Vida Interior 3: La parte oculta de la mente

En esta tercera entrega de Vida Interior quiero seguir compartiendo mi exploración de la mente (la semana anterior te hablé del silencio y de la meditación), pero esta vez vamos a entrar en ella desde un lugar más oscuro.

Me gustaría hablarte de lo oculto, lo invisible, lo que queda en la sombra. Y, por pura definición, todo “lo que es impenetrable o de difícil acceso para la mente” es lo esotérico. Sé que a muchas el simple sonido de esta palabra nos hace pensar en cortinas de cuentas, manteles de terciopelo, bolas de cristal, túnicas, uñas largas, incienso y personajes freaks de los 90 con mucho maquillaje y muchas operaciones de estética a sus espaldas. Nos hace pensar en timos, en gente crédula, en chorradas y en mentiras. Desde luego, con esas imágenes asociadas lo esotérico no parecería algo a lo que querríamos acercarnos jamás.

Pero “lo que es impenetrable o de difícil acceso para la mente”, lo esotérico, no tendría por qué cargar con ese estigma-cliché con olor a rancio. De hecho, no debe. Porque cuando te abres a lo esotérico te abres a la verdad.

 

Déjame explicarme un poco más antes de cerrar esta página como si estuviera viniendo hacia ti con una ramita de romero en la mano queriéndote leer la buenaventura.

Como decía, lo esotérico es lo oscuro, lo que no se nos muestra. Y a lo oscuro y lo que no se nos muestra, en términos de crecimiento personal, se le llama la sombra. Y el trabajo con la sombra es la clave para entender realmente —realmente, realmente, realmente, y lo digo cuatro veces para que quede claro— quién eres.

Sé que probablemente pienses que sabes quién eres, y quién sería yo para decir que no es así, si ni siquiera sé tu nombre. Solo quiero sugerirte algo: es posible que si no has dedicado tiempo y energía (y bastantes dosis de enfrentarte al dolor de la realidad) para desenterrar tu sombra de las tinieblas y poner un poco de luz en esa oscuridad, no sepas realmente quién eres o todo lo que puedes llegar a ser.

Y no seamos aquí inocentes o impacientes, la sombra no son esos defectillos o esas cosas que no nos gustan de nosotros mismos, no son los errores que cometemos una y otra vez, no son siquiera nuestros traumas de la infancia, no son cuestión de carácter, ni de historia personal, no son los arranques de mal genio ni la tristeza o la ansiedad que calmamos comiendo o matándonos en el gimnasio, teniendo sexo o bebiendo demasiado.

 

Se llama sombra porque no se ve fácilmente, y todas esas cosas, con un poco de atención, se ven rápido. Se llama sombra porque cuando te acercas para intentar mirarla, asusta, da puro terror y te remueve el cuerpo como si te pusiera cabezabajo y te sacudiera como una coctelera. Se llama sombra porque no está en un sitio de fácil acceso. ¿Crees que tendríamos tanta necesidad de buscar la felicidad, el sentido de nuestras vidas y de llegar a términos con quiénes somos en realidad si ver la sombra e integrarla fuera un proceso sencillo que se puede hacer rápido? Entonces no existirían la mayoría de nuestros problemas y todos seríamos personas plenas. ¿Y no es así, verdad?

La sombra es todo aquello que no reconocemos como propio aunque lo sea, por eso es tan difícil de ver.

Pongamos un ejemplo para explicarlo un poco mejor. Si mi mente consciente cree que “soy guapa” pero, sobre todo, que “no puedo ser fea” —porque, por los motivos que sean, he creído o aprendido que “ser fea” está mal— y he estado alimentando ese papel toda mi vida, en mi existencia la fealdad quedará relegada a un lugar oscuro y no querré ni verla nunca, porque no, porque “yo soy guapa”.

Pero cada vez que la vida me ponga en una situación o ante una persona que haga asomar ligeramente al escenario la posibilidad de que parezca fea o me sienta fea o se insinúe que no soy tan guapa como mi mente consciente quiere creer, un resorte saltará y se dispararán todas las alarmas. Me pondré como loca, tiraré cosas por los aires, me sentiré herida, acusaré al otro seguramente de ser feo o de estar ciego o cualquier otra cosa que sirva para sacar el dolor infinito y el miedo que siento ante la mínima insinuación de que yo soy fea. La fealdad no entra en mi zona de luz, no la puedo ver ni admitir, está fuera de toda cuestión y de toda discusión. No tolero la idea de ser fea y, si lo hiciera, sentiría el mundo desmoronándose a mi alrededor, porque en el fondo lo que importa es que no me está permitido el no ser guapa. Los demás pueden ser feos, pero yo no.

¿Qué me ha llevado a creer que soy guapa y dejar en la sombra el hecho de que también puedo ser fea? La forma en que me han tratado en mi infancia y lo que me he obligado a creer sobre mí misma para mantenerme a salvo. Y cuando digo a salvo digo querida. Porque lo único que buscamos nada más venir a este mundo es el amor incondicional de nuestros padres o cuidadores, su presencia, apoyo, atención plena, cariño y respeto.

