Lo que el padre de una amiga me enseñó sobre la perseverancia

Mi amiga Violeta tiene un padre (como todos en la vida), pero su padre es bastante sabio. Es un señor alto y elegante, con bigote espeso y ojos sonrientes, al que le gusta llevar sombrero. Empezó de la más absoluta nada y se fue haciendo su nombre y su hueco como traductor y también como escritor y teórico, codeándose con gente tan intelectual a los que casi no sabes ni qué decir, y convirtiéndose también en uno de ellos. Ha trabajado siempre desde casa, en un despacho instalado al final de un pasillo —ancho, pero pasillo al fin y al cabo—. Ni siquiera tienen coche. Quiero decir que es un hombre humilde de vida tranquila, pese a su nombre y a su experiencia.

Estoy segura de que a Violeta le ha enseñado millones de cosas, pero hay una que también me ha enseñado a mí a través de ella, y la recuerdo casi a diario. De verdad, siempre pienso en ello.

 

No recuerdo en qué momento me lo dijo ella a mí, no sé cuándo se produjo el trasvase de información mágica. Quizás cuando yo andaba despistadísima tratando de hacer que algo funcionase. Tal vez cuando no encontraba mi camino. Quién sabe. Da igual. El caso es que lo pronunció, quizás en su casa, quizás mientras tomábamos el té. Quizás mientras leíamos el I Ching. “Mi padre siempre me dice que lo importante es perseverar”. Y yo lo entendí. No siempre entiendo las cosas que me dicen, a veces no estoy en la sintonía adecuada y es como las radios cuando no acabas de pillar la onda y hay interferencias. A veces escucho pero no entiendo. A veces no me llega. Ese día sí tenía la antena puesta.

Y ahora siempre me imagino a Violeta, fusionada con su padre, como si estuvieran cada uno a un lado de un cristal y yo pudiera verlos a los dos en la misma imagen, señalándome con un dedo aleccionador, cariñoso, diciéndome “lo importante es perseverar”.

 

Cada vez que me canso, cada vez que me desanimo, cada vez que creo que no puedo más, cada vez que tengo ganas de dejarlo todo en la cuneta y mirar por el retrovisor cómo se aleja a toda velocidad en la dirección contraria.

Es entonces cuando me recuerdo que no se trata de conseguir algo en concreto, sino de mantenerte pegada al camino, seguir andando en la dirección que elegiste (cuando sabes que es la que quieres), seguir amontonando piedrita tras piedrita hasta formar tu montaña, del tamaño que necesites, hasta que decidas parar porque realmente quieres parar y construir algo diferente. Pero no antes.

Mientras, sin prisa y con ojos sonrientes, lo importante es perseverar.

Un abrazo,

perseverar

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