Vida Interior 2: Calma esa mente de mona loca

Para ponerte en situación —por si has aterrizado aquí de repente— esta es la segunda entrega de Vida Interior, una serie que vamos a explorar durante esta quinta temporada de Oye Deb.

La semana pasada te contaba cómo el darme de bruces con la posibilidad de la muerte (por ver a mi padre enfermo y débil) me había hecho detenerme a observar que estaba viviendo en un estado de espiritualidad casi inexistente. Esa nueva observación trajo como consecuencia otra mucho más grande: existía una sensación de vacío y angustia terrible en mí y, de algún modo, mis no creencias espirituales la estaban acentuando.

Poco a poco me encontré con una pequeña y nueva espiritualidad que sí conectaba conmigo, que sí tenía el poder de acompañarme y darme nuevas posibilidades. Y al abrir esa caja que siempre había mantenido completamente cerrada todo se empezó a remover. De ese nuevo movimiento, de esa nueva apertura, de todo ese aire nuevo y de ese primer fruto que planté en el terreno de lo espiritual empezaron poco a poco a brotar necesidades nuevas.

Sentí que si las cosas que estaba haciendo no me funcionaban, no me acompañaban, no me ayudaban a llegar más profundo en la búsqueda de mi verdadera naturaleza, quedaba claro que tenía que dejarlas morir y abonar el terreno para que esos nuevos brotes, que parecían tener más posibilidades de hacerme feliz, pudieran desarrollarse y mostrarme hacia donde querían llevarme.

 

Me resulta todavía difícil de explicar esto de los nuevos brotes y temo que no se aprecie, al ser contado, todo lo poderoso y real que lo siento en mí. Puede que parezca que lo cuento desde un lugar elevado, como si yo hubiera hecho un cambio místico o me sintiera iluminada o algo así que no está al alcance de cualquiera. La realidad es que me siento muy torpe y cero iluminada y, de hecho, no cuento nada de esto con el traje de maestra puesto. Ese es un traje que siempre me ha quedado muy grande y que me pica por todas partes, es profundamente incómodo para mí.

El traje con el que vengo a contarte esto, y el traje que me da valor para sacarlo y no guardármelo dentro (pese a que está profundamente inmaduro todavía) es el de compañera. Porque sé que si aguantas el tostón de leer tantas palabras y vas a seguir aguantándolo hasta el final de la temporada es única y exclusivamente porque tú también estás ahí, en alguna parte del camino. Quizás las cosas que yo diga ya las has superado hace tiempo, quizás aún te falta un poquito para llegar, quizás estás pasando ahora exactamente por lo mismo. Mi ánimo al contártelo no es enseñarte nada que no sepas o que no puedas aprender sola, sino ofrecerte un espacio para que lo reflexiones y te permitas sentirlo.

La verdad es que estos brotes interiores de los que voy a hablarte son exactamente igual que los pequeños brotes que salieron de cada rodaja de tomate que planté en verano.

No tengo ni idea de si lograrán sobrevivir, no sé si crecerán y se convertirán en una planta, si darán frutos o se los comerá una plaga y quedarán secos por el camino. Lo único que sé es que ahora, en este preciso momento (que al final es el único que cuenta) están llenos de vida, de ganas de expandirse y desarrollarse.

 

En esta primera fase desde la que te hablo no hay más que ganas. No hay experiencia, no hay práctica. No hay enseñanzas ni lecciones. Solo puedo ofrecerte torpeza, inseguridad, posibilidades, ilusión, dudas, exploración, experimentos e intuición. Solo puedo ofrecerte mi realidad.

Y la realidad se volvió simple y aplastante. Apareció de golpe una mañana especialmente fresca de agosto y llegó a mí como una voz que recién despertaba de un sueño larguísimo, zarandeada por la idea de la muerte, aún medio dormida y asustada pero muy consciente, muy lúcida. Este fue su mensaje: “No te estás prestando atención”.

No era algo especialmente nuevo, pero nunca me había importado demasiado hasta ese día. Tuve la certeza, al oírlo, de que ni quería ni podía posponerlo más. Deseaba, en ese mismo momento, hacer todo lo que tuviera que hacer para prestarme atención.

