Hay dos tipos de perfeccionista, ¿cuál eres tú?

Investigando sobre el perfeccionismo y la autoexigencia di con esta charla de la psicóloga americana Carol Dweck para The School of Life. Como me gustó tanto, compré su libro, Mindset: How to Fulfill your potential, pese a que el título en cualquier otro momento me habría tirado para atrás rápidamente.

Sus amplias y claras teorías sobre la personalidad me abrieron un nuevo campo de observación —inmenso— sobre cómo me he enfrentado yo a mis habilidades y mis talentos (y cómo me han enseñado a enfrentarme a ellas mis padres y maestros, básicamente) que me ha ayudado a entender más de mí y de mis reacciones frente al trabajo.

Tanto la conferencia como el libro están en inglés, por lo que no voy a extraer nada literal, pero me gustaría comentar algunas de las cosas que me ha enseñado y las nuevas herramientas que me ha dado para enfrentarme a mi perfeccionismo.

 

Para empezar, hay quien piensa que el perfeccionismo es una virtud. También quien cree que es un vicio. Y por supuesto, quien cree que es ambos a la vez.

Por un lado te hace sentir fatal contigo misma y respecto a los demás, te lleva a compararte y te incita a querer todo el tiempo llenar unos huecos —supuestos defectos— que no dejas de ver. Es una carrera sin límite que suele resultar obsesiva y que no te permite a veces avanzar como quisieras en la vida. Lo haces todo con tensión, lo haces lento (porque necesitas hacerlo muy bien) o ni siquiera te permites hacerlo o terminarlo para no tener que enfrentarte a la realidad “defectuosa” que va a obligarte a mirar una vez esté acabado. Por otro lado, por supuesto, ser perfeccionista te impulsa a conseguir cosas buenas y mejores resultados, es decir, lo que logras hacer lo haces sin duda muy bien, te ocupas de llegar siempre más allá que los demás, implica mucha admiración proyectada hacia ti y te obliga a estar siempre atenta, activa, en crecimiento constante. Por supuesto, es algo bueno perseguir la excelencia, cómo no.

 

Según la señora Dweck, hay dos tipos de mentalidad. En la charla los aplica al perfeccionismo, en el libro los aproxima desde un sentido más amplio. Yo voy a quedarme comentando la visión, más concreta, de la charla.

Hay dos tipos de perfeccionista. Voy a llamarlos A y B para que nos aclaremos.

El A es el que considera que lo que tiene y lo que es, que su talento y sus habilidades, son las que son, y son naturales, le vienen dadas. A esto lo llama “fixed mindset”, mentalidad fija.

El B es el que considera que lo que viene dado es un punto de partida, y que con esfuerzo y dedicación y aprendizaje irán creciendo y mejorando. A esto lo llama “growth mindset”, mentalidad de crecimiento.

El A (“mentalidad fija”) es un perfeccionista que no se permite hacer nada ni medio mal, porque medio mal, o mediocre, o normal, o regular es mal del todo. O es el mejor o no es nada. No quiere sentirse nunca tonto, inadecuado, menos que otro.

Necesita sentirse más listo o más hábil que los demás (sea cual sea el grupo: una clase, un trabajo, un deporte, la familia, la sociedad…), necesita saber que, cuando haga el ejercicio de comparación que hace todo el rato, siempre saldrá ganando en algo.

Además, necesita tener siempre razón, que no se le discuta nada, que no se observe ningún fallo, porque pillarle en un error es fatídico para su autoestima. Por ello, tiende a buscar culpables fuera y tirar los errores hacia otros lados, justificándose. Por miedo a sentir que no tiene valor.

Cuando detecta a alguien que destaca, que es un modelo a seguir, le admira, pero lejos de motivarle le desmoraliza y acaba pensando que nunca conseguirá llegar a ese nivel, no sabe cómo hacer el camino para llegar hasta ese punto.

En cuanto al esfuerzo, siente que uno solo puede o debe hacer las cosas para las que tiene una habilidad natural y, por tanto, el esfuerzo no es un camino válido. Cree que si tienes que esforzarte para conseguir algo, es que no tienes el suficiente talento, así que no podrás destacar de forma natural y sencilla, de modo que mejor que no lo intentes. Cree que el esfuerzo es para los imperfectos.

