Me llamo Deb.

En 2012 empecé Oye Deb, donde creo formación online para personas despiertas que quieren ser más ricas por dentro y por fuera sin seguir instrucciones de nadie. ¿Te gustaría ser tu propia gurú?

¿Puedo querer tener éxito sin que me odies por ello?

Hace un poco más de un mes, me encontraba preparando una charla a la que habían titulado “Caso de éxito: Deborah Marín y sus empresas”, y la verdad, no sabía qué tenía que contar a las personas que asistieran.

Me encontré dando vueltas y pegada como un chicle a la palabra éxito. Se suponía que yo era un caso de éxito. ¿Lo era?

Éxito, qué palabra más difícil y controvertida. Me hizo pensar en tan solo un par de días atrás, cuando tuve una conversación con mi futuro esposo (por no decir discusión, en realidad en casa todo se hace con mucha vehemencia), en la que él sostenía que no debía usar demasiado la palabra éxito —en mis artículos, en las entrevistas, en el día a día— porque era un término manchado, sucio, que pone en guardia a mucha gente y desagrada a mucha otra, entre otras cosas porque siempre lleva pegada a la espalda la idea de fracaso. Es decir, que si intentas llegar al éxito y no lo consigues, eres un fracaso. O un fracasado, que suena aún peor si cabe. Nadie quiere serlo.

Pero bueno, qué importancia tendrá eso, le dije, es como decir que no te gusta la luz porque lleva implícita la idea de oscuridad, o que no te gusta la felicidad porque lleva implícita la idea de tristeza. Eso es la vida, ¿no? Se basa en contrastes y oposiciones, no hay yin sin yan, no hay día sin noche, y todo es bueno y necesario y hay que aceptarlo como tal.

“Sí”, me dijo él, “la cuestión es que cuando alguien piensa en el éxito, al contrario que tú, está pensando en cosas negativas. Es así como popularmente se entiende, verás que a nadie le gusta proclamar que busca el éxito. Es como ser ambicioso: no está bien visto”.

A mí, curiosamente, estas dos palabras, éxito y ambición, me resultan muy cómodas, muy vivas, alegres incluso, luminosas, llenas a petar de posibilidades. Me hacen sentir ilusión.

Me acordé del verano pasado, cuando entrevisté a trece emprendedoras que a mi entender han tenido éxito —podéis verlas todas en DebTV aún queda mucho por emitir—. Son mujeres populares, pueden trabajar cada día en lo que desean, sus negocios funcionan y parece que se sienten felices con sus circunstancias. Por eso las elegí, también. Son ejemplos para mí que creo que pueden ser ejemplos para todas.

A cada una de ellas les hice la misma pregunta: ¿cuál es la fórmula del éxito? Extrañamente, todas respondían con mucho cuidado, como yendo con pies de plomo. No querían dar a entender que ellas se creían exitosas, mucho menos que eran ambiciosas, mucho menos que querían conseguir más de lo que ya tenían.

A mí me sorprendía muchísimo.

Y me generó muchísimas preguntas más:

¿De dónde venía esto?

¿Podía ser que fuera un mecanismo de evitar la autopresión, es decir, algo como “no voy a ponerme metas más altas para no pegarme un piñazo y no vivir agobiada”?

¿O simplemente tenían miedo por lo que podía pensar la gente de ellas, por esta visión de que la ambición no era algo bonito de tener?

¿Sería que realmente estaban en un punto en el que no necesitaban nada más y se sentían absolutamente plenas y creían que pedir más sería demasiado pedir?

Y luego, ¿sucedería lo mismo si les hubiera hecho las entrevistas a hombres?

Yo seguía defendiendo —volvemos a la discusión marital— que todo el mundo busca el éxito igual que todo el mundo busca la felicidad. Para mí son prácticamente sinónimos. La cuestión, me decía Arieh, es que hay una versión “oficial” de lo que significa éxito, que se ha forjado a base de prejuicios y perjuicios y que no tiene que ver con la felicidad sino con el mero hecho de acumular famas y riquezas a toda costa y luego, al lado, estaba mi versión. Por eso me decía que no podía usar la palabra éxito tan alegremente sin explicar primero a qué me refiero (cosa que me molesta mogollón, tener que aclarar todo el tiempo a qué me refiero para que la gente no presuponga en mi discurso cosas que no son).

Si vamos a lo oficial, que no es que me guste, pero en este caso lo veo necesario para dilucidar el “mal” implícito en la palabra éxito –al menos en nuestro querido castellano–, éxito según la R.A.E. significa varias cosas:

1 /  Resultado feliz de un negocio, actuación, etc.

2 /  Buena aceptación que tiene alguien o algo.

3 /  Fin o terminación de un negocio o asunto.