Fui rumiando la idea poco a poco, no a un nivel consciente sino de esa forma en que se rumian las cosas que están destinadas a ser, quieras o no quieras, con tu permiso o sin él. Se fue haciendo grande sola y empezó a hacerme hacer y deshacer cosas. Me sentía —y aún me siento ahora— una especie de autómata que se mueve guiada por algo superior. En este caso, y a diferencia del automatismo que había sufrido antes en mi vida, ese “algo superior” era mi propia conciencia, que había por fin abierto los ojos y tomado el control. Sé que suena raro, sé que quizás ni siquiera lo estoy contando bien, pero desde ese día me muevo con otra energía.

Algunas cosas que antes me resultaban difíciles o me hacían sentir vergüenza o inadecuación se han vuelto naturales. Otras cosas que no me creía capaz de hacer o de mantener han permanecido ahí desde entonces, estables y fuertes, día tras día. Siento como si me hubiera quitado toda una capa de piel que me quedaba demasiado tirante y ahora todos los movimientos fueran simples y cómodos. No están exentos de perseverancia ni voluntad, pero son simples y cómodos.

 

El primer brote que exploré y la primera cosa en la que de forma natural elegí poner atención, perseverancia y voluntad era mi mente.

Para que se entienda lo mucho que yo valoro mi mente confesaré que una de las definiciones que más he hecho de mí misma y para mí misma es la de que “soy un cerebro con patas”. Al revés también funcionaba, ya que siempre sentía que mi cuerpo no era más que “aquello que sostenía mi adorada cabeza”.

Estas frases, lejos de ser graciosas, han marcado mi comportamiento y la relación conmigo misma durante toda mi vida. Han significado un total abandono de cualquier cosa que no fuera productiva a nivel mental o intelectual y han generado una profunda desconexión tanto de la parte emocional como de la física —no digamos ya la espiritual—. Mi mente mandaba y yo creía que mandaba bien, así que la dejaba mandar libremente y me creía cada una de las palabras que soltaba. Mi mente era mi gurú.

Y era una gurú que me hacía ir de un lado a otro sin sentido, que me provocaba sufrimiento constante y que me hacía sentir profundamente perdida.

Como todo, esto también tenía su lado bueno: siempre he tenido mil ideas estupendas, he sabido cómo llevarlas a cabo, he podido conseguir todo lo que me proponía, he aprendido muchas cosas, soy rápida, estoy siempre estimulada y activa… Está claro que sin esa buena dosis de mente no estaría donde estoy ni sería quien soy.

Mi mente es mi tesoro, pero no toda ella al completo, y no el único tesoro que tengo.

Así que, sin querer perder todo eso que me gustaba de mi constante y rica actividad mental, necesitaba con urgencia obligarla a bajar de su puesto de dictadora (en el que parecía estar acomodada de por vida) y ocupar una mesa democrática con otras partes de mí que también necesitaban participar en la toma de decisiones. O, al menos, necesitaba dejar de confiar en esa parte de la mente que no traía más que sufrimiento.

 

La primera vez que leí sobre la naturaleza de la mente de forma consciente fue este verano en El libro tibetano de la vida y de la muerte.

“De entre los numerosos aspectos de la mente, podemos destacar dos en particular. El primero es la mente ordinaria, que los tibetanos llaman sem. Sem es la mente discursiva, dualista, pensante, que solo puede funcionar en relación con un punto de referencia exterior proyectado por ella y falsamente percibido. (…) Es la mente que piensa, trama, desea, manipula, que monta en cólera, que crea oleadas de emociones y de pensamientos negativos por los que se deja llevar (…) En el seno de esta mente ordinaria caótica, confusa, indisciplinada y repetitiva, sem, experimentamos una y otra vez el cambio y la muerte. Luego está la naturaleza misma de la mente, su esencia más profunda, que nunca se ve afectada en absoluto ni por el cambio ni por la muerte. Por el momento, se halla oculta en el interior de nuestra propia mente, nuestra sem, envuelta y oscurecida por el rápido discurrir de nuestros pensamientos y nuestras emociones. (…) En tibetano la llamamos Rigpa, la conciencia primordial, pura y prístina que es al mismo tiempo inteligente, cognoscitiva, radiante y siempre despierta. Se podría decir que es el conocimiento del propio conocimiento.”

Claro que, igual que siempre digo en lo de emprender, las ideas por sí solas no sirven de nada si no hay algo práctico (y no solo teórico-mental) que las sostenga en la vida diaria, así que tomé las riendas del asunto y lo primero que me salió hacer fue lo que te quiero contar en la carta de hoy.

 

Meditar. Hacer silencio. Intentar conocer a mi Rigpa.

Mi historia con la meditación viene de lejos, pero digamos que la nuestra ha sido una relación muy poco fluida y totalmente infructuosa. Es decir, a lo largo de mi vida adulta he intentado meditar muchas veces con muchos métodos y nunca lo he conseguido. No había manera. Mi mente parecía tener muchas otras cosas importantes que hacer y yo le seguía la corriente. Nunca me apetecía. Nunca me parecía el momento. Nunca quería meditar en realidad.

Y es que hay una diferencia abismal entre decirte a ti misma “Deberías meditar, te iría bien meditar, te sentará genial, todo el mundo habla maravillas de la meditación, tendrías que probarlo, meditar será la solución a tus problemas…” y decirte a ti misma, con toda la certeza, “Quiero meditar, deseo meditar, necesito meditar y estoy totalmente dispuesta a meditar”.

 

Con todos mis fracasos anteriores sabía perfectamente qué necesitaba y qué no necesitaba. Antes de ponerme siquiera el primer día, volví a leer a Pablo d’Ors (y digo volví porque ya lo he leído como tres veces, siempre con el ligero impulso de “deber” pero no el arrollador impulso del “querer”). Esta vez me tomé la lectura como una introducción a mi nueva práctica. Sabía lo que me esperaba, ya me lo había dicho Sogyal Rimpoché y ahora me lo decía Pablo d’Ors.

“No merece la pena esforzarse; más que ayudar a encontrar lo que se busca, el esfuerzo tiende a dificultarlo. No conviene resistirse, sino entregarse. No empeñarse, sino vivir en el abandono. Tanto el arte como la meditación nacen siempre de la entrega; nunca del esfuerzo. Y lo mismo sucede con el amor.”

Yo ya había experimentado esto anteriormente, en el trabajo por ejemplo, nunca he creído en el esfuerzo sino en la entrega. Sin embargo, cada vez que me enfrentaba a la meditación, lo hacía desde el esfuerzo, me decía “Esfuérzate por no pensar, esfuérzate por hacerlo bien, esfuérzate por estar quieta, esfuérzate por respirar así, esfuérzate por estar tranquila y atenta como una rana”.

Nada de lo que he conseguido en mi vida a base de esfuerzo ha resultado hacerme feliz. Solo ha sido agradable cuando me he entregado a la experiencia y me he dejado caer en ella, confiando, simplemente, en mi voluntad. La voluntad es lo que ha marcado siempre la diferencia en mi vida.

No sé por qué aquí trataba de hacerlo diferente y aproximarme a la meditación sin ningún tipo de voluntad real de sentarme a meditar.

Claro que no me está resultando fácil en absoluto. Todas las veces que me siento paso más tiempo completamente enredada en pensamientos que sin ellos. Se me duermen las piernas y me dan calambres. Corrijo la postura mil veces, a veces me quedo toda tiesa y tensa y a veces la columna se me colapsa y me encuentro doblada por completo. Cambio de estrategia otras mil: hacer oms, respirar de una forma u otra, observar las motitas de colores que veo al cerrar los ojos, repasar mi cuerpo…

Pero no me importa toda esta aparente improductividad de mi práctica (y si tú eres una meditadora experimentada y tienes intención de escribirme para contarme la forma “buena” de meditar te agradeceré la intención pero no te haré caso ninguno). Estoy experimentando y persistiendo, con voluntad de, simplemente, seguir haciéndolo y encontrar mi propio modo de hacerlo de forma natural, igual que apareció en mí la necesidad de meditar. Llevo casi dos meses sentándome diariamente y no he visto avance en el frente del silencio, pero no me importa lo más mínimo.

Mi objetivo es simplemente intentar que el espacio entre pensamiento enredado y pensamiento enredado se vaya haciendo cada vez un poquito más grande para dejar paso al silencio real.

Cuesta lo suyo.