 

Si entendiste o se te dijo de cualquier modo —por activa o por pasiva— que lo que estaba bien y era necesario era ser guapa o ir muy bien arreglada; o viste que se te amaba mucho más o se te prestaba más atención cuando se destacaba tu belleza exterior; o al contrario, percibiste que no se toleraba, se negaba, se criticaba o se luchaba contra la fealdad, ¿qué ibas a hacer tú sino esforzarte por encajar en el esquema de visión del mundo que tenía tu familia? No adaptarse, para un niño, es arriesgarse a ser ignorado, rechazado, no querido, no visto o no comprendido, y esa posibilidad es terrorífica.

Así que la sombra tiene que ver con la herida o las heridas (que suelen ser muchas) que llevamos dentro sin verlas o reconocerlas siquiera.

Como resultado de esas heridas, pues sí, tenemos ansiedad, adicciones, cambios de humor terribles, inseguridades, miedo, conflictos, bloqueos y todo lo demás. Todas estas cosas son los síntomas de las heridas de la misma forma que el dolor en alguna parte del cuerpo es señal de que hay algo que no está funcionando bien.

Parece un ejemplo demasiado simple, pero trata de aplicarlo a algún adjetivo que resuene contigo. Una forma sencilla de empezar es fijarse cuando alguien critica a otra persona, a una idea, movimiento o forma de vida. Te darás cuenta de que lo que dice se le puede aplicar a ella, ya sea porque es exactamente igual que lo que está criticando y no se ha dado ni cuenta o porque, aunque la sola idea de ser eso le parecería el mayor de los crímenes, en realidad tiene el anhelo también inconsciente de poder permitirse serlo.

Y después haz el ejercicio contigo misma, ¿qué dicen de ti las cosas que te molestan, enfadan o avergüenzan de otros? Ver la sombra en una misma es más difícil, pero créeme, cuando lo hagas te darás cuenta. Y vale la pena. Tu trabajo, si te tomas en serio tu Vida Interior, es llegar a ver en esa oscuridad como un gato. O como si tuvieras unas gafas de visión nocturna.

 

Está claro que mis métodos para iluminar la oscuridad no van a ser los mismos que los tuyos, ni los que he elegido yo van a poder servirte a ti necesariamente. Primero, porque somos personas distintas con recorridos vitales distintos, distinta personalidad, distintas maneras de aprender y entender el mundo y distinto todo. Así que no quiero que parezca que las cosas de las que te estoy hablando en Vida Interior son las que hay que hacer obligatoriamente para ser feliz.

Estas son las que yo he elegido trabajar porque a mí me hacen bien y siento que tienen que formar parte de mi camino —al menos por el momento—. Quizás algunas te hagan bien a ti también, quizás no conecten contigo o quizás tengas que esforzarte un poco más y buscar las tuyas propias.

Como siempre, yo hablo desde mi realidad y no pretendo dictar la norma universal: esta es mi experiencia y así te la contaré.

 

El primer y más importante trabajo de ir al encuentro con la sombra ha sucedido los últimos años en mis sesiones de terapia. Si nunca has ido a una terapia que realmente te guíe hacia donde necesitas ir no creo que puedas compartir la sensación que he experimentado yo después de cada sesión. ¿Sabes cuando te das una buena ducha caliente y te exfolias la piel a fondo, rascando con ganas, y luego te untas una buena crema nutritiva? Para mí se parece bastante a eso, aunque a veces salte porque el agua está demasiado caliente o no lo suficientemente caliente y tenga ganas de apartarme y cerrar el grifo, y otras veces me esté frotando demasiado fuerte y me duela y me deje la piel completamente roja, y otras la crema no termine de absorberse y todo se sienta un poco incómodo y resbaloso. No es perfecto, pero relaja, limpia y nutre. Cada vez una capa de piel muerta se ha ido por el desagüe. Cada vez más descargada, cada vez más cerca de encontrar mi verdadera piel, la más tierna, la más delicada y hermosa, la que he ido tapando y ensuciando a lo largo de los años sin darme cuenta.

En terapia he podido empezar a ver mi sombra y mis heridas (no sé si todas, no sé si nunca se llega a saber si una tiene visión nocturna completa), y gracias a esto mi relación conmigo misma ha cambiado por completo, la calidad de mi trabajo y mis relaciones personales ha cambiado por completo, y hasta la luz que entra por mis ojos ha cambiado por completo.

La terapeuta que me atiende, que ya me veo veinte mails preguntando como cada vez que lo nombro, sigue la corriente Humanista-Transpersonal.

 

Además de terapia, que para mí es la herramienta de autoconocimiento y sanación más importante y profunda que he experimentado, también tengo un par de recursos más que han abierto mucho el camino de búsqueda de la sombra, cada uno a su manera y en diferentes momentos de mi vida. Pero aunque ambos son muy profundos, creo que sin el trabajo previo en terapia es como si se quedaran cojos: siento que estoy mucho más preparada para entenderlos y crecer con ellos con lo aprendido en mis sesiones de lo que jamás hubiera estado sin ellas. Seguir profundizando en mí misma por vías diferentes (las que siento que encajan más conmigo) es maravilloso, pero la base del trabajo terapéutico es la que lo sostiene todo de forma que realmente pueda ser aprovechado.

Una forma complementaria y sencilla de empezar a entender la herida es el trabajo con el Eneagrama. Es una herramienta que ya recomiendo en El Ideatorio en relación al descubrