El año en que me di cuenta de que era workaholica

En quince días hará un año desde que juntamos nuestras pertenencias en un camión enorme y nos vinimos a vivir al campo. Este, por muchos motivos, no ha sido un año fácil o alegre. Pero ha sido el año que más me ha enseñado de mí misma en toda mi vida. 32 contra 1 y el pequeñín que llegó el último les da una paliza de muerte al resto.

Al venir aquí todo cambió y tuve que ajustar de nuevo cada una de las piezas para adaptarlas al nuevo entorno y las nuevas condiciones. Honestamente, me ha costado montones, sobre todo porque este cambio ha venido acompañado de un descubrimiento: me he dado cuenta de cómo el trabajo pasaba por encima de cualquier cosa en mi existencia. De cualquier cosa. De mí misma incluso. Y de cómo lo usaba para olvidarme de cualquier cosa, de mí misma incluso. Sobre todo de mí misma.

 

Ha sido como cuando tienes una relación muy intensa con alguien y de tan intensa se está volviendo limitante y restrictiva. O como cuando tienes una adicción y tratas de superarla. Al final debía yo de ser una workaholica pero sin trabajar muchas horas (o igual trabajando todas las horas mentalmente, que fijo que es peor). Y como todo, dejar tu droga requiere un periodo de desintoxicación grande, en el que ves tu peor tú y se te van las ganas de todo y tienes un mono del copón santo.

Pues así he estado muchos meses, contemplando el cielo y haciendo básicamente nada. Y aquí no hay que imaginar algo superguay tumbada en la piscina porque el estado de ánimo no ha sido de relajación y tranquilidad sino más bien de agonía, parálisis, confusión, tristeza y de una lucha interna brutal. Una mierda, vamos. Lo más oscuro que he sentido jamás.

 

Ahora ya hace un par de meses que empiezo a sentirme como antes, pero mejor, y me siento lista para volver al ruedo. Inicio una temporada nueva (¡la tercera ya!), y la he usado como ancla para volver a agarrarme a este trabajo que tanto me gusta, y esta vez, además, disfrutándolo de verdad. Sin presión, sin obligaciones, sin que tenga que absorber mi vida entera, sin que todo tenga que salir bien, sin exigencias.

Ya lo intentaba antes y trataba de cumplirlo, pero resultaba una lucha en mi cerebro continua: una voz me decía “tienes que trabajar más” y la otra me gritaba “descansa de una vez”, una me decía “el trabajo es necesario, es tu obligación en la vida, tienes que triunfar” y la otra “no tienes que ponerte más obligación que vivir y disfrutar”, una en plan “tienes que hacerlo mejor y ganar más dinero” y la otra “nadie te está juzgando más que tú, y no necesitas nada de todo eso, no es obligatorio crecer”. Y así mucho tiempo, en un diálogo esquizofrénico que algunos días pasaba desapercibido y otros no me dejaba avanzar. A veces no me dejaba ni dormir a gusto. Pero por más que lo deseaba y por más que quería sentirme bien y me conocía la teoría al dedillo, por dentro y en la práctica no había hecho el “clic”.

¿Cómo hice el clic? Pagando. Ya ves, qué prosaico. No digo que sea la única solución, pero desde luego ha sido la mía.

 

Cuando llegué al campo empecé a ir a terapia con el objetivo de pulir todas esas cosas que sentía que no estaban del todo en su sitio y entender mejor por qué hago todo lo que hago y por qué no hago todo lo que no hago, y cómo puedo hacer lo que quiero hacer y cómo puedo dejar de hacer lo que no quiero hacer. En pocas semanas y sin apenas esfuerzo empecé a notar cambios. Esos mismos cambios, al ser, como su nombre indica, situaciones y sensaciones diferentes, me hicieron parar y adentrarme en ese pequeño mundo oscuro que a la vez ha sido el más iluminador de mi existencia.

No negaré que parar y dedicarme a mí misma no estaba en mis planes, pero estaba mentalmente agotada, no de tanto trabajo (que tampoco es como que estuviera esclavizada) sino de tanta cháchara mental y tanta lucha personal. Y ver cómo me estaba comportando me dio mucha tristeza. Yo, que aparentemente lo tenía todo en su sitio y no paraban de irme bien las cosas, no era capaz de disfrutarlo en absoluto. Lo disfrutaba a ratos tan cortos y en momentos tan puntuales y efímeros que no valía la pena, ni lo notaba. Era como esa gente rica que lo tiene todo y más pero está amargada hasta los huesos o como esos actores de comedia que se acaban suicidando; algo que sin ser tan grave, porque no, para nada, yo lo sentía como una gran y absurdísima paradoja.

 

El trabajo en terapia me ha enseñado —y sigue enseñándome, de hecho no pienso dejar de ir en mucho tiempo y creo que es el dinero mejor invertido de la historia— de dónde viene todo esto. El simple hecho de verlo, sentirlo y darle tu atención plena, sin acudir rápidamente a distracciones o a volver a trabajar para no pensar en las cosas difíciles va calando poco a poco hasta que un día te das cuenta de que ya has dejado de hacerlo, o lo haces mucho menos frecuentemente. O te pillas con las manos en la masa y logras evitar que se expanda. Eso ya es una victoria por la que felicitarse.

Así que en ello estoy. Y estando en ello empiezo esta tercera temporada.

No tengo planes, pero me da que va a ser mejor. Sobre todo para mí.

Porque en realidad creo que es más que probable que todos estos cambios que a mí me parecen tan gigantescos no sean percibidos al otro lado y todas penséis “¡pero si está haciendo lo mismo de siempre!”, pero desde luego se notan en el mío, a cada rato que me siento a pensar y trabajar, a cada decisión que tomo, a cada palabra que digo. Que al final es lo único que importa, cómo me siento yo respecto a lo que hago. Pero de verdad, no en la superficie. No de cara a los demás.

 

Cuando dije a principios de verano que se avecinaban cambios muchas lectoras me dijeron que a ver qué se me ocurría, que seguro que iba a ser genial, que yo siempre voy por delante y que estaban ansiosas por ver las novedades. Quizás sea momento de decepcionarse, porque no, no va a ser grandioso a la manera que tenemos de entender grandioso últimamente. No voy a dar más vueltas de tuerca ni voy a aparentar ser más profesional que nunca ni voy a parecerme a los gurús del marketing o del crecimiento personal o a nada que haya visto antes, ni me voy a inventar nada nuevo ni voy a hacer temblar a la competencia ni me voy a comer el mundo ni nada de nada. Las cosas que antes creía que tenía que hacer para triunfar han dejado de existir para mí.

Cuando dije que iba a cambiar la web la mayoría debió imaginar una de esas páginas con imágenes enormes y mi cara por todas partes, con un scroll infinito y montones de testimonios alabando mi grandeza y un diseño megamoderno en la que yo quedase como la más sabia entre las sabias, la más guay entre las guays y la más mejor de las mejores. Y no. La verdad es que llegó un momento en que me dio hasta grima ver mi foto ahí en la cabecera en lugar de estas preciosas nubes que fotografié hace casi un año (cuando lo único que me daba alegría —de verdad, lo único— era hacer fotos del cielo y ver el atardecer). No por nada, no era culpa de la foto en sí, simplemente no me parecía que necesitase ese formato ya más. Solo deseaba simplificar al máximo.

La realidad es que cuando decidí cambiar la web fue como cuando se me ocurrió venirme al campo. Tengo la sensación de que lo que para mí representa un avance brutal y una mejora infinita en mi nivel de vida y en la forma en que encajo mis ideas con mis actos, haciendo todo mucho más honesto y mucho más sencillo, de cara al exterior suele tener el aspecto de un retroceso. Porque volver a un formato simple y a una vida simple es lo contrario a lo que se supone que hoy en día es crecer y lograr más y más éxitos y aplausos.

 

Lo que quiero ahora es centrarme en hacer lo que quiero hacer: poner la atención en desarrollar mi escritura y en mejorar mis ideas. Porque a mí me gusta mi empresa y quiero que vaya bien porque quiero tener una vida cómoda y sin achuchones (como cualquiera), pero no a toda costa. Yo siempre he sido más del tipo creativo y no quiero matar a mi tipo creativo con obligaciones, retos, cifras, presión, deberías y tendrías que. Y para eso, entre otro montón de cambios, deseo recuperar la sencillez en el formato, acudir a una vuelta a los orígenes, a lo que vio crecer mi verdadera y —tan difícil de encontrar— pasión por la escritura sin que apenas me diera cuenta: el blog de toda la vida, el diario personal. Sin fuegos artificiales, porque no quiero esconder lo que de verdad me importa. No necesito apoyarme en imágenes que no dicen nada, y tampoco necesito parecer la mejor amiga de nadie. Yo no necesito más que la pantalla en blanco frente a mí y una plataforma sencilla para expresarme. Igual que llevo haciendo en público desde 2008 y en privado desde 1989, tenga ningún lector más que yo o tenga miles.

Eso es lo que me ilusionó en su día y eso es lo que sigue ilusionándome: escribir mis pensamientos, contradicciones, emociones y teorías varias sobre la vida y el trabajo y tratar de encontrar en ellos una ayuda para vivir mejor. Si ayudan a alguien más, bien, y si no yo me he quedado más que a gusto.

 

No quiero ser vendedora, ni maestra, ni guía, ni nada. Quiero ser escritora. Y vender, sí, claro que sí, vender mucho y bien (para poder permitirme seguir siendo escritora), y también enseñar y ayudar si es que algo así está en mi mano, pero con las prioridades en este orden. Primero mis ideas, primero mi creatividad. Primero mis deseos.

Algo importante para mí es no dejarme llevar por las modas y no dejarme llevar por lo que otras personas consideran que es vivir mejor. Entrenar mi intuición, que de hecho nunca se equivoca. De hecho, creo que los únicos errores que he cometido han sido los que he perpetrado, como se dice en catalán, a contracor (no sé si la traducción adecuada sería “a regañadientes”, pero la literal vendría a ser algo como “en contra del corazón”). Sabes esas veces que la cabeza dice sí y el cuerpo no está seguro pero aún así lo haces porque hay un millón de razones por las que se supone que es bueno para ti o para tu carrera. Y luego, aunque siempre todo sirve para aprender la lección, te das cuenta con pasmo de que, una vez más, tenías que haber atendido a “la sensación”. Esa sensación que no sabes lo que es pero que anda diciendo que no. Eso a lo que no puedes poner palabras y de hecho ni siquiera sentimientos pero es una pequeña cuerda que tira de ti cada vez que te autoconvences de algo que no sientes realmente. Es una voz que se va acostumbrando a callarse cuando la ignoras, pero que se hace fuerte y clara cuando la escuchas, poco a poco, cada vez más segura, cada vez más alta, cada vez más poderosa.

Por eso, para esta nueva temporada, para este nuevo inicio de curso, y para el resto de mi vida (hasta que descubra o piense cosas más interesantes y todo cambie de nuevo), tengo tres deseos y voy a intentar vivir de acuerdo con ellos:

1 /  Atender a mi instinto hasta que sea lo único que escuche, para recordar que lo único que vale es lo que me vale a mí y que solo me hace falta lo que yo decida que me hace falta.

2 /  Ignorar metas y planes de cualquier clase y seguir mi camino tranquila: no tengo que ser perfecta, no tengo que competir con nadie ni conmigo misma, puedo permitirme ser todo lo mediocre que soy y no necesito ser siempre más y mejor.

3 /  Pasármelo bien con cada cosa que haga. Disfrutar es lo principal y no quiero ningún momento de mi vida (excepto lo insalvable) que no implique estar contenta con lo que estoy haciendo, con la atención plenamente puesta en el sitio donde estoy y en las personas con las que estoy. Aquí, ahora.

 

Y dicho esto, ahora te toca a ti. Hay espacio abierto en los comentarios para que comentes lo que quieras, sobre tu relación con el trabajo, sobre si tienes deseos para esta nueva temporada, sobre si vas a terapia y te ayuda… lo que sea. Si este de arriba es mi espacio, este de abajo es el tuyo. Puestos a confesar, tengo que decir que las vacaciones están muy bien pero echaba de menos la compañía de los martes. Espero que tú también. Pues, ea, ¡ya hemos vuelto a juntarnos! ♡

¡El próximo martes, más! :)

Un abrazo,

adicta al trabajo

 

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