¿Te has permitido alguna vez ser improductiva?

La inmensa mayoría de las que trabajamos por cuenta propia hemos escapado de la vida corporativa para vivir mejor y sentirnos más libres. Lo que suele pasar es que acabamos trabajando hasta el doble de horas de lo que trabajábamos en nuestros antiguos empleos por cuenta ajena. Esto es un hecho irrefutable. Es así. Somos kamikazes. Tenemos mucha presión y la presión no cae sobre el nombre de una empresa sino sobre nuestro nombre, las facturas no caen sobre la cuenta de una empresa sino sobre nuestra cuenta, y el prestigio no cae sobre la imagen de nuestra marca sino sobre nuestra imagen.

Así que nos salen llagas en el culo de estar pegadas a la silla siempre tratando de hacerlo todo perfecto, esforzarnos mucho, destacar, hacerlo bien. Le echamos muchas horas, nadie sabe cuántas, ni nosotras mismas. Incluso cuando no estamos en la silla estamos trabajando, porque el cerebro no para quieto. Y no se dedica a pensar en unicornios o gatitos de ojos grandes ni en Ryan Gosling sin camiseta comiendo un helado, no. Él, por su cuenta, sigue pensando en todo lo que tenemos que hacer, todo lo que podríamos hacer, todo lo que deberíamos hacer para seguir teniendo una empresa relevante. Para seguir, nosotras mismas, siendo relevantes.

 

Para que nada se desmorone como un castillo de naipes si nos relajamos durante un ratito, si dormimos hasta tarde, si nos vamos a tomar cañas, si nos tomamos unas vacaciones.

Pero cuando lo hacemos, cuando paramos, lo hacemos obligadas. Nos argumentamos cosas como “si no paro voy a tener un ataque de ansiedad”. O cosas como “ya he tenido siete ataques de ansiedad, creo que podría, quizás un día, irme a pasear al monte, pero no sé, quizás el mes que viene porque ahora tengo demasiado trabajo”. No paramos hasta que no nos obligamos a parar. O nos obligan. O nuestro cuerpo nos obliga. Nos ponemos enfermas porque es la única forma de que nuestro cuerpo reciba cierto nivel de descanso. Y aún así, nos enchufamos podcasts en las orejas mientras reposamos nuestra enfermedad o pedimos que nos traigan un bendito portátil a la cama, que total, teclear puedo. Y llamar por teléfono también. Puedo hacer lo mismo enferma o no.

Y cuando desaprovechamos un día, por la razón que sea, y no alcanzamos a hacer todo lo que teníamos previsto, o estamos desconcentradas y vamos más lentas nos parece que hemos tirado nuestro tiempo a la basura. Nos sentimos fatal y nos castigamos con frases feas y palabras feas y sentimientos feos.

 

Nos han dicho que ser inactiva está mal. Que ser improductiva está mal. Que ser vaga está mal. Que ser lenta está mal. Que perder el tiempo está mal. No fue una sola persona apuntándonos con el dedo (aunque quizás también), no fue solo nuestra madre cuando salíamos de fiesta y queríamos dormir hasta las tantas al día siguiente, o nuestro padre cuando no aparecía de trabajar hasta las diez de la noche habiéndose ido de casa a las seis de la mañana, o no fue solo nuestra maestra cuando no nos esforzábamos lo suficiente en los exámenes. Fue la sociedad entera. Las conversaciones de todo el mundo en cualquier lugar. Nuestros amigos. Todos los parientes. Los curas. Los presentadores de la televisión. Los que nos dan los créditos. Los presidentes. Del gobierno, de la asociación de vecinos, del equipo de fútbol, da igual.

Es lo que se dice en todas partes sobre los que se matan trabajando y lo que se dice en todas partes sobre los que viven la vida. Es un vivalavida, es un vividor, es un bonvivant. Es lo que se dice sobre los que sudan sangre y lágrimas para llegar arriba y vencen cien mil obstáculos, lo que se dice sobre los que empezaron sin nada y lo consiguieron todo. Los héroes de origen humilde que nos hacen creer que el esfuerzo es lo único que cuenta. Los deportistas de élite. Las madres que crían y trabajan y ganan mucho dinero y son bellas y llegan a todo. Los que se sacrifican. Los que van a por sus ambiciones como flechas en llamas.

A esos los admiramos, a los vivalavida los despreciamos. A los que se preocupan los compadecemos, a los que se despreocupan los criticamos. A los infelices los llamamos víctimas, a los felices los llamamos tontos. A los que planifican hasta su jubilación los consideramos listos, a los que no piensan en nada más que en el presente, locos.

 

Cómo vamos a enfrentarnos a lo que nos dice toda la sociedad en masa. Cómo vamos a ser nosotras las personas a las que critiquen por ser vagas, improductivas, ineficaces, lentas o tontas. Cómo vamos a ser las que no han conseguido nada relevante, las que no hacen más que ocupar espacio en el mundo y robar el aire a los eficientes. No, hombre, no. Si entras en la competición más te vale llegar la primera.

Y así, viviendo hacia fuera, destruimos todo lo que tenemos dentro. Los “otros” pasan a ser los importantes. Vivimos para agradar. O al menos, para no desagradar. Vivimos para encajar. Y nuestros negocios viven para destacar. Para brillar. Para ser admirados. Para ir a las fiestas y decir con orgullo lo que hacemos y lo bien que nos funciona. Para publicar en las redes todos los éxitos y cosechar comentarios de felicitación.

 

Yo me pregunto, cada vez más a menudo, ¿y si midiese mi éxito por el número de días que me puedo pasar sin trabajar, en lugar de por el número de días que me paso trabajando?

¿Y si pudiéramos dejar de animar a las personas que solo viven para trabajar y las animásemos a simplemente aspirar a trabajar para vivir? ¿Y si además nos animásemos a nosotras mismas a hacerlo?

¿Y si olvidásemos a los demás y tratásemos de trabajar sin ser hiperproductivas, sin ser perfectas, sin ser nada más allá de lo que somos?

Porque cuando paras, qué diferencia. Cuánto espacio se abre alrededor. Qué distinto se ve todo desde la inactividad. Cuantas grietas que se rompen para dejar entrar la luz. Si aguantas tu propia compañía el tiempo suficiente, poco a poco, vas reconstruyéndote.

Y en la reconstrucción, esta otra idea va tomando forma, aunque tienes que seguir luchando fuerte por sostenerla porque significa ir en contra de todo lo aprendido, de todos los que están cerca, de todo lo que tienes que mantener en tu vida, de cualquier norma de la clase de Productividad 101 Para la Mujer Perfecta.

La nueva idea acaba resultando algo así:

¿Podríamos considerar vivir algo improductivo?

Un abrazo,

improductiva

P.D.: Puedes compartir lo que escribo y tus pensamientos sobre el complejo mundo de la productividad y la improductividad con quien quieras y en la red social que prefieras —me haces un favor, la verdad—. Todo tuyo.

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