La paciencia es la madre del emprendimiento

Si algo implican directamente la perseverancia y la persistencia es otra palabra que también empieza por pe: paciencia. Y si algo he aprendido de mis clientas, lectoras y amigas emprendedoras es que a la mayoría de nosotras cuando repartieron los dones ese no nos vino en el pack: somos absolutamente impacientes.

Y como todos los valores del mundo, la impaciencia tiene su lado bueno y su lado no tan bueno cuando te enfrentas a la difícil tarea de construir un negocio. Por ejemplo, si eres impaciente no te suele importar trabajar mucho y matarte lo que haga falta por empezar a ver resultados rápidamente. Si eres impaciente te empujas a ti misma a mantenerte activa, con todos los frentes abiertos, buscando formas de hacer las cosas más eficientemente y más deprisa. Eso está bien, con medida.

Pero también significa que probablemente vayas demasiado acelerada, que no aceptes que cada proceso tiene su ciclo y su tiempo, que no entiendas que los resultados no aparecen como setas cuando tú quieres, o que no puedes controlar todo y que por tanto no todo irá a la velocidad de la luz, especialmente lo que hacen por ti otras personas que tienen otros ritmos vitales y otras formas de trabajar.

 

Obviamente es lo que todas las que emprendemos deseamos, empezar la empresa y que enseguida podamos recoger lo que hemos sembrado, que el esfuerzo nos sea recompensado cuanto antes y que podamos respirar tranquilas sabiendo que lo que proponemos es aceptado y deseado por nuestros clientes: que nos compran, que nos leen, que nos dan likes, que nos comparten… todo.

Pero lo que más me encuentro son emprendedoras que nada más empezar o a los poquitos meses no entienden cómo no tienen ya suscriptores en su lista de correo además de sus madres y sus amigos, que no comprenden cómo no han vendido apenas nada y se hartan a ver cómo pasan las bolas del desierto silenciosamente cada vez que escriben un post o dicen algo en redes sociales.

 

Muy poca gente consigue atención inmediata cuando arranca, lo normal y corriente es que te toque esperar un tiempo.

La única solución es aprender a ejercitar la paciencia hasta que sea un músculo que movamos sin darnos cuenta, que haga su trabajo de fondo, siempre, de forma constante y sostenida, para que no nos dejemos llevar por la vorágine de las prisas y la sensación de que no somos lo suficiente y no vamos lo suficientemente rápido.

Pero no es nada malo esperar y ejercitar la paciencia, al contrario. Esos días, semanas o meses en los que todavía no se recogen frutos pero la empresa está ya en marcha tienen que ser sacados de su espacio muerto de desesperación y deben ser aprovechados para, por ejemplo:

1 /  Mejorar e implementar todo lo que sea mejorable e implementable en estas primeras fases, ya que normalmente nadie que acabe de lanzar un proyecto lo tiene impecablemente terminado, al contrario, suele estar muy verde. Y mejor hacer las mejoras cuando hay poca circulación que cuando tenemos a una marabunta de gente esperando en la puerta, ¿no?

2 /  Aprender en las áreas en las que estemos más flojas. Cuando estés a tope de clientes te faltará tiempo para hacerlo y nunca verás el momento, así que es un buen planteamiento aprovechar los inicios para aprender todo lo que podamos permitirnos aprender.

3 /  Formar un grupo de personas en situación similar, un mastermind o algo más informal que se reúna periódicamente y con quienes puedas comentar los pasos que vas dando y puedas entender (entre otras mil cosas) que la lentitud y la impaciencia no son solo cosa tuya. Porque no, son ridículamente comunes.

4 /  Y lo más importante: dedícate cuanto puedas a crear contenido realmente interesante para asegurarte de que los que te visiten por primera vez se queden contigo, que confíen en ti, que encuentren algo de valor, y así poder ir desarrollando con ellos una relación a largo plazo que finalmente desemboque en ventas y dinero. No hace falta venderles algo a la primera, puedes ir forjando esa relación con el tiempo y asegurarte de que sean fieles incluso antes de comprar nada. La compra ya llegará cuando el cliente esté preparado y confíe en ti lo suficiente. Y eso no se puede apresurar ni forzar.

 

Porque esto son los negocios: relaciones e inversiones a largo plazo. ¿Sabes cuánto tarda un hueso de aguacate desde el día en que te comes el aguacate hasta que el huesito da una planta con un tamaño adecuado para ser puesto en la tierra y lucir medio normal, no ya en dar frutos, sino en parecer una planta normal? Casi un año. ¿Y le metemos prisa al pobre aguacate? No, porque ese es su tempo. Pues cada negocio tiene su tempo, y aunque el negocio de tu vecina se parezca en apariencia al tuyo y el tuyo esté tardando más en sacar frutos no tienes que pensar que hay algo necesariamente mal en lo que haces.

Por supuesto, siempre mejorando, siempre dándolo todo, siempre intentando hacerlo lo mejor que podemos, pero no abandonando antes de tiempo si estamos haciendo lo que de verdad queremos, no dejándonos desanimar por la falta de recompensas inmediatas, no queriendo estar a un nivel que “se supone que debería ser”, porque no hay ninguna suposición aquí. No se sabe cuáles son los frutos realmente, no hay unas reglas de lo que es “normal” recoger y lo que no. Cada uno marca las suyas y las crea como puede y como sabe.

Claro que tenemos que entender también nuestras necesidades económicas y hace falta tener claro hasta donde podemos permitirnos insistir para que un negocio funcione sin dar todos los frutos que debería, quizás necesitemos compatibilizarlo con otra cosa durante un tiempo, o quizás por nuestra situación tenemos todo el tiempo del mundo para levantarlo sin presión hasta que la semilla florezca, pero, desde luego, pelearse contra el tiempo de desarrollo que necesita un proyecto o empresa es un esfuerzo completamente inútil.

 

Por tanto, ¿qué sentido tiene ser impaciente? Es como si fuéramos un bebé y acabáramos de nacer y ya quisiéramos tener 10 años, o 20. No tiene sentido. Tampoco lo tiene para las empresas.

La prisa por crecer nos hace sufrir. La impaciencia nos hace sufrir. En lugar de esta pongamos persistencia, perseverancia y buen hacer. Si bien no garantizan el éxito —porque no hay nada que lo garantice— al menos te garantizan un camino placentero.

Un abrazo,

emprendedoras

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