La abismal diferencia entre crecer o quedarte como estás

Un año después, vuelve a ser mi cumpleaños. Quizás recordarás lo mal que me sentaba esta fecha, deprimida siempre por no sé qué razón, como que tenía la impresión de que el tiempo pasaba y yo no había avanzado, o como que todo se me escapaba demasiado rápido y yo era tan lenta que no podía reaccionar. Mi tiempo era claramente retardado, y no lo estaba aprovechando en absoluto. Evidentemente hacía un montón de cosas, pero ni me parecían suficientes ni las estaba valorando suficiente.

Este año —entre un cumpleaños y el otro— ha habido un universo de distancia. En el anterior, solo hacía tres meses que habíamos llegado al campo y estaba pasando un difícil momento de ajuste. En este, hace ya un año y tres meses que estamos viviendo aquí. En este año y tres meses, mi perspectiva sobre la vida en general y la mía en particular ha cambiado mucho. Radicalmente. Ha ido al fondo de los fondos —muy muy hondo— y solo recientemente —muy muy recientemente— ha subido a la superficie más clara, limpia, segura y ordenada que nunca. Todavía en proceso de ajuste, pero transformada.

No puedo decir que haya habido una sola cosa que haya precipitado el cambio, sino un montón de pequeñas cosas, apiladas unas encima de otras, las que han formado algo nuevo y sólido. Un poco como el efecto bola de nieve: un solo copito no hace nada más que deshacérsete sobre la nariz, con un par de bolas medianas haces un muñeco con nariz de zanahoria y brazos de palo, pero una bola cayendo en la pendiente adecuada sobre un suelo también nevado se hace cada vez más grande y se lleva todo lo que se ponga por delante.

Y he pensado compartir una de las cosas más raras que se han ido apilando en el efecto bola de nieve (aunque ha habido decenas de otras bastante más mundanas, obviamente, pero quizás esta en el reino de lo excepcional en mi vida se lleve la palma).

Sucedió este verano.

 

Resulta que me fui a un retiro de yoga y reiki que hacían en una masía al lado de mi casa. Para ser breve, yo no lo sabía de antemano pero las que lo montaban no eran yoguis normales sino que aparentemente eran un poco brujas (no sé si esa palabra les gustará aunque yo la use desde el cariño), pero vaya, de esas personas de apariencia completamente normal que sin embargo ven energías, auras, presencias, limpian chakras, leen péndulos y vidas pasadas y tienen visiones la mar de complejas. No juzguemos, por favor, yo ya tuve que hacer el megaejercicio de no juzgar cuando estuve allí —sin saber lo que me esperaba— y la verdad, me sentó de lujo ejercer mi derecho a aceptar lo ajeno (por loco que pareciera) sin ponerlo en duda, ni creyéndolo ni no, solo sin ponerlo en duda, reconociendo que para ellas su experiencia era de una manera y para mí de otra, pero no por eso estábamos separadas ni éramos diferentes ni tenía que salir huyendo.

Déjame interrumpir el relato para poner contexto al asunto y decir que unos meses antes JAMÁS me habrías visto irme de mi casa para pasar el finde con una gente desconocida y que JAMÁS habría permanecido en ningún lugar durmiendo con personas que dicen que ven cosas (o sea, mis amigos se hubieran reído en tu cara si se lo hubieras mencionado siquiera y te hubieran dicho que esa no era yo, que me habían suplantado la identidad), pero fue un finde revelador en muchos sentidos, me sentí muy a gusto entre ellas y puedo afirmar y afirmo que este extraño movimiento que salió de la más absoluta nada y de la más absoluta casualidad supuso un gran avance en mi proceso de vuelta a la luz. No en vano una semana después de volver me desperté una mañana con una certeza nueva y me compré de repente el billete para irme sola a Islandia dos semanas.

