Abril en Oye Deb: Sobre la perfección, la imperfección, la mediocridad y la vida que pasa entremedio

Cuando volví de mi ruta en solitario por Islandia solo me traje dos cosas de más. Una, una sudadera (no un jersey de lana, una sudadera de las que puedes comprar en cualquier parte, solo que esta no la podía comprar en cualquier parte porque era una muestra de una marca de skate que por casualidad había llegado a manos del señor de la tienda islandesa), otra, un par de postales con la fotografía en primer plano, cual retrato señorial, una de frente y la otra de perfil, de sendas ovejas islandesas, jovencitas, corderitos en realidad, uno negro y otro blanco.

No tengo costumbre de comprarme cosas cuando voy a sitios, mucho menos postales, pero esas postales me robaron el corazón. No solo porque había estado viendo ovejas a tutiplén durante mi viaje, corriendo incluso el riesgo de atropellar a más de una, sino porque me pareció que representaban algo muy poderoso. El blanco y el negro. La luz y la oscuridad. Aquello que está bien y aquello que está mal. Sin que esté realmente ni bien ni mal, porque, y eso fue lo que me hicieron pensar, ¿por qué una de esas ovejas, bellísimas las dos, tenía que estar mal? ¿Por qué simbolizaban dos polos opuestos, cuando ambas eran, en sí mismas, perfectas e imperfectas a la vez?

Desde entonces las puse en el espejo de nuestro dormitorio, para recordarme, cada vez que las miro —cada vez que me miro—, que nada está ni bien ni mal, que yo soy yo con mis luces y mis sombras, con mis alegrías y mis penas, con mis contradicciones y mis carencias y mis miedos y mis dones y talentos.

 

Si quieres ver la foto de mi espejo con las postales, la he publicado en mi cuenta de Instagram, que es donde comparto imágenes de mi día a día (hay mucho campo y muchos animales, pero es que es lo que ocupa mi vida en realidad, para qué mentir). La pongo también aquí ya que hoy estamos de multimedia.

la perfección, la imperfección y la mediocridad

Los últimos tiempos este de la perfección se ha convertido en uno de los temas que más me repito, por eso he dedicado todo el mes de abril a hablar de ello de diferentes formas. Primero, en el artículo que elogiaba la mediocridad, luego en el que hablaba de las teorías de Carol Dweck sobre los dos tipos de perfeccionistas. También en el artículo en el que explicaba mis métodos para vencer a la hiperperfección y seguir adelante, moviéndome sin ser presa del pánico y de la exigencia paralizadora. Y hoy he querido recuperar un formato que abandoné hace un tiempo, el de la newsletter de final de mes, porque creo que tengo tantas cosas que compartir sobre el asunto – y no quiero que ocupe meses y meses de Oye Deb– que casi prefiero ir dejando las miguitas aquí todas juntas y que quien tenga hambre se las pueda comer todas de golpe y quien no pues las ignore, también de una vez.

He pensado que sería interesante empezar recomendando una peli que me gustó bastante y que creo que toca este tema de la exploración del lado oscuro y del coste de la sobreexigencia y la búsqueda de la perfección, encarnado en una bailarina profesional que tiene que interpretar los dos personajes de “El lago de los cisnes”.

En Cisne Negro (Darren Aronofsky, 2012) Natalie Portman es una buena niña que ha obedecido siempre todas las reglas y se ha comportado como debía, y por eso es ideal para interpretar al cisne blanco pero a la vez no es capaz de bordar su actuación como cisne negro. En el proceso demasiado exigente de encontrarse con esa otra ella que ha vivido reprimida en la oscuridad, bordea la psicosis, y acaba consiguiendo su objetivo: lograr una interpretación magistral, eso sí, perdiendo mucho más por el camino. No hay película —que yo recuerde— que trate mejor el tema. Muy a lo exagerado, poético e inquietante, obviamente, pero no por ello menos realista.

 

 

Y es que simbólicamente siempre se ha tratado a las bailarinas como el referente de la perfección, la disciplina y la autoexigencia. También a las gimnastas y otras deportistas, que desde pequeñas se entregan a caminos que requieren de mucho esfuerzo para destacar. En mi wishlist para el mes que viene (que una no puede comprarse diez libros cada mes así que hay que ir dosificando) está el libro de título maravilloso “La pequeña comunista que no sonreía nunca”, de Lola Lafon, donde habla de Nadia Comaneci desde lo que a mí me parece una aproximación a la gimnasta como símbolo. A ese primer diez que hasta entonces se consideraba imposible de conseguir. Lo explica mucho mejor la estupenda Begoña en este artículo de SModa.

