Me llamo Deb.

En 2012 empecé Oye Deb, donde creo formación online para personas despiertas que quieren ser más ricas por dentro y por fuera sin seguir instrucciones de nadie. ¿Te gustaría ser tu propia gurú?

¿En qué se parecen los chinos antiguos, David Lynch y el feminismo?

Este mes de mayo he estado escribiendo sobre la perseverancia, la persistencia y la paciencia. El monotema del mes, aplicado a nuestros negocios y nuestras vidas. Hoy quiero cerrarlo con la newsletter, en la que hablo de lo mismo pero juntándolo con referentes mucho más personales. De ahí el título raro que ha salido :) Para mí, perseverar o persistir no tiene que ver con la tozudez o la cabezonería. No es un acto de rebelión contra el exterior, ni siquiera contra ti misma, que quizás te dejarías vencer por la pereza o el desánimo.

La perseverancia para mí consiste en hacer lo que tienes que hacer para tener la vida que quieres tener.

Y que no importe nada más mientras tú sigas tu camino. Con firmeza y flexibilidad a la vez, en un equilibrio complejo y lleno de fricciones, que sin embargo, si hay algún equilibrio en la vida que valga la pena esforzarse por conseguir, debería ser este, pues es el que nos garantiza afrontar el resto de equilibrios de la vida.  

Perseverar no es simplemente continuar haciendo lo que sea que te has propuesto hacer, cueste lo que cueste, y darte de hostias contra el mismo frontón una y otra vez sin ver la realidad y tus verdaderas necesidades. No se trata de estar concentrada y tener disciplina militar hacia las cosas que crees que tienes que hacer o te han dicho que tienes que hacer o has decidido que tienes que hacer por motivos no realmente propios.

De hecho, yo diría que la perseverancia no cuenta hasta que no la aplicas a algo que cuenta realmente para ti. Lo contrario es cumplir órdenes —propias o ajenas, da igual, pueden ser igual de duras— y ser un soldado. Y ser un soldado siendo a la vez una persona con impulsos, deseos y voluntad propia es estar completamente atrapada entre la espada y la pared, peleándote ca-da-dí-a-de-tu-vi-da. No mola vivir peleando, la verdad. Cuando escribí sobre el día que entendí para qué me servía la perseverancia, hablé de Violeta. Violeta y yo hemos sido amigas desde la universidad, y una de nuestras tradiciones favoritas (entre muchas, después de tantos años) consiste en contarnos las penurias y tirar el I Ching para ver si nos ilumina con su sabiduría oriental. Leemos los resultados en voz alta e interpretamos lo que creemos que nos está diciendo aplicado al tema que estamos tratando de arreglar. Y dicho sea de paso, nos partimos de risa con las expresiones y los personajes que aparecen, que se van repitiendo a lo largo de todo el libro. Una de las frases que más se repiten, o que más nos salen a nosotras (quizás será por algo) es “perseverar trae ventura”. Por ejemplo, en el hexagrama número 5, que se llama Hsü, y hace referencia a La Espera hablan de ella de una forma que me gusta mucho: “La espera no es una esperanza vacua. Alberga la incertidumbre interior de alcanzar su meta. Solo tal certidumbre interior confiere la luz, que es lo único que conduce al logro y finalmente a la perseverancia que trae ventura y provee la fuerza necesaria para cruzar las grandes aguas. Alguien afronta un peligro y debe superarlo. La debilidad y la impaciencia no logran nada. Únicamente quien posee fortaleza domina su destino, pues merced a su seguridad interior es capaz de aguardar. Esta fortaleza se manifiesta a través de una veracidad implacable. Únicamente cuando uno es capaz de mirar las cosas de frente y verlas como son, sin ninguna clase de autoengaño o ilusión, va desarrollándose a partir de los acontecimientos la claridad que permite reconocer el camino hacia el éxito. Consecuencia de esta comprensión ha de ser una decisiva actuación perseverante, pues solo cuando uno va resueltamente al encuentro de su destino podrá dominarlo. Podrá entonces atravesar las grandes aguas, vale decir tomar una decisión y triunfar sobre el peligro. Cuando las nubes se elevan en el cielo es señal de que va a llover. En tales circunstancias no puede hacerse ninguna otra cosa más que esperar, hasta que se precipite la lluvia. Lo mismo ocurre en la vida, en momentos en que se va preparando el cumplimiento de un designio. Mientras no se cumpla el plazo no hay que preocuparse pretendiendo configurar el porvenir con intervenciones y maquinaciones personales; antes bien es menester concentrar tranquilamente, mediante el acto de comer y beber, las energías necesarias al cuerpo, y mediante la serenidad y el buen humor, las que requiere el espíritu. El destino se cumple enteramente por sí solo, y para entonces uno se encuentra dispuesto.” ¿No es bella y tranquilizadora esta perspectiva? No implica desidia ni implica distracción, pero tampoco implica forzar las cosas ni querer adelantarlas. Implica observar, estar atenta, entender la realidad, y sobre todo, estar preparada sin sobrepreparación. Para mí, implica equilibrio, tranquilidad y certeza. Perseverar tiene que ver con tener una seguridad interior y seguirla sin interrupción pero sin meterle prisa, sabiendo que sucederá, que llegará su momento, que podemos cruzar las grandes aguas porque el éxito está asegurado.

Desde luego, los orientales nos ganan de mucho en muchas cosas. Sobre todo los orientales muertos hace unos cuantos cientos de años. Esos sí eran sabios.

Hablando de la perseverancia Arieh me recordó que el rodaje de la película de culto de David Lynch, Cabeza Borradora, duró cinco años. Por aquel entonces Lynch no tenía la fama actual, ya que solo había hecho algunos cortometrajes, así que tuvo que pelear mucho para hacer realidad la película —rara, no nos engañemos— que tenía en su mente. En algún momento del rodaje el American Film Institute le cortó el grifo de financiación, así que al majo de David Lynch no le quedó otra que trabajar durante el día para ir pagándola, y continuar con el rodaje por las noches, cuando podía, cuando tenía dinero para pagarlo todo. No sé si mucha gente hubiera pasado por tantísimas molestias para terminar su primer largometraje. Pero él persistió. Insistió. Perseveró. Y con ella se convirtió en un director de culto. Evidentemente, el característico pelo del personaje protagonista supuso que el sufrido actor que lo interpretaba tuvo que ir peinado de esa guisa durante cinco años. A ver qué otro no hubiera mandado a Lynch a freír espárragos. Pero él también aguantó. Y dicen que entre una toma en la que el prota abre una puerta y otra toma en la que entra en la habitación pasó un año. En la película van juntas, en la vida de los que la hicieron posible están a 365 días.

Así que digo yo que si algo te toma un tiempo y empiezas a desesperar, puede venirte bien recordar esto. Puede venirte bien relativizar la impaciencia. Puede venirte bien recordar que la persistencia trae ventura, pero solo cuando está acompañada de certeza, veracidad y ausencia de autoengaño. Cuando haces lo que tienes que hacer para tener la vida que realmente quieres tener.

Además, hoy pensaba que la banda sonora de hoy la podría poner The Caretaker (alter ego de Leyland Kirby), que es una de las típicas bandas sonoras de mis sesiones de escritura, donde elijo temas muy tranquilos y sin letra para que no se entrometan en mis pensamientos. Uno de sus álbumes se llama “Persistent repetition of phrases”, donde explora los recuerdos que quedan en la mente de las canciones que vamos olvidando con el tiempo; y otro, “Patience (After Sebald)”, donde manipula, distorsiona y reconstruye por completo, como en un puzzle de millones de piezas compuesto de notas, acordes y loops infinitos algunos fragmentos de Winterreise del compositor clásico Schubert. Aunque mi álbum preferido de The Caretaker no es ninguno de estos dos, sino “An empty bliss beyond this world”. Dejo los enlaces con los discos e inserto Youtube con este último para que le des al play si resulta que te apetece leer hoy con música de fondo. O para otro día. Quizás para cuando estés escribiendo.  

