Cosas innecesarias: hacerlo todo bien y compararte

Para que nada te detenga en la consecución de tus sueños, después de las excusas, desde mi punto de vista, creo que viene otra cosa bastante importante. Se llama actitud. Las excusas eran aquello que teníamos que superar, vencer, dejar atrás. La actitud es el territorio que tenemos que conquistar. Esta serie se llama “Las ocho cosas que ojalá me hubieran enseñado en el colegio”.

La he llamado así porque creo muy seriamente que de pequeños nos enseñan muchas tontadas pero pocas cosas importantes, sobre todo en términos de actitud ante la vida y superación personal. He elegido estas ocho porque, obviamente, son las que creo que me tenían que haber enseñado A MÍ en el colegio (o mis padres, para el caso, da igual). Probablemente encontrarás más, así que te animo a dejarlas en los comentarios y compartirlas con las demás.

Hoy veremos las dos primeras, que están súper en línea con la serie de excusas para no emprender. Yo habría pagado muchos petrodólares a cambio de que alguien le dijera a la pequeña yo: “Oye, Deb, no tienes que ser la mejor en todo”, y “Oye, Deb, no tienes que compararte con nadie”.

 

Habría molado MUCHO que alguien me dijera: ¿Sabes qué, pequeña Deb? Está bien equivocarte. El fracaso no es dramático. No tienes que hacerlo todo bien. No tienes que ser perfecta. Te querremos igual si haces las cosas mal. Todo el mundo te querrá igual.

Estas frases, enseñadas a tiempo, me hubieran ahorrado mucho sufrimiento y mucha inseguridad y muchas dudas. Aunque aún me resulta difícil aplicarlas, ahora que al menos soy consciente de su poder puedo analizar mis reacciones con más distancia y ver cómo mi vida ha mejorado de forma sustancial desde que las he hecho más mías.

En mi adolescencia escuchaba Alanis Morisette, que me parecía (pobre de mí) muy inteligente y subversiva y directa. Y había una canción en la que no he vuelto a pensar hasta el día de hoy en que estoy escribiendo esto, que decía (lo he tenido que buscar porque aunque soy una enciclopedia de letras de canciones no quería cagarla):

Don’t forget to win first place
Don’t forget to keep that smile on your face
We’ll love you just the way you are if you’re perfect

Y no es que mis padres hicieran especial presión, o puede que la hicieran y que mi memoria la haya borrado por algún motivo. El caso es que me hubiera venido bien que alguien me dijera que no tenía que ser perfecta hace unos cuantos años, porque el peso de la aparente perfección me ha dado mucho por culo durante largos decenios y variopintas situaciones.

 

Y por otro lado, dejando lo personal e íntimo, esto también me hubiera venido perfecto aplicado a los negocios o a todos los trabajos que he tenido. Hace un tiempo (no tan lejano) tenía doscientas buenas ideas para montar cosas y cuando llegaba el punto final, la hora de la verdad, no quería ponerlas en práctica (bajo capas de aburrimiento u otras “excusas”, como ya hemos visto, se esconde un gran miedo al fracaso). Yo pensaba: “si nunca monto nada en serio, nunca fracasaré en serio”. Así que no ponía mucha intención en nada de lo que hacía, como si solo fueran pasatiempos, para evitar que llegase el momento en que, pese a todos mis esfuerzos, no saliera bien. Así podría decir: “no, es que claro, es normal que no haya salido bien, si no he hecho nada, si no le he puesto atención”.

Es tan absurdo cuando lo miras así en frío que me da hasta vergüenza, pero es lo que es. Y lo peor es que dentro de mí no creo que vaya a fracasar para nada, prácticamente nada de lo que he hecho me ha salido mal, así que no tendría por qué ser diferente. Pero oye, me cago igual. Puro miedo.

Y si lo peor que podría pasarme es que la gente viera que me he equivocado, pues tampoco es una cosa tan grave, vamos, todo el mundo se equivoca o tiene mala suerte o simplemente fracasa en algo. Lincoln superó nada más y nada menos que cuarenta y nueve fracasos electorales hasta conseguir ser presidente. Supongo que si alguien me hubiera dicho desde el minuto uno que tenía derecho a hacer las cosas mal otro gallo me hubiera cantado.

“Hace falta ser muy valiente para permitirte hacer las cosas sin que te importe cual sea el resultado final.  Si salen bien sabes que estará bien, y si salen mal sabes que estará bien también.”

 

La otra tortura china a la que me he autosometido mil veces es el terror comparativo. Ojalá me hubieran dicho: “Cari, no hace falta que te compares con nadie. No tienes que estar siempre compitiendo. La vida no es una carrera. Nadie te está juzgando”.

Cuando eres niña andas todo el día viendo si lo que tienes tú es mejor –o al menos igual– que lo que tienen los demás. Necesitas hacerlo todo bien para que padres y maestros te feliciten por ello. Si felicitan al de al lado, te mueres de la pena. Cuando eres adolescente, la cosa se complica. Necesitas tener más amigos que nadie, ser más guapo que nadie, el más enrollado del cole, el más todo. Los que te superan en cosas te dan rabia. Tus propios amigos te dan rabia por tener o hacer cosas que tú querrías tener o hacer. Vives todo el tiempo en una comparación gigante y tremebunda que te hace sentir pequeño y ridículo. Y nadie te dice que aprendas a dejar de mirar a otros lados y te mires a ti como si fueras el único habitante del planeta. Nadie te enseña a distinguir lo que quieres de lo que no quieres, a separar los deseos de los caprichos, a buscar en tu interior las cosas que más importan para ti y actuar en consecuencia. No te enseñan a quererte tal y como eres, a verte perfectamente aunque alguien diga lo contrario, no te enseñan a disipar las dudas y la inseguridad.

 

A mí todavía ahora esto me afecta a nivel laboral. La creatividad ajena, en épocas de bloqueo, me bloquea aún más. Nunca creo que mis cosas sean lo suficientemente buenas solo por el hecho de que me salen con facilidad y me comparo con otras personas que trabajan muchísimo para conseguir resultados parecidos. Me siento mal cuando veo gente con vocación que luchan con claridad por unos objetivos y yo aún no sé si soy diseñadora o blogger o fotógrafa o organizadora de eventos, o profe, o consejera para emprendedoras o pilota de aviones. ¿Pero y qué? Yo sigo mi camino, que no es ni mejor ni peor que el de los demás. Es el mío, y punto. Está bien. No tengo que mirar alrededor para afirmarme.

No tengo que mirar a Garance Doré (ejemplo absurdo, no quiero ser como ella en realidad, no need to freak out) para sentirme mal porque nunca llegaré a ser como ella, porque está claro que no llegaré a ser como ella, pero llegaré a ser otra cosa que quizás no esté mal tampoco. La comparación nunca es ni positiva ni realista.

Pero claro, llegar a este punto de autoconciencia es una fucking odisea.

 

Si algo he descubierto a lo largo de estos años de búsqueda es que no hace falta ser nadie más que tú para que a la gente le intereses. Que cuando te abres y te muestras sin complejos todo el mundo te aprecia más. Que cuando haces lo que te dice el corazón es difícil equivocarse, pero nos equivocamos porque no tenemos la atención puesta en nosotros y en lo que somos. En quiénes somos y qué queremos. Hay demasiadas cosas rondando a la vez y no nos vemos. No nos conocemos. Así que lo fácil es mirar a los demás y desear tener ese negocio tan bien montado, esa pareja tan aparentemente perfecta, esa vida ideal. Y no saber que si no tenemos una vida ideal es porque principalmente no sabemos lo que queremos al no dejarnos ser nosotras mismas. Y porque no nos hemos parado a pensar qué significa para nosotras una vida ideal, qué ingredientes tiene esa vida ideal. Seguramente no queremos nada de lo que tienen los demás. Hay una fórmula perfecta para cada una de nosotras, pero tenemos que encontrarla, y eso cuesta un poco, y esforzarse da pereza. Así que otra vez miramos alrededor y nos llenamos de Pinterest y bonitismo como si eso fuera el remedio para todos los males y lo que conseguimos es que cada vez lo nuestro nos de más asco. Una rueda eteeeeerna.

“Estás destinada a algo único, por lo tanto, da exactamente igual lo que hagan los demás porque nunca llegarán al mismo sitio que tú.”

 


Ya sabes lo que pienso, nunca es tarde para aprender o re-aprender y sobre todo nunca es tarde para cambiar de actitud. Tu empresa y tú seréis las principales beneficiadas.

Si te has encontrado atrapada en estas actitudes y hubieras deseado que alguien te las aclarase de pequeña, súmate a los comentarios. Cuéntame, ¿soy la única que ha querido ser hiperperfecta y la única que ha estado mirando alrededor absolutamente desquiciada como la niña del Exorcista versión cuqui?

Un abrazo,

hacerlo todo bien

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