El tipo B, el de “mentalidad de crecimiento” quiere buscar la perfección, pero desde el lugar de saber que lo va a hacer lo mejor que pueda, que habrá errores y que seguirá aprendiendo de ellos. Su misión principal es aprender. No está interesado en competir o compararse, sino en colaborar y mejorar. Busca retos que le ayuden a crecer, pero por él mismo, para su propio desarrollo. Le interesa el proceso, pero también el resultado. No es que no aspire a lo mejor, sino que acepta que es algo que se logra de forma progresiva.

Cuando se encuentra con alguien que le supera, en vez de desmoralizarse y compararse para salir perdiendo, piensa en cómo puede aprender de esa persona, quizás intentando que le haga de mentor o preguntando para tratar de sacar el máximo jugo a la experiencia del otro. Las personas más hábiles o inteligentes le impulsan a seguir creciendo, a seguir esforzándose.

Y el esfuerzo, por supuesto, es su manera de avanzar. Sabe que sin él no conseguirá nada. Lo aprecia como una herramienta, cree que cuanto más te esfuerces mejor serás, por tanto, no hay nada de malo en esforzarse, no pone de manifiesto tus carencias sino tus ganas de mejorar. El esfuerzo es una oportunidad para ser mejor y lograr esa perfección eventualmente.

Este último, sin pretender ser el mejor ni desbancar a nadie, suele conseguir más las metas que se propone, porque se compromete mucho más con el proceso de aprendizaje y de consecución de objetivos. También porque lo afronta de forma más relajada, menos crítica con uno mismo, y esa misma tranquilidad le evita situaciones de parálisis, ansiedad, sobrecarga o sobreexigencia.

 

No sé si a alguien le resuenan cosas del tipo A, a mí desde luego me suenan muchísimas, si no todas. Es verdad que con todo el trabajo personal de los últimos años he ido dejando la mayoría de estas cosas atrás, pero de pequeña yo era la viva imagen de la “mentalidad fija”. Literalmente me dolían los errores. Y aunque es verdad que mi perfeccionismo, aunque fuera del tipo A, me ha llevado a sitios estupendos (y estoy feliz de lo que he logrado), también es verdad que el camino no ha sido estupendo en realidad. No lo he vivido como un proceso de crecimiento agradable hasta muy recientemente, más bien al contrario, se me hacía muy difícil lidiar con mis propios sentimientos al respecto de la posibilidad de fracaso, de error o de mediocridad (entendida como “normalidad”).

Pero esa diferencia, en los últimos tiempos, lo ha cambiado todo.

Entender esto lo ha cambiado todo.

 

He pasado de querer esconder todos mis errores a poder mostrarlos con mayor naturalidad. De no querer ni mirarlos a atenderlos y buscarles soluciones. He pasado de evitar situaciones potenciales de fracaso a buscarlas y enfrentarlas con paciencia y respirando hondo, para convencerme a mí misma de que el fracaso realmente no dice nada malo de mí, no me convierte en una persona defectuosa.

Es cuando me enfrento a cosas que me cuestan cuando encuentro los mayores aprendizajes, es cuando me esfuerzo que encuentro mayores recompensas. Es al dedicarme con tesón y perseverancia cuando siento que crezco. Antes todo lo que hacía lo hacía bien, porque no probaba nada que pudiera salir mal, pero me aburría y me sentía vacía. Ahora me arriesgo, pero me siento valiosa y con energía. Aunque salga regular. Y si sale regular, lo enseño igual.

 

He descubierto que es en el momento en que sales del camino de la perfección cuando empiezas a meterte en el camino de reconocerte a ti misma y a encontrarte con quién eres de verdad.

Mientras te peleas con la perfección llevas puesta una máscara, que no solo te cubre antes los demás, sino que sobre todo te impide verte a ti misma. Y no verte a ti misma es probablemente el mayor de los vacíos.

Te mando un abrazo enorme y nada perfecto,

perfeccionista

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