  Precisamente la última vez que fui a Barcelona, hace unos días me compré “Cómo se hace una chica” de la estupenda Caitlin Moran. En este enlace puedes leer el primer capítulo. Mientras lo agarraba al vuelo con toda la confianza de quién ya conoce a la Moran y sabe lo cruda, sorprendente y desternillante que puede llegar a ser, le dije a Arieh “tengo que comprar libros de mujeres que escriben sobre mujeres porque tengo que invertir mi dinero en nosotras”. Así me salió de lapidario, pero así lo siento. Cuanto más los compremos, más se publicarán. Cuanto más se publiquen, más mujeres se animarán a escribir también, y más se atreverán a hacer películas y arte y a montar empresas y a decir lo que piensan en voz alta y más lejos llegarán nuestras ideas y nuestras voces y nuestras obras. Que también cuentan, por cierto. No nos lo han dicho demasiado a menudo y no hemos visto tantos ejemplos de ello como haría falta, pero también cuentan. De hecho, hablando de cine y de Violeta y de feminismo (todo junto así mezclado) podría compartir contigo este artículo que escribió ella la semana pasada desde Cannes explicando por qué el festival no es en absoluto feminista aunque trate de mantener la cuota de rigor, y por qué hay tanto discurso —cinematográfico, en este caso, aunque se puede aplicar a todo— tan poco feminista viniendo de manos femeninas. Cuando le dije por el chat que me había gustado mucho lo que había escrito, me dijo (¡perdona por citarte literalmente!) “es que me agobiaba mucho esta cosa de que porque hay mujeres cineastas todo está bien”, y yo le dije que me parecía dramático y ella respondió “no es dramático porque lo vamos a luchar”. Y me dejó muda y muy admirada. Claro que sí, lo vamos a luchar. Ese es el espíritu. El mismo espíritu del que han hecho gala en las candidaturas para las alcaldías de Madrid y Barcelona Ada Colau y Manuela Carmena, porque más allá de sus tendencias políticas, su liderazgo se deja ver —se intuye, al menos— femenino, creativo, esperanzador y renovado, diametralmente opuesto al armatoste patriarcal totalmente pasado de vueltas que representan la Aguirre y la Barberá, también mujeres en género pero hombres en formas de gobernar y conducirse por los entresijos de la política. Aquí podría recuperar este artículo que curiosamente escribí en esta misma semana pero de 2012 (en mi antiguo blog) sobre cómo los valores femeninos cambiarán el mundo. Y no es que yo sea Nostradamus, pero tres años después estamos caminando en esta dirección, gracias a todos los dioses del universo.  
Ya lo dijo el Dalai Lama: “El mundo será salvado por la mujer occidental”.
  Es que no debería darnos vergüenza ninguna dejarnos ver, sentir y oír como las mujeres que somos —de que somos mujeres no cabe ninguna duda, así que, ¿por qué aún nos empeñamos en escondernos o transformarnos o adoptar un discurso prestado?—, aunque ya lo dijo Sheila Heti en su día:  
“Si eres una escritora joven y diriges tu mirada a las otras mujeres, se ve como algo narcisista. ¡Cómo si los únicos que tuvieran derecho a observarnos fueran los hombres!”.
  Así que yo (n)os animo a que tomemos nuestro derecho a hablar de nosotras, por y para nosotras, para que el silencio deje de ser una opción, porque hasta el momento las voces femeninas en las artes en particular y en la vida en general han estado terriblemente silenciadas y nos hemos creído —qué remedio, si era lo único que había— los discursos masculinos sobre nuestras propias existencias. Que no pasa nada, dirán algunas. Bueno, sí, sí que pasa. Es como si los libros sobre las vicisitudes de llegar a la ancianidad los escribieran niños de primaria o los gatos hicieran películas sobre los conflictos amorosos de los perros. No tiene p*** sentido. Puede existir, claro, porque cada uno puede hablar de lo que le dé la gana sea perro o gato o niño o viejo, pero no puede ser lo único que exista, y sobre todo, cuando alguien habla desde su propia experiencia, sea esa experiencia como sea, no puede (¡no puede!) ser tratado como si estuviera reclamando un espacio que no es suyo. No puede hacerse como que no existe. Y desde luego no puede ser tratado como un mosquito molesto pero inofensivo. No se le puede negar importancia, como si su discurso, por no ser popular o habitual o aceptado, sea menos válido. Y no se le puede apartar con aspavientos. Porque es cierto que un mosquito solo molesta si es lo suficientemente insistente, pero imaginemos doscientos mosquitos en tu habitación siendo muy insistentes. Eso es lo que pasará el día que las mujeres nos pongamos las pilas del todo.

De momento, podemos esperar pacientes (que no quietas), en nuestro sitio, haciendo lo que queremos hacer, trabajando en la dirección que queremos tomar, juntándonos para comer y beber, contándonos lo que pensamos y contándoselo al mundo con toda la tranquilidad y todo el derecho, cada una como pueda y como quiera. Cada una tiene un papel en esto, diferente al de todas las demás y debe desarrollarlo con paciencia y persistencia. Reclamando su espacio, que no es inventado, que no es regalado, que no es gratuito.

Un mosquito solo en una habitación puede molestar un poco y hacer algún impacto, pero no puede cambiarlo todo. Espérate a que se junten unos cuantos cientos. Unos cuantos miles. Espérate a que todos los mosquitos juntos insistan en hacer lo que de verdad desean hacer. Y hasta aquí el día en el que venía a hablar de una cosa y he acabado hablando de otra. Pero te diré, en el fondo, que a mí si me hablas de perseverancia me viene el feminismo a la cabeza. Quizás por eso el giro. También me ha pillado a mí por sorpresa, pero debe de ser la premenstrualidad, que como diría mi amiga Erika, me tiene guerrera. Pero es que si perseverar consiste en hacer lo que tienes que hacer para tener la vida que quieres tener, a mí no se me ocurre mejor objetivo que desear tener una vida donde ser mujer no implique estar en desventaja sino en igualdad y donde las mujeres ocupemos los espacios que también son nuestros. No son solo nuestros, ni falta que nos hace, pero también son nuestros. No solo un poquito nuestros ni a ratos nuestros, sino nuestros, de pleno derecho. Tan bonito sería, ¿verdad? Un abrazo, feminista   P.D.: Te espero en los comentarios si te apetece compartir algo sobre los múltiples temas tocados, las múltiples referencias o aportar alguna cosa nueva que a ti te recuerde a la perseverancia, la persistencia y la paciencia. No importa cuán rara sea. La mente tiene caminos inescrutables :)  

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