¿Se irá alguna vez esta culpabilidad?

El sentimiento de culpa es otra de las cosas (¡y sí, son muchas!) que me perturba de vez en cuando. O igual no es de vez en cuando, igual está siempre por debajo, así en plan silencioso, pero atacando de repente como si viniera de la nada. Claro que no viene de la nada, sino que me preocupo de alimentarla con mis dudas e inseguridades.

No sé, igual me viene de la cosa católica, de cuando iba a misa —por distraerme algunos domingos— con la familia de una amiga y me causaba tanto impacto ver a todos murmurando aquello que hacía tipo “yo confieso ante Dios que he pecado de palabra, pensamiento, obra y omisión, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…” mientras se daban golpecitos en el pecho. Siempre me daba miedo pensar qué clase de terribles errores habrían cometido y acabé llegando a la conclusión de que muchos no sabían ni por qué andaban pidiendo perdón.

Claro que no son solo los “nuestros”, la mayoría de religiones te incitan a pedir perdón si no sigues sus reglas porque si no algo terrible te sucederá en esta vida o en la siguiente y no serás digno del amor de tu dios.

Pues al final es lo mismo, al cabo de los años me encuentro en ocasiones torturándome por cosas que hago o dejo de hacer laboralmente hablando. El caso es siempre vivir con incomodidad con lo que tengo. No sé si es una patología propia o una epidemia. Ya me contáis luego en los comentarios…

 

En estos años antes de Oye Deb en que estuve haciendo una vida un poco “disipada” (laboralmente hablando, repito) he sentido más culpa que en toda mi vida anterior junta. Aun cuando creía que estaba en el buen camino, aunque quizás no estaba demasiado segura de lo que estaba haciendo pero tenía la certeza de que en algún momento iba a darme fruto, la culpa me reconcomía.

Ahora que las cosas me funcionan, que estoy contenta con lo que hago, que las dudas sobre si este es mi camino pasaron a mejor vida, la culpa vuelve a aparecer con nuevas formas. O digamos que es el mismo perro con otro disfraz.

¿Se irá alguna vez o es como la energía, que ni se crea ni se destruye y solamente se transforma? Ni idea. Pero como ya sabemos, mi forma de superar las cosas es escribiéndolo y compartiéndolo así que aquí voy con la confesión de culpa y sus múltiples variantes, tanto del pasado como del presente.

 

Culpable de estar ganando menos dinero (antes) o más dinero (ahora) que los que tienes alrededor

Probablemente el dinero sea una de las cosas que más culpabilidad genera, ya sea por escasez o por exceso.

Sobra decir que en ese impás en que dejé de trabajar por cuenta ajena y empecé Oye Deb me costó mucho alargar mis ahorros para ir tirando y ganar, lo que se dice ganar, gané poquito dinero. Nada comparable al sueldo fijo que tenía en mi último trabajo. El hecho de no ganar dinero me hacía sentir terriblemente culpable. Me preguntaba cómo podía ser que con todo lo lista que se suponía que era no hubiera encontrado aún una solución a mis inquietudes laborales. Me sentía como un fraude.

Al revés, cuando te van bien las cosas, y de repente todo da la vuelta y empiezas a ingresar dinero cada mes hasta el punto en que ganas más que nunca también sale la culpa. Te sientes culpable al pensar si realmente te lo mereces, si es solo una cuestión de suerte, si no es injusto que tú ganes esto cuando otros tantos ganan tan poco, si has trabajado tantísimo o si es que de repente las cosas te vienen fáciles y es un golpe de suerte.

 

Culpable de avanzar muy despacio y no tener claro nada de mi existencia (antes) y culpable de tener éxito y ser ambiciosa (ahora)

Antes estaba muy enfadada conmigo misma por ir tan absolutamente lenta, por andar probando tantas cosas, por no encontrarme, por conocerme tan poco. Me sentía como en esos sueños en los que intentas correr muy rápido y vas como una tortuga a cámara lenta y todo es absolutamente frustrante.De hecho, soñaba muchas veces con cosas así, de llegar tarde y no ser capaz de correr, en que los músculos no te responden y todo avanza muy despacio y no hay manera de moverse. Así me sentía en la vida real también. Hiperenfadada, hiperfrustrada, hiperculpable.