El caso es que la mayoría de las cosas que fuimos haciendo durante el fin de semana tuvieron muchísimo impacto sobre mi perspectiva. Entendí lo que estaba pasando, el proceso que llevaba haciendo tantísimos meses y me preparé, sin darme cuenta, para dejarlo atrás.

 

Sin conocerme de nada y sin yo decir nada —que muy comunicativa no es que sea yo cuando me quitas el ordenador o el boli—, las cartas me vinieron a decir que podía hacer lo que quisiera porque siempre iba a tener éxito, que la fortuna estaba conmigo y que tenía la sabiduría para lograr lo que deseara, por tanto, que no tenía que tener miedo.

Y esto que parecerá bobo para mí fue un pequeño empujón. Porque el miedo lo estaba ocupando literalmente todo. Y sin razón, porque nunca nada me había ido mal realmente (podríamos decir que doy asco de lo bien que me van las cosas en general), pero estaba invadida por el miedo como los árboles de debajo de mi casa, ahogados por la hiedra asesina y muriéndose poco a poco mientras la otra se pone verde y hermosa. Mi miedo estaba verde y hermoso y riéndose de mí en la cara y yo me estaba dejando ganar la partida.

El péndulo dijo que mi alma había vivido entre cuarenta y cincuenta vidas ya, que era un alma madura pero a la que todavía le quedaba trote, y que por eso todavía se equivocaba y le faltaba un poco de “vejez”. Dijo que en mi última vida yo había sido maestra o enseñado algo, que no me podía decir de qué había muerto (cosa rara, porque al resto del mundo sí se lo concretó) y que —a diferencia de todas las demás, que se supone que vienen a una vida para arreglar o compensar lo que quedó colgado en la otra— yo no había venido a esta vida con ninguna misión en concreto. Que no tenía que hacer nada.

¿Qué yo no tenía que hacer nada? ¿Le dices que no tiene que hacer nada a la persona que se ha pasado la vida sufriendo por saber qué demonios está destinada a hacer, sin encontrar vocación, sin encontrar sentido a su existencia, sin tener una misión vital y llorando mares de lágrimas por ello? Pues ahí te va: que no tienes que hacer nada, pava, que no tienes que curar nada ni arreglar nada, que todo el mundo viene con algo que hacer pero aparente y extrañamente tú no. Y digo extrañamente porque hasta las brujas se quedaron locas con la respuesta del péndulo, que no les había salido jamás.

Y yo más loca todavía, claro. Y fue decírmelo y (aparte de tener unas ganas de llorar instantáneas) sentir como si todo el peso del mundo se hubiera apartado de mi cabeza y hubiera caído como una piedra a mi lado.

 

Pero la cosa no acaba aquí, no. Recordemos que era una formación de yoga y reiki y aunque no lo parezca hicimos yoga y reiki. Yo como no había hecho reiki jamás pues me dieron el primer nivel, donde la maestra te sienta y te hace una serie de historias por delante y por detrás cual chamana y te sopla y yo que sé (cerré los ojos por si me daba la risa) y se supone que te abre los canales de la energía. Pues no me dio la risa en absoluto, al contrario, sin saber muy bien por qué se me saltaron las lágrimas y me vino una imagen muy fuerte de luces de neón color rosa, que yo asocié con la película Spring Breakers pero no entendí por qué diablos me venía eso a la cabeza, aparte de porque es probablemente mi película favorita de todos los tiempos.

Ella seguía con lo suyo, tan ancha, pero al terminar me abrazó y me dijo que me había visto el aura y que era del rosa más bonito que había visto jamás, que era dulce y preciosa y estaba llena de amor.

Pero no, no contentas con eso, llegó el colofón al asunto. La partner in crime de la bruja del reiki era la bruja de las visiones. La tía cerraba los ojos y veía cosas y se metía en mundos paralelos donde luchaba con energías destructivas y creía que su misión era limpiar este nuestro mundo de influencias malignas. Ok. Yo mutis, todo bien, no lo pondré en duda porque las veo muy serias y tranquilas y además, de verdad, no parecen locas en absoluto y son encantadoras.

