físico, en el que deseas que pasen tiempo contigo, que estén de forma presencial acompañándote en ciertos momentos, aunque no implique necesariamente hablar o profundizar en nada.
  • Apoyo emocional, en el que pides que te escuchen cuando lo necesitas, que te animen cuando estás baja, que comprendan lo que sientes y empaticen…
  • Apoyo intelectual, en el que buscas consejos, ideas nuevas, maneras de afrontar una situación basado en la experiencia del apoyador… digamos que deseas que te ayuden a pensar y a buscar salidas u opciones.
  • Apoyo “tangible”, donde lo que se provee es algo más material, por ejemplo, que compartan contigo sus contactos, dinero, recursos…

 

Pero todas nos frustramos mucho y nos sentimos terriblemente solas y nos congelamos cuando el apoyo no llega. O cuando no llega de la forma que esperábamos.

Y cuando no llega en la forma que esperábamos nos sienta fatal y nos hace dudar del tipo de personas que tenemos al lado, pero tenemos que entender que antes de culpar a nadie toca darnos cuenta de qué estamos pidiendo y a quién. Porque igual que no acudes al dentista para que te arregle el coche, no vas a todos tus conocidos con las mismas intenciones de apoyo.

Todas estas formas son formas válidas de apoyo, y cada uno da y pide lo que necesita. Y a veces es recíproco y a veces no, y no todos pueden darnos el tipo de apoyo que necesitamos. Y está perfectamente bien y ojalá encontremos mucho apoyo alrededor, pero si por lo que sea no encontramos el que necesitamos y ni siquiera encontramos aprobación para nuestras nuevas decisiones, no es el fin del mundo. Podemos seguir adelante.

Porque si una cosa está clara es que cuanto más inseguras nos sentimos interiormente y menos claras tenemos las cosas más andamos como locas buscando apoyo alrededor, pidiendo consejo y tratando de conseguir aprobación. Porque eso es lo que nos da tranquilidad y la certeza de que aún somos válidas, que no estamos locas y que no estamos tirando nuestra vida a la basura al perseguir el sueño de trabajar para nosotras.

 

Como todo en la vida es encontrar equilibrio, tenemos que darnos cuenta de que lo de la inseguridad es como una balanza: si te sientes segura dentro no buscarás nada más; pero si te sientes insegura, necesitarás que la confianza y la certeza vengan de fuera.

Así que si te encuentras en una situación en la que dudas (vamos a poner por caso que se te ha ocurrido la maravillosa idea de emprender pero no lo acabas de ver claro por mil motivos), no vuelvas la cabeza alrededor para ver si te aplauden y te animan. Porque si tienes amigos y familiares del equipo blanco, echaos palante y que son de los que piensan que uno se tiene que equivocar solo, te aplaudirán y dirán que sí, que sigas, que venga, que a por todas. Y quizás eso no es lo que te hace falta, quizás te conviene pararte a pensarlo mejor, o encontrar un momento más oportuno, o darle una forma mejor a tu idea para que pueda ir bien sin tanto riesgo.

Por otro lado, si los tuyos son del equipo negro te dirán que no es el momento y que para qué te lías y que menudo riesgo y que pienses en tus hijos o en tus perros. Y podría irte bien parar a reflexionar, pero quizás te estén frenando y metiendo un miedo innecesario, quizás es algo que tienes que probar y está bien que empieces ahora y que lo intentes, y quizás es la mejor idea del mundo y ellos no la están viendo como tú.

Nadie sabe si es el momento o la manera adecuada excepto tú.

Y en realidad, por mas criterio que consideres que tienen, ellos no son más que personas con sus propios asuntos que resolver y su propia perspectiva ante la vida, así que por qué escuchar a unos o a otros o por qué escuchar a nadie que no seas tú. Pide cuanta opinión necesites, infórmate cuanto necesites, habla con quien quieras cuanto necesites, pero tienes que ser tú la que descubra y decida la solución final.

 

La manera de saber si es o no es la idea correcta no es exactamente sencilla, pero solo requiere una cosa básica: que estés conectada con tus verdaderos motivos para emprenderlo y que entiendas a la perfección en qué consiste lo que te propones, qué tareas requerirá que hagas y, sobre todo, si esas tareas van a hacerte feliz durante el camino.

Cuando hace un montón de años quise iniciar un negocio en el que para ponerlo en marcha tenía que pedir un crédito enorme al banco, contratar empleados y aprender demasiadas cosas nuevas, consulté con todo el mundo. Les decía, voy a hacer esto, ¿qué te parece? Cada uno reaccionaba diferente. Y yo, que hubiera necesitado un coro de aplausos, no siempre lo encontraba. No encontraba negativas, pero tampoco el entusiasmo que yo hubiera creído necesario para tirarme a la piscina de cabeza. Contándoselo a todo el mundo y dándoles un montón de detalles y explicaciones para ver si se les contagiaba la ilusión trataba de hacer aumentar mi ilusión, y trataba de conseguirme una seguridad que realmente no tenía.

 

Cuando me paré con toda mi sangre fría a decidir si era eso lo que sentía que debía hacer en esos momentos de mi vida, vi que no. Y vi que simplemente me estaba agarrando a una idea que era buena y podría tener éxito, pero que no encajaba en la práctica con lo que yo deseaba. No era la forma en la que quería pasar mis días. No era la forma en la que quería endeudarme. Era bonito, y podía haber sido una gran aventura o también un gran desastre, pero me hubiera condenado durante años a vivir un día a día que sin duda alguna no tenía que ver con la persona que era yo ni con la persona en la que me quería convertir.

Yo quería empezar ese negocio porque quería trabajar para mí misma y ser libre cada día. Ese era el motivo. Pero no le di la forma adecuada, porque iba a pasar mis días sintiéndome lo contrario a libre: atada a un local, con un horario, con sueldos de otras personas que mantener.

Conectándome y atendiendo yo sola mis dudas, dejando de preguntar alrededor, pude decidirme. Y la respuesta fue: “no, espera”.

Y esperé. Y tiempo después salió la oportunidad de hacer lo mismo en versión pequeña sin invertir más de 100 euros, sin atarme a un local, ni a un horario rígido, ni a pagar los plazos de un crédito. Y lo pude probar, y pude ver que no era exactamente lo que había imaginado, pero me hizo aprender mucho y también me evitó una catástrofe. Porque descubrir que no es lo que querías después de haberte endeudado hasta las cejas no mola.

 

Así que el consejo de hoy es: no huyas de tus dudas colocándoselas a otras personas para decidir según decidan ellas, descífralas tú. Y tómate el tiempo que te haga falta para lograrlo.

Pregúntales a tus dudas de dónde vienen. Entiende qué te quieren decir. Escúchalas hablándote. Pon tu vida en pausa, y para a escuchar. Las dudas están para ayudarte. Todas tenemos dudas todo el tiempo, la diferencia está en cómo las atendemos.

Un abrazo,

huir de las dudas

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