Por qué deberías hacerle preguntas a tu empresa y pararte a responderlas

Hacer preguntas debería ser sencillo, pero la realidad es que no lo es tanto. No en vano Sócrates desarrolló la Mayéutica como el arte de las cuestiones (planteadas por el maestro filósofo) y las respuestas (desarrolladas por el alumno), para tratar de conseguir el conocimiento por uno mismo, es decir, sin que nadie nos provea con la solución sino simplemente nos dé una guía por donde discurrir. 

Ese es el problema precisamente cuando nos sentamos nosotras solas a pensar en cualquier cuestión, y más en la que nos ocupa, que es la empresarial. Queremos encontrar caminos y soluciones pero no sabemos por dónde navegar para hacerlo. Sin un maestro al lado, no sabemos qué preguntas hacernos. 

Ese es el primer escollo. Pero hay otro más. 

Aún teniendo las preguntas, o al maestro que nos las formule, tampoco queremos pararnos a responderlas. Nos ponemos todo tipo de excusas para no hacerlo, cuando lo que pasa en realidad es algo muy diferente.

Hoy vamos a profundizar en esto y además te voy a dar tres métodos (desde el más simple al más completo) para que puedas ser siempre tu mentora empresarial, tu propia gurú, la Sócrates de tu vida. 

¿Lo vemos?

— El botón de encendido y el piloto automático

Hace un tiempo un amigo italiano me dijo que leyendo algo que escribí había pensado en lo curioso que es que en español cuando alguien no trabaja se diga que está “parado”. Que lo contrario a estar “parado”, entonces, sería estar “en funcionamiento”. O como dicen en el telediario, “en activo”.

Pensé en que estar parado o estar en funcionamiento no suena a ser vivo. Es decir, no dices de un perro que está parado (a no ser que te refieras a que se ha quedado quieto durante unos instantes) o que está funcionando. No lo dices de un pájaro. Esta expresión la usarías solamente haciendo referencia a una máquina, a algún mecanismo con posición de “on” y de “off” y que alterna entre las dos según convenga. Un coche está parado o funcionando. Un ordenador. Una tostadora. Un aspirador. Un cortacésped. Un robot.

Y aparentemente también las personas adultas cuando no tenemos un trabajo.

Poco después otro amigo al que quiero mucho pero veo poco me llamó para contarme que había decidido parar. Que no podía más con la vida que llevaba, con el trabajo que tenía y con su existencia en general. Que le había costado mucho tomar la decisión pero que había dejado el trabajo, iba a dejar su piso y en unos días iba a coger sus cosas y a sus gatos y se iba a ir a vivir a un pueblo con un amigo. Sin fecha de vuelta. Para encontrarse. Que su padre no lo había entendido en absoluto (“¿no puedes pensar mientras trabajas?”, le dijo), pero que los meses de dormir mal noche tras noche, de tener el estómago hecho un cisco, de tener crisis de ansiedad y seguir haciendo como si nada sucediera no le estaban haciendo ningún favor. “Necesito parar”, me decía, “si no paro no puedo darme espacio para que las cosas sean diferentes, si no paro no puedo pensar, si no paro…”.

Tan solo unas semanas después vino a verme a casa y ya no tenía ansiedad ni dormía mal ni le dolía el estómago. Estaba bronceado, hacía deporte, había dejado de fumar, estaba entendiendo quién era y cómo encajaba él en su propia vida, estaba cogiendo perspectiva. Me dijo que dejar el piloto automático era lo mejor que había hecho jamás.

Esto del piloto automático vuelve a ser una analogía mecánica, consiste en dejar que la máquina haga todo sola sin que una inteligencia superior intervenga, que siga haciendo y haciendo y haciendo hasta que alguien se digne a darle al “off”. ¿Te suena?

— Por qué no deberías confiar en la infalibilidad de nada ni nadie

Lo que suele pasar es que nadie se digna a apretar su propio botón o a salir del piloto automático hasta que no empieza a funcionar mal (o fatal) y está al borde del colapso. Si no ocurre algo gravísimo, seguimos tirando millas como si fuéramos coches recién salidos del concesionario, incluso aunque ya llevemos unos años rodando (y accidentándonos, incluso) por todo tipo de terrenos.

Y lo mismo hacemos con nuestras empresas, tanto si acabamos de crearlas como si llevan tiempo en marcha: las ahogamos sin parar de dar gas y gas y gas y más gas, pero al carburador le empieza a faltar aire y le entra demasiada gasolina, así que empieza a hacer cosas raras, nos da pequeños avisos, hasta que no puede más y peta. Nos quedamos tiradas por habernos excedido, no ya en trabajar demasiadas horas (que podría ser una clase de agotamiento, por supuesto), sino por no haber entendido, con precisión y honestidad, cómo queremos conducir y qué tipo de coche necesitamos para que esa conducción sea segura y cómoda.

Cada conductora necesita un coche distinto y va a conducirlo de forma distinta, así que ambos, conductora y coche (emprendedora y empresa, en esta metáfora), necesitan estar atentos para tomar las mejores decisiones en cada momento. 

— Lo digno e inteligente es parar periódicamente

Para obtener esa comprensión, y conducir siempre un negocio que se ajuste a lo que necesitamos en cada época, es necesario parar. Puede que creas que piensas bien mientras conduces, y seguro que hay ideas creativas que aparecen, precisamente, cuando estás haciendo alguna otra actividad mecánica y rutinaria, pero las cuestiones profundas y complejas necesitan de una pausa. Un espacio.

Es necesario aclarar que “darse un espacio” no significa necesariamente ponerlo todo patas arriba (como mi amigo, que ya no podía más y lo mandó todo a tomar viento), y parar no debería suceder cuando llegamos al puro límite de nuestras fuerzas y cuando todo está empezando a derrumbarse.

Parar puede consistir sencillamente en dedicar unas horas, quizás unos días si te lo puedes permitir, a revisarlo todo con la máxima atención y estar dispuesta a hacer los cambios necesarios —pequeños y sutiles, seguramente— antes de que sea demasiado tarde. Como esas personas a las que les gusta ir al médico cada cierto tiempo para comprobar que nada va mal, o esas personas que no perdonan una limpieza general de su casa en cada estación y aprovechan para tirar lo que no sirve y reorganizar lo que queda.

A mí lo que me gusta es hacer La Revisión. Es decir, Revisar mi empresa. Es decir, hacerle un montón de preguntas. Exactamente 196. Siempre las mismas. Y pararme a responderlas, claro. 

 

En Oye Deb, cada verano, aprovechando la pausa de cambio de temporada, hago una Revisión Profunda del negocio. Le dedico una semana entera. Luego, una vez al trimestre intento hacer otras tres Revisiones de Control, a las que dedico nada más unas horitas, quizás medio día. Con estas revisiones pongo a punto la maquinaria y los objetivos, hago los cambios que tienen que ser hechos, descarto las cosas que no funcionan o que no rinden bien, y mantengo viva una empresa coherente y alineada con mis deseos (siempre cambiantes y espontáneos) a base de encenderla, apagarla y revisarla a menudo.

Es la única forma que he encontrado para conseguir realmente que mi trabajo, mi pequeña empresa, me haga feliz y no se desvíe del camino. Si yo evoluciono, si las circunstancias evolucionan y si el entorno evoluciona, mi empresa necesita actualizarse con esas evoluciones e ir evolucionando a la par, o de lo contrario dejará de funcionar bien o dejará de hacerme feliz. Una de dos. Y ninguna de las dos opciones es atractiva para mí.

Durante un tiempo pensé que lo que tenía que hacer era ir aprendiendo cosas (de aquí y de allá) e irlas aplicando sobre la marcha, pero eso no me daba buenos resultados porque eran como pequeños parches que iba poniendo uno sobre otro. Mis cambios no respondían a una visión general, no estaban meditados desde mi propia perspectiva, ni veían mucho más allá del momento presente.

Al final me di cuenta de que lo que me funcionaba era en realidad lo más sencillo: solo tenía que hacerme preguntas. No tenía que aprender nada más, no tenía que seguir buscando más y más conocimiento y más y más consejos que venían de fuera, solo tenía que hacerme las preguntas adecuadas. Así sabría si todo estaba correcto y entendería dónde hacía falta mejorar o qué quería cambiar.

 

¿Cómo te suena la idea de “parar” y hacerte preguntas? ¿Te hace ilusión o te da repelús? ¿Te hace ilusión pero nunca lo haces? Aquí pasa algo. Veamos qué.

— El verdadero motivo por el que no queremos parar

Es muy fácil agarrarse al discurso social aceptado y decirnos a nosotras mismas que si no paramos es porque no tenemos tiempo, porque hay demasiado que hacer, porque no nos da la vida (e insertemos aquí el montón de cosas que aplican a nuestro caso en particular que nos colapsan y nos agotan). 

También es sencillo ponerse en modo salvadoras de la humanidad y justificar la carrera infinita con argumentos del tipo “si no lo hago yo no lo hará nadie” o “si paro esto se va al garete”. 

Resulta autoconvincente pensar que somos muy eficientes, muy sacrificadas, muy trabajadoras y resolutivas y que siempre hacemos malabares con el mundo y salimos airosas. Después de todo, la empresa sigue viva, las mascotas y los niños también (igual las plantas ya es otro cantar, o nuestra vida social, o la sexoafectiva, o los espacios de autocontacto…). Quedamos muy bien con nosotras y con el mundo cuando nos ponemos en ese papel. 

La realidad es que no queremos parar porque no sabemos parar. 

Porque el vacío que nos genera estar quietas más de dos minutos es como un monstruo terrorífico. 

No sabemos quiénes somos sin hacer nada. 

No sabemos hablar —bien— con nosotras mismas. 

Nos molesta nuestra propia presencia. 

Y la mente se agarra al “si paras todo se derrumbará a tu alrededor porque nadie sabe hacer nada bien y todos te necesitan y tus clientas te esperan y si no publicas en Instagram dos días se van a olvidar de ti porque eres absolutamente insignificante”, pero no te dice el “si paras te verás a ti misma y no te va a gustar lo que veas”.

Bum. 

Eso era.

— Respira tranquila: Revisar no es parar del todo.

No temas, hacerle preguntas a tu empresa no es lo que te imaginas que es, porque hacerle preguntas a tu empresa no deja de ser hacer algo. No te visualices en un retiro de silencio en lo alto de una montaña tú contigo misma sin ningún aparato electrónico ni un triste libro ni nada más que un poco de comida y agua. No es una travesía en el desierto. No es la noche oscura del alma. 

Sigue siendo algo productivo. Sigue siendo estar en marcha. Ni siquiera es estar contigo misma a solas porque, literalmente, estás con tu empresa. Las preguntas no son tanto para ti sino para ella.

Simplemente, debes responderlas tú. 


Y el miedo aquí es prácticamente el mismo, ¿no lo oyes? Dice, “si paras verás realmente a tu empresa y no te va a gustar lo que veas”. 

Porque mientras y tiramos millas, no tenemos la sensación de que todo está mal, no vemos los errores con detenimiento, no vemos los desajustes, los caminos equivocados, las posibles salidas, no recalibramos con calma. Tirar millas es tirar millas, y Revisar es algo completamente diferente. 

Hace falta un poquito de valor y ganas. Un poco de amor propio. Un deseo de habitar la realidad y no la fantasía. 

— La versión hipersimple: hazte esta pregunta infinitas veces

Si tuviera que hacer La Revisión a partir de una sola pregunta, apta para cualquiera y en prácticamente cualquier situación, elegiría esta: 

¿Para qué?