Mientras la bruja del reiki nos hacía a las alumnas lo de los canales y nos veía el aura y las cosas, la otra estaba sentada en un ladito con los ojos cerrados. Cuando todas hubimos pasado por el aro, ella nos dijo lo que había visto. Y cielos, salieron cosas muy raras al resto de las chicas, bastante siniestras y extrañas, y yo estaba cagada a punto de decirle que se guardase lo mío, gracias. Que no necesitaba saber si había seres acompañándome ni nada, que prefería mantenerme en la ignorancia. Pero la educación me pudo y decidí escuchar lo que fuera y prepararme para quitármelo de la cabeza lo antes posible. La tía hizo una pausa dramática…

“Con Deborah he visto… (y una cara que de principio me asustó porque era como de extrañeza y luego sonrió y no supe si asustarme más o qué pero aguanté como pude las ganas de salir corriendo) a un pájaro con plumas de mil colores, súperbonito, que estaba dentro de una jaula de cristal, también preciosa. Y de repente, mientras lo miraba, ha abierto las alas y las alas han roto la jaula en mil pedazos y ha salido volando libre y ha sido una de las cosas más emocionantes que he visto”.

 

Aquí llegó a un punto la cosa en que tuve que pensar, desconfiada como soy era, ¿me están dorando la píldora por algún motivo? ¿Qué sacan ellas de decirme estas cosas cuando a las demás les están diciendo cosas mucho más sombrías? ¿Me están odiando mis compañeras por ser asquerosamente rosa, libre, suertuda y amorosa?

Y sobre todo: me lo crea o no me lo crea, que es totalmente indiferente, ¿qué voy a hacer con esta información? ¿Cómo voy a elegir usarla a mi favor?

Y es esto es lo que me fui repitiendo todo el fin de semana, y lo que de verdad cuenta, creo yo, de cualquier cosa que hagas, de cualquier experiencia que vivas, de cualquier momento que estés pasando. ¿Cómo eliges usar la información a tu favor, para crecer, para entenderte, para ayudarte y para impulsarte arriba?

¿Eliges quedarte con lo de siempre, con tu visión pequeña y cerrada, la que te mantiene en una zona segura o escarbas en tus experiencias con ganas de sacar oro a lo que sea que esté sucediendo? Y eso no significa ver solo el lado rosa de las cosas. Significa meterte de lleno en el rosa pero también en el gris. O en el negro, o en lo que salga. Significa dejar pasar lo claro y lo oscuro por ti, y usarlos ambos como herramientas.

 

Yo fui al finde sin intención ninguna, pero saqué oro. Lo usé para impulsarme, para tomar acción, para hacer cambios, para revisar mi actitud, para entender cómo había sido y cómo era ahora… Para crecer, en definitiva.

En mi caso fueron “Las brujas” (y las llamo así con el mayor cariño porque mi libro preferido de pequeña tenía este mismo título, escrito por Roald Dahl) y luego fue “Islandia” y luego cada pequeña cosa que ha ido pasando este año de claroscuros más bien oscuros. Se han apilado hasta ir haciendo bola de nieve y darme fuerzas nuevas y mucho más auténticas que las que creía que tenía antes.

Quizás la diferencia entre la yo que hace un año escribía medio deprimida porque era su cumple y la que escribe ahora sin rastro de esa sensación de pérdida sea que una estaba dormida y la otra está bastante más despierta. No sé si del todo, pero estoy en camino. Y no tengo prisa, por primera vez en la vida.

¿Me cuentas en tu espacio en los comentarios qué momentos y qué experiencias de tu vida en general, o de este último año en concreto, has usado para impulsarte arriba y despertar un poquito más todavía? Me encantará leerte.

Un abrazo enorme y muchas gracias por estar al otro lado,

crecer

Los comentarios están cerrados.