Yo no le veo nada negativo, más bien lo contrario (¡resultado feliz!, ¿quién no quiere resultados felices?), así que con un simple vistazo al diccionario descubrimos que lo negativo está en nuestra mente colectiva. Maldita mente colectiva, ¡cuántas tontadas nos hace tragar!

Éxito según yo tiene que ver con hacer lo que quiero en cada momento, tiene que ver con alcanzar la libertad total —o la más cercana a la total que pueda conseguir—. Quiero libertad económica, libertad profesional, libertad creativa, libertad mental.

Y para poder hacer lo que quiero, evidentemente, tienen que conseguirse previamente ciertas cosas, ciertos privilegios. Y yo trabajo —mucho, vale la pena decir— para conseguir esas cosas. Esas cosas no son solo ceros en la cuenta (que también, el dinero compra tiempo y libertad, las dos cosas que más aprecio). Esas cosas que quiero conseguir se basan en la idea de conexión: conexión con los demás, conexión conmigo misma y conexión con la naturaleza. Eso mide el éxito en mi vida e intento conseguirlo a través de mi trabajo.

Ser exitosa no tiene que ver con los fans que tengo en una red social ni las veces que la gente lee un post mío ni con las apariciones en prensa ni por supuesto con la visión que tienen las otras personas de mi situación (que dios me libre, cada uno se imagina lo que le da la gana y probablemente nunca se acerque a la realidad de quién soy ni lo que siento, tengo o padezco). Ya os comenté hace un par de semanas, en el artículo sobre la autenticidad, la frase que tengo pegada de frente todo el día: “fans are vanity, sales are sanity”. No se trata de vanidad, se trata de resultados.

¿Por qué debería darme vergüenza decir en voz alta que quiero ganar más dinero y que quiero conseguir más cosas? ¿Sería vanidoso? Si lo hago de forma honesta, transparente, y aportando a las personas cosas que desean y que me he trabajado con esfuerzo y empeño, ¿no tengo derecho a que mi trabajo tenga recompensa?

¿Estaría mejor vista si en lugar de euros ganase garbancitos o si me hubiera montado una oenegé o si simplemente lo hiciese sin esperar nada a cambio? ¿Qué trabajador va a su trabajo ocho horas cada día a cambio de garbancitos? ¿Qué trabajador no sueña con que le suban el sueldo, con que su trabajo tenga más significado y más alcance, con que le den un cargo mejor? ¿Quién no aspira a hacer el bien y dejar algo de huella cuando se vaya?

A ver por qué las empresarias no vamos a querer subir cada día un peldaño más y no vamos a poder decirlo con la cabeza bien alta.

Una cosa sería querer conseguir todo eso sin esfuerzo y siendo una trepa o aprovechándote de algo o alguien, pero cuando estás poniendo todas tus horas y todo tu empeño y encima lo haces sin causar mal a nada ni a nadie (más bien al contrario), ya me dirá alguien qué problema hay.

La semana pasada os hablé de mi lema, el famoso “haz lo que quieras”. Igual que entonces, la definición es muy sencilla: éxito es lo que tú quieras que sea. Así que borremos de una vez por todas esas connotaciones desagradables, dejemos que los que alcancen un éxito sucio y manchado sean otros, y empecemos a usar más y mejor la palabra éxito para lograr que poco a poco se convierta en ejemplo de hacer las cosas bien y desde dentro. Olvidemos la desconfianza que genera la visión del triunfo ajeno y centrémonos, simplemente, en disfrutar cada victoria nuestra. Los ojos, siempre, hacia dentro.

Quiero que tengas éxito pero también quiero que tengas fracaso. Quiero que tengas momentos felices y también que tengas tristezas. Quiero que tengas, simplemente, una vida repleta de emociones y sabores. Me gustaría que además tu trabajo y tu día a día lograsen dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontraste, creo que es una aspiración bonita y además necesaria. Aportar llena, aportar te hace sentir que estás haciendo las cosas bien, que estás triunfando, que eres efectivamente exitosa.

Quiero dejarte unas preguntas para reflexionar y si quieres y te atreves, para compartir en los comentarios.

1 / ¿Qué es el éxito para ti?

2 / ¿Qué estás haciendo o qué piensas hacer para dejar tu huella positiva en el mundo?

3 / ¿Sientes o has sentido alguna vez cierta vergüenza o reparo a la hora de reconocer ante los demás que deseabas más y mejor?

Te espero, tanto yo como los miles de lectores en el espacio para los comentarios. ¿Es vanidoso decir que somos ya más de diez mil suscritos a la lista de correo o es simplemente decir lo que es? ¿Sería menos vanidoso si dijese que somos veinte o mucho más vanidoso si fueran doscientos mil? ¿Es el simple hecho de constatar lo que es con honestidad lo que molesta a algunas personas? Porque si es así, POR FAVOR, ¡¡¡¡seamos más honestas sin dudarlo, que este sea todo el mal que hagamos!!!! : )

Un abrazo,

tener éxito

 

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