Ahora siento que está mal que las cosas me vayan bien y aún así yo quiera avanzar más y también más rápido. Porque hay un estigma con las personas ambiciosas, especialmente con las mujeres ambiciosas, y yo no me libro de padecerlo pese a ser a la vez una de ellas. No ya solo por el dinero, como decía en el apartado anterior, sino por el éxito, que en mi caso consiste en alcanzar ciertas cosas a las que todavía no he llegado, por tanto, aún me queda camino por andar. ¿Y está mal estar agradecidísima con lo que tengo pero querer conseguir lo que deseo? Claramente no, pero igual me siento culpable por pretender tener más.

Si quieres leer más sobre el estigma del éxito puedes ir a este otro artículo :)

 

Culpable (antes y ahora) de no estar a la altura de las expectativas posadas sobre mí

Antes pensaba que los demás pensaban que estaba echando a perder mi vida y mis capacidades yendo a la deriva. Ahora pienso que los demás piensan que no lo estoy haciendo tan bien como debería y que quién soy yo para haber llegado al punto donde estoy.

La verdad es que los demás no piensan nada de esto, quizás algunos podría ser, pero desde luego no los que importan. Esas frases que una atribuye a los demás (a ese “los demás” tan genérico que abarca a toda la humanidad y que no tiene un solo rostro concreto) son simplemente lo que una piensa de una misma cuando se siente aterrorizada. Son las que reflejan tus puntos débiles, aquellas cosas que te da miedo que queden expuestas.

Somos supervulnerables ante la opinión ajena y estamos todo el tiempo valorando lo que hacemos en función de lo que eso dirá de nosotros y el mensaje que estamos haciendo llegar al mundo, sí. Pero lo de las expectativas de los demás es una trampa autoimpuesta. Son tus propias expectativas sobre ti misma las que te asustan. No estar a la altura de lo que tú esperas de ti misma es el terror máximo.

 

Culpable (antes y ahora) de tener más tiempo libre que los demás

Dicho así puede parecer una tontería suprema, pero cuando la gente de tu alrededor tiene los días completamente montados en horarios y cumplen con sus cuarenta horas de trabajo semanales y solo tienen vacaciones en agosto y los puentes marcados, llevar un horario completamente anárquico y elegir cómo distribuyes tu tiempo todo el año puede acabar pareciéndote algo por lo que tienes que pedir perdón o decirlo bajito para que nadie se ofenda.

Cuando saben que aún no te van bien las cosas y que estás arrancando, o probando proyectos distintos, parece que se sienten mal ellos por ti, como si tu vida fuera un caos y dieras mucha pena, y además se permiten darte consejos que suelen implicar algo que se formula de formas muy distintas pero suele encerrar –más o menos enmascarado– un “¿por qué no buscas un trabajo normal?”, como si eso les fuese a ayudar a sentirse menos incómodos en tu presencia.

Pero, ojo, cuando te va estupendamente (después de años de sudar la gota gorda y de esforzarte y mover el culo), todo es decirte “qué suerte, qué envidia, ya me gustaría a mí vivir como tú”, como si te pasaras el día tomando mojitos al sol. Cosa que no haces, claro, pero de hacerlo —que podrías— lo harías en horas en que ellos están bajo la luz del fluorescente atados al escritorio. Y parece que tengas que agachar la cabeza por haberte arriesgado y tomado decisiones para vivir como quieres vivir, lo que se traduce en una soterrada culpa. Culpa siempre.

 

Igual el caso es siempre buscarle la tuerca para no acabar de sentirte feliz con lo que tienes. No sé, quizás es parte de mi carácter buscar el fallo o querer tener algo por lo que preocuparme.

¿Soy la única loca aquí o tú también sientes algún tipo de culpabilidad respecto a lo que haces o dejas de hacer laboralmente hablando?

Un abrazo,

culpabilidad

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