“Comprobé que quedarse en silencio con uno mismo es mucho más difícil de lo que, antes de intentarlo, había sospechado. No tardé en extraer de aquí una nueva conclusión: para mí resultaba casi insoportable estar conmigo mismo, motivo por el que escapaba permanentemente de mí. Este dictamen me llevó a la certeza de que, por amplios y rigurosos que hubieran sido los análisis que yo había hecho de mi conciencia durante mi década de formación universitaria, esa conciencia mía seguía siendo, después de todo, un territorio poco frecuentado. La sensación era la de quien revuelve en el lodo.”

Algo que sin embargo me parece emocionante de la práctica meditativa es ese acto de poner atención en observar los pensamientos y no dejarlos que pajareen solos. Al tratar de hacerlo me he podido dar cuenta de en qué vericuetos se mete mi mente cada vez que trato de pararla un poco, de los sitios raros por donde me sale y de las cosas que me trae para ponerme nerviosa o impulsarme a levantarme y seguir con el huracán de la vida (por ejemplo, listas interminables de todo lo que tengo que hacer, sensaciones a las que no quiero enfrentarme, cosas que me están molestando…).

Desde que me ejercito en la observación de mis pensamientos veo con más claridad las cosas que me digo a mí misma. Y no son bonitas. A veces parecen neutras pero si rasco un poco en ellas vienen de ideas estancadas sobre lo que debería ser o hacer. Así que ahora las miro como quien mira las olas del océano ir y venir: “Ah, esto es lo que quieres decirme ahora, perfecto, gracias, que pase el siguiente”.

He descubierto así que mi mente no tiene siempre la razón como yo creía y que mis pensamientos no son en absoluto la realidad. Solo son olas que vienen y van, que se hacen y se deshacen, que ahora están y ahora no están.

La verdad, para llevar tan poco tiempo meditando y no haber logrado hacer el dichoso silencio, este ya ha sido un descubrimiento que ha cambiado por completo las reglas del juego.

“¿Puede haber algo más imprevisible que nuestros pensamientos y emociones? ¿Tenéis la menor idea de lo que vais a pensar o sentir dentro de un instante? De hecho, nuestra mente es igual de vacía, impermanente y transitoria que un sueño. Observad un pensamiento: viene, permanece un tiempo y se va. El pasado ya ha pasado, el futuro aún no ha surgido e incluso el pensamiento presente, conforme lo experimentamos, se convierte en pasado.

Solo el instante presente, el «ahora», nos pertenece realmente.”

 

Por si te preguntas cómo hago para meditar en un sentido puramente práctico, tengo una herramienta para compartir.

Desde que decidí meditar, para que no me pasara como las anteriores veces en las que lo había intentado sin éxito, creí que no me valdría con sentarme en posición de loto y callarme. Así que me planteé volver a algo que había probado hacía algún tiempo, la aplicación Headspace. Sin embargo, aunque me gusta mucho su punto de partida cero espiritual, no me acaba de gustar su “ve superando etapas y te lo enseñamos como un caminito de colorines un poco infantil para tu gusto”. Si tengo que elegir entre espiritualoide o infantiloide me quedo con lo primero.

Además, es una aplicación freemium, y aquí una servidora no quería pagar en absoluto para empezar a meditar porque ya me conozco y sé que tiendo a gastarme el dinero en cosas que no me sirven para mucho. Así que dejé lo de Headspace en pausa a la espera de encontrar algo que me convenciera más y seguí buscando.

Y encontré mi nueva aplicación favorita. Se llama Insight Timer y está concebida para que te hagas tu práctica de meditación a medida. Así que puedes elegir una meditación en la que alguien te habla o te canta o te propone algo, con timbres que te van avisando en la separación que tú necesitas y el volumen de sonido que tú necesitas y el sonido de fondo —o el silencio— que tú necesitas. Y es gratis.

Y no, no me están pagando por hacerles promoción, no sé ni quiénes son. Yo solo recomiendo las cosas que me tienen emocionada (que por suerte para ti son muchas y variadas, así que espero que alguna de ellas te emocione a ti también).

Cada mañana me despierto, extiendo mi esterilla, hago yoga —ya te contaré sobre esto más adelante en Vida Interior— e inmediatamente después me siento a meditar veinte minutos.

He configurado la aplicación para que me avise cada vez que pasen cinco minutos. Estos pequeños avisos me dan mucha fuerza para seguir cada vez y además me permiten empezar “de cero” si en ese periodo he estado pensando más de lo que sería normal o moviéndome o, en fin, como suelo estar, completamente despistada.

Alguna mañana, en lugar de esto, elijo alguna meditación guiada de entre veinte y treinta minutos, la que me inspire ese día, y pruebo a ver qué tal. Si me gusta la guardo en mi lista de bookmarks para poder volver a ella.

Y lo que hago después de la meditación es poner un mantra cantado que tengo guardado desde casi el primer día. Se llama Kalki Mantra y hasta me busqué la letra para poder cantarla a la vez. La repito una y otra vez, día tras día, simplemente porque me da un placer indescriptible. La vibración del canto me conecta al cuerpo y los días que tengo suerte, me da hasta cosquillitas: a veces en los muslos, a veces en la cabeza, a veces en el pecho… A veces nada, pero igualmente me hace sentir muy bien y me da mucha energía para enfrentarme al día. A veces la hago sentada, a veces me tumbo, a veces me pongo de pie frente a la ventana y me estiro y me muevo. Cada día lo que siento que me apetece.

Igual te parece una chorrada alucinante y ni te gusta ni vibras con ella, pero si te llama lo más mínimo prueba a escucharla tumbada y relajada, a ver qué pasa. Solo por probar.

Soy perfectamente consciente de que esto es demasiado hippie para la antigua yo, pero mira, a veces tenemos que trascender nuestros prejuicios para lograr cosas valiosas. ¿A veces? No, absolutamente siempre.

La verdad, ahora cuando pienso en todo este hippismo que me he montado me da la risa, pero me viene tan bien y me siento tan a gusto con él que no lo cambio por nada (al menos de momento y en esta etapa de mi vida).

Uno de los libros que leí en mi proceso de documentación para Ísland fue Come, reza, ama (para las críticas, la peli es muy floja pero el libro está mucho, mucho mejor). En él, Elizabeth Gilbert va a la India a meditar en un ashram, pero luego va a Bali donde, además de conocer al amor de su vida, (de parte de su vida, porque recientemente me he enterado de que resulta que ahora el amor de su vida es su mejor amiga de hace años, a la que por cierto le han detectado un cáncer, por lo que toda la historia no puede ser más triste ni más bonita) también visita a un sabio-curandero muy anciano y desdentado llamado Ketut.

Una de las cosas que se me quedaron grabadas fue la insistencia de Ketut por recordarle a Liz que cuando meditase se acordase de sonreír por dentro, desde los órganos. Creo que específicamente se refiere al hígado (que es el órgano que carga con la ira y los conflictos no resueltos, será por eso que la bilis es tan profundamente amarga, digo yo). Desde entonces, cada vez que me he sentado a respirar, a meditar o a estar tranquila, trato de recordar poner una sonrisa interior. Y no veas si cambia.

Esa misma sensación de cosquillitas que a veces tengo la suerte de recibir con el mantra cantado aparece con mucha más facilidad cuando activo la sonrisa interior. Y la verdad, esté como esté, cuando lo intento, me siento feliz y dichosa. Durante unos instantes nada más, claramente aún no domino la técnica lo más mínimo. Pero el atisbo es suficiente para darme fuerzas y esperanza. Quiero más de eso y sé que puedo conseguirlo.

Es verdad que el silencio da miedo, pero es un monstruo que te asusta mucho cuando no lo conoces y crees que se esconde en el armario, dispuesto a venir a hacerte sentir sola y desgraciada. Pero en cuanto le empiezas a mirar a los ojos se convierte en tu mejor amigo de por vida. No en un amigo, en tu mejor amigo.

Y vamos, lo digo desde la intuición, no soy una maestra zen del silencio, en realidad aún estoy empezando y no he hecho ni una milésima parte del camino. Solo he dado los primeros pasos. Pero antes de todo primer paso hay un proceso de realización y de conciencia en el que, casi de forma mágica, un día te das cuenta de que eso es lo que necesitas ahora mismo. Y lo que antes se te hacía un mundo es ahora un movimiento natural.

“El silencio es solo el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Lo sorprendente es que no es nada, nada en absoluto: la vida misma que transcurre, nada especial. Claro que digo «nada», pero muy bien podría también decir «todo».”

Pablo d’Ors

Un abrazo,

meditación

 

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