Cada vez que estuviera tratando de decidir cualquier cosa, lidiando con cualquier conflicto, peleándome con la dirección o el siguiente paso a dar, me preguntaría para qué lo estoy (o lo estamos, o lo están) haciendo. 

Y con la respuesta, si no es suficiente, volvería a preguntar para qué. 

¿Un ejemplo? Pongamos que me estoy planteando si dejo de usar Instagram para la empresa porque generar interacciones constantes está empezando a afectar a mi tranquilidad mental. 

— ¿Para qué dejaría de usar Instagram?
— Para sentirme mejor y dejar de estar pendiente de generar contenido y contestar a la gente y chequear los likes y demás. 
— ¿Para qué quiero dejar de estar pendiente de esas cosas?
— Porque siento que me juzgan y que no lo hago todo lo bien que debería.
— ¿Para qué me juzgarían?
— Para sentirse mejor ellas
— ¿Para qué tendrían que sentirse mejor?
— Para compensar su propio miedo.

Llegadas a este punto (o al que tú consideres adecuado) me cuestionaría si la compasión y la empatía que genera esa última respuesta es suficiente para poder seguir haciendo lo que hacía sin la incomodidad añadida. Si no fuera así, podría reformular la pregunta inicial, quizás dándole la vuelta. 

— ¿Para qué seguiría en Instagram?
— Porque me resulta divertido pensar en ciertas partes del contenido y me hace mucha ilusión interactuar con las clientas de forma inmediata y ver sus reacciones y su apoyo. 
— ¿Para qué quiero interactuar con ellas de este modo?
— Porque me hace sentir orgullosa de nuestro trabajo y me da mucha información para seguir haciendo las cosas mejor. 

En fin, podría seguir, pero podríamos ver las diferencias entre una formulación y la otra y en la progresión de las respuestas y los pedacitos de información real que nos van compartiendo. 

Este ejercicio está muy bien, pero aún tengo otro más. Con más miga pero diría que es incluso más sencillo de hacer, porque ni siquiera tienes que adaptar la pregunta como en este caso. 

¿Lo vemos juntas?

— Una solución rápida y algo más profunda: usa esta Tabla

No es una sola pregunta, sino 11 (6 bloques en realidad, algunos se componen de varias sub-preguntas), y sirve para poner luz en cualquier tema empresarial desde todos los ángulos posibles. 

De ese modo, resulta más sencillo tomar decisiones, cruzar impresiones, ajustar necesidades y saber que has tenido en cuenta todo lo necesario (especialmente a ti) en la ecuación. 

Un ejercicio más de respuesta espontánea y de síntesis que de pensar mucho.

En realidad, ya te aviso, es simplemente para que empieces a pillarle el gustito a hacerte preguntas y responderlas, porque algo tan sencillo tiene el poder de cambiarlo todo si le das la oportunidad de mostrarte cómo. 

La Tabla es un audio de menos de media hora (aunque cuando la hagas por tu cuenta una vez conozcas el sistema no te ocupará más de 10 minutos) y contiene una plantilla para usarla eternamente. ¿La pruebas?

— La solución para siempre: aplica La Revisión

 

Después de recibir La Tabla, si te apetece, podrás echar un vistazo a La Revisión y valorar la opción de darte un tiempo para parar y hacerte esas 196 preguntas.

Nada complejo, nada efectista, ningún secreto sorprendente: solo un método sorprendentemente simple y efectivo.

Porque en realidad no hace falta conocer todas las respuestas, sino que es más importante hacerte las preguntas adecuadas.

No más seguir aprendiendo cosas sin ton ni son, no más quedarse atrapada en detalles que no sirven para nada, no más mantenerse escuchando consejos que no fueron hechos para ti o para tu proyecto específicamente: tú puedes pensar por ti misma, y pensando por ti misma encontrarás tu camino.

La Revisión te lo pone fácil, porque lo que más cuesta de pensar sola es saber en qué pensar exactamente. Deja que el método sea tu Sócrates particular. Conviértete en tu propia gurú de una vez por todas. 

Un abrazo,

preguntas a tu empresa

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