Volviendo a las películas, hace unos meses me fui a Barcelona para ver un documental. Había visto el tráiler rondando por internet, y de hecho mi hermana lo pegó en mi muro de Facebook diciendo “hermana, vas a llorar”. Y efectivamente, el tráiler ya me hizo llorar de la emoción, así que me hice 180 kilómetros para ver la cinta. Es una película muy sencilla que documenta el proyecto de dos coreógrafos (pareja sentimental además) que están tratando de llevar la danza a las escuelas. Y no en plan extraescolares, sino que se plantan en un instituto y durante cinco días trabajan intensivamente con un grupo de alumnos que nunca antes ha bailado más allá de las discotecas. Son la prueba viviente de que la danza es un instrumento para expresarse y transmitir emociones, y también una gran forma de terapia grupal, sin proponérselo siquiera. Lo más interesante es esta idea de que “cualquiera puede bailar”, que es un poco como si nos dijeran que “cualquiera puede dibujar”, que no nos lo creemos porque son dos tareas fuertemente sometidas a juicios de valor desde siempre. Pues bien, sí, cualquiera puede bailar, y muy bien además, y en solo cinco días de aprendizaje.

 

 

Lo que me gustó más fue ver cómo ese proceso vencía resistencias, vencía prejuicios, vencía miedos, vencía diferencias, y vencía todo lo que tenía que vencer, como una bulldozer. Y al final me di cuenta de que es lo mismo para todo: bailar, escribir, cantar, criar, amar, plantar, lo que sea. Cuanto más lo haces y más esfuerzo y tesón le pones, mejor lo haces.

Y de todas maneras, ¿dónde está el rasero para decidir cuán perfecto es el resultado? ¿Hace falta perfección siquiera? No, hace falta que toque y emocione al que lo crea y en todo caso que toque y emocione al que lo recibe. Y en ese acto comunicativo de toda tarea está la sublime perfección.

Y hablando de sublime perfección, encontré un vídeo de gatos que no es gracioso pero es sublime y perfecto. Me hizo pensar en cómo hacen lo natural, lo que desean simplemente para estar bien, sin importar si están apiñados o si tienen que irse moviendo poco a poco. Les da lo mismo. Si lo importante es estar al sol, estemos al sol. ¿Quién lo cuestiona? Yo desde luego no. Si fuera un gato haría exactamente lo mismo. De hecho, ya lo hago aquí en casa también. Hacer más de lo que te hace estar a gusto, esa es la idea, le pese a quien le pese.

 

 

Meisi compartió bajo mi post sobre la mediocridad un enlace de un programa de la tele que yo no conocía, en el que tiene una sección un psicólogo que yo no conocía, pero en el que justo se habla de lo mismo, de la importancia de la mediocridad. Claro que no usa demasiado esta palabra, lo que dice es que si partimos de la base de que todos somos iguales, de que todos tenemos la misma importancia (no soy más importante yo que tú o yo que mi gato o yo que Obama ni ninguno de ellos que yo) lo equilibrado es colocarte al mismo nivel que los demás, no querer ser mejor ni peor, no darse más importancia. Lo que a su vez no está reñido con cuidar la propia autoestima, vamos, que cuando entiendes tu posición en el universo no te vas ni a un extremo ni al otro. Te quedas en un feliz y universalmente justo medio. Eso es el elogio de la mediocridad bien entendida. Porque evidentemente hay muchas palabras que si se usan como insulto (y se usan demasiado) se reciben como un insulto, pero nosotros tenemos el poder de cambiarlas si queremos y sobre todo tenemos el poder para no sentirnos ofendidos por ellas.

Hace unos días fui a un taller de cerámica + mindfulness, sí, todo junto, organizado por las chicas de Moeraki. Fui porque la profa de mindfulness era mi querida compañera de mastermind Mery, que es coach en su empresa Beecome. También porque tenía ganas de conocer a Glòria, de Polsceràmic, la profa de cerámica. Yo ya había hecho unos meses de cerámica en torno hace unos cuantos años, pero esta vez no iba de torno, iba de modelar a mano, y por otro lado, de juntarlo con el mindfulness que era lo que me interesaba realmente ya que como ves en estos tiempos ando muy atenta a estar en el presente y olvidar cualquier tipo de competición y comparación (conmigo y con los demás). Casi casi estuve a punto de no terminar ninguna pieza, porque de tan concentrada que estaba y tan alejada de conseguir ningún resultado concreto, hice y deshice un montón de ellas, disfrutando amasando nada más y ocupándome de sentir lo que estaba haciendo. Verdaderamente eso no daba lugar a hacer ninguna obra maestra, al menos por mi parte. No miré ni un segundo las obras de mis compis a lo largo de todo el proceso, no hice más que estar concentrada en el barro, como no lo había estado nunca (y mira que he tocado barro miles de veces en la vida), disfrutando con todos los sentidos y relajándome —sí, relajándome, muy diferente a cuando lo practiqué hace años— mientras lo hacía.

Y esa es la clave principal del mindfulness, el estar presente con todos los sentidos en lo que haces, pero no solo en lo importante sino en cada cosa. Desde lavarte la cara por la mañana a pasear por tu calle, desde ponerte los zapatos a acariciar a tu perro. Una sola cosa cada vez y hecha a conciencia.

A mí me encanta, de verdad, me encanta intentarlo una y otra vez y observar sin criticar lo que hace mi mente: querer irse, desaparecer, entrar en cualquier otra cosa. Y me gusta porque es lo contrario al odiado multitasking (cosa que recomiendo fervientemente evitar a toda costa, ya lo dije aquí hace bastante tiempo aunque ahora podría volver a escribir sobre ello porque mis técnicas han cambiado).

Luego le pregunté a Mery si podía compartir algunos recursos que le parecieran interesantes para que siguiera investigando, y me recomendó dos libros que ya tengo en la lista de deseos del mes que viene: Mindfulness en la vida cotidiana y Con rumbo propio. Por si a alguna más le apetece aprender sobre ello.

Y es que lo de la perfección es una enfermedad terrible si no se afronta con equilibrio y conciencia. Mi querida Beyoncé lo dice bien en su tema “Pretty Hurts”, que por cierto está compuesto por Sia, o sea que en realidad lo dice Sia —que no es tan guapa como Beyoncé pero aparentemente, como todas, también sufre lo de la perfección estética y quizás por eso ha decidido no sacar más la cara en ninguna parte y poder ser anónima y que no le juzguen por la pinta que tiene, cosa que me parece de lo más sabio para permanecer sana cuando eres una celebrity, una treta muy ingeniosa que ya les gustaría a muchas a posteriori, fijo—.

 

 

Por cierto, inciso rápido, que acabo de ver que hay un cruce interesante entre Cisne Negro y Beyoncé. ¿O acaso no nos acordamos de ese alter ego que se inventó la Bey? Sasha Fierce, se llamaba. “Sasha Fierce es alguien que toma mi lugar cuando tengo que trabajar o estoy en un escenario y que de alguna forma me protege a mí y a lo que soy en realidad”. Nada, solo quería recordarlo porque me ha parecido interesante esta dualidad blanco-negro-beyoncé-sasha. También hay otras películas que exploran este asunto de la doble personalidad (como modo de mandar la perfección a paseo) desde perspectivas más oscuras y bizarristas, como por ejemplo “Guilty of Romance” de Sion Sono. Pero esta no es recomendada para todo el mundo porque es rara de narices y no precisamente bonita.

Bueno, pues volviendo a la canción de Beyoncé, que el tema va de la esclavitud sobre la belleza física pero hay una frase que me encanta y sirve para todo. Dice “perfection is the disease of a nation”, lo que viene a ser “la perfección es la epidemia de una nación”, que hasta rima en castellano, pero no me digas que no es impactante, realista, y siniestro. Sí, siniestro. Porque así es. En todos los sentidos.

Vivimos pendientes de gustar y agradar y ser como hay que ser y hacerlo todo sin mancha. Pero claro, cómo no, si hay quien se agarra a cualquier fallo como un clavo ardiendo para clavarte los dientes, porque así es también, hay quien sufre tanto que lo único que le hace sentir cierto consuelo momentáneo es atacar a los demás. Y como nadie quiere ser atacado, ni por su pinta ni por su inteligencia ni por su habilidad ni por nada, vivimos tratando de hacerlo todo estupendo. Y no se puede.

Porque la perfección es la coraza que se supone que tiene que impedir que los demás nos vean tal y como somos, pero ¿no debería ser esa nuestra mayor aspiración en la vida, dejarnos ver con transparencia y sin miedo?

 

¿No podríamos atrevernos a ser quienes somos y a enseñarlo sin pudor? ¿No somos perfectamente adecuados, todos, con nuestras bizarradas y nuestros dramitas o dramones? Sí, lo somos. No perfectos, no, porque la perfección no existe. Solamente perfectamente adecuados.

Un abrazo,

la perfección, la imperfección, la mediocridad

 

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