Elogio de la mediocridad

Un día hablando con mi terapeuta. Quizás sobre la autoexigencia, no sé, no recuerdo bien a qué venía. Me dijo que yo no era especial. Que solo hay unos pocos genios, gente especialmente dotada, y que yo claramente no era uno de ellos. Que era mediocre igual que la inmensa mayoría de la especie humana. Ni más ni menos.

No me lo dijo con desprecio, evidentemente. Esto te lo dicen por ahí y te cabreas, pero en terapia es lo que hay. Sienta bien.

Yo medio muda por un rato, como siempre que algo me hace clic. Evidentemente no pensaba que fuera una genia —no vivo en una realidad paralela—, pero al decírmelo así, de golpe, fue como… claro. Claro. Joder, claro.

La pregunta fue entonces ¿por qué he vivido hasta hoy exigiéndome hacerlo todo a nivel genio y no me he permitido equivocarme y hacer las cosas regular si solo soy una persona mediocre como las demás?

Y me quité un peso de encima de los que dolían y dejan de doler. De golpe.

 

De niña no quieres ser especial. Ser especial implica que vas a clases de “necesidades especiales”, que tienes algún “problema”, que hay que tratarte con cuidado o que eres más rara que un piojo verde. Decir “esa niña es especial” es claramente no muy bueno en el mundo infantil. Tú lo que quieres es ser como los demás, tener lo mismo que los demás, jugar a lo mismo que los demás y que te traten como a los demás.

Luego cambia. En la adolescencia experimentas y te pones el pelo raro y te vistes como una desgracia para ir encontrando tu personalidad. Pero necesitas seguir encajando, necesitas ser punk en un grupo de punks o pija en un grupo de pijos. Te sientes especial respecto a los que no son ni punks ni pijos, pero te sientes bien en tu grupo. Estás probando. Quieres ser especial pero con cuidadito.

De mayor, al entrar en la rueda de hámster, te das cuenta de que si no eres especial no se te ve. Y no lo haces a través del vestuario ni de tu grupo de amigos (o al menos no únicamente). Lo haces a través de tus logros.

 

Es lo que tiene el capitalismo y la meritocracia, que nos genera una tremenda ansiedad por estatus. Lo que hacemos es lo que somos —y lo que ganamos es lo que somos, y lo que tenemos es lo que somos, todo reducido al ámbito material, a lo cuantificable—, así que tenemos que hacer algo especial para ser especiales. Tener trabajos especiales donde se ganen sueldos especiales y tener ropas especiales y gadgets especiales y que te guste música especial e ir de viaje a sitios especiales. Ser guay. No hacer lo mismo que la masa.

Y comunicarlo, claro. Todo el rato y de todas las formas posibles. Tengo un perro especial, vivo en una casa especial, como comida especial, tengo un trabajo especial y una vida superhiperespecial. Y no dejar que nadie vea los huecos, el lado en sombra. Solo lo que está bien. Lo que reluce. Porque igual que tú (admítelo, también lo haces), todo el mundo desprecia lo que no encaja, lo oscuro, lo negativo, lo mediocre.

 

Hace solo unos años, en la era preinternet, para la mayoría de personas el mundo se reducía a lo que tenía cerca. A su pueblo, su ciudad y poco más. A sus vecinos y compañeros de trabajo.

Ahora sabemos todo de todos. Podemos ver que han hecho nuestros amigos del colegio con sus vidas, podemos ver cómo vive la gente del mundo entero. Los ricos, los pobres y los de entremedio. Los que nos caen bien y los que no.

Es muy estimulante en muchísimos sentidos, pero en consecuencia, al no ponerlo en la escala adecuada y quedarnos solamente con aquello que reluce, nos sentimos insuficientes com mucha facilidad.

Insuficientes como en el colegio. Suspenso. No aprobado. No pasas de curso. No sirves. No encajas. Eres peor que los demás.

Ahora no somos suficientemente ricos, no somos suficientemente listos, no somos suficientemente excéntricos, no somos suficientemente guays. Siempre hay quien lo hace más y mejor. Y queremos ser uno de ellos. Y nos enfadamos si no llegamos.

 

Pero volviendo a mi terapeuta, ese día aprendí a ir encontrando mi gozo no en lo que me hace especial, sino en lo mundano. En lo mediocre. En la mediocridad de lo que hago y lo que tengo y lo que soy. En la mediocridad de lo que me hace feliz, de lo que me gusta hacer, de lo que quiero ofrecer al mundo, de lo que hace que me gane la vida. Todo mediocre. Lo que no significa malo, sino solamente eso, mediocre. Lo que no significa insuficiente, sino solamente eso, mediocre.

En la RAE dicen primero que mediocre es “de calidad media”. Acto seguido dicen “de poco mérito, tirando a malo”. Y esa segunda es la acepción que nos hemos creído y hemos popularizado, cuando mediocre realmente tendría que referirse a la primera acepción, de medio, de mitad, de ni mucho ni poco, de correcto, de aprobado.

Y no digo con esto que tengamos que currar poco para hacerlo todo a la mitad y quedarnos tranquilas, no. A mí me gusta dar el máximo de lo que tengo, hacerlo todo a conciencia, quedarme satisfecha sabiendo que he hecho todo lo que he podido. Pero he aceptado que incluso eso resultará mediocre. Porque no, no soy una genia. Y no pretendo serlo. Me gusta estar en el medio. Es más sano y también me hace más feliz.

 

Porque no tengo que demostrar nada a nadie, no tienen que hacer un doodle de Google con mi nombre dentro de unos años.

No estoy corriendo ninguna carrera, ni contra el mundo ni contra mí. Sí hay dinero que ganar —para vivir tranquila, al menos—, sí hay ambiciones sanas que conseguir, sí hay experiencias que disfrutar. No vivir en una carrera no implica no vivir, al contrario, acaba siendo vivir mejor.

¿No te quita un peso muerto de encima pensar que puedes vivir perfectamente así tal cual, con toda tu mediocridad?

Duele darse cuenta, pero solo es un momento. Más duele cada día luchar contra molinos de viento.

Un abrazo,

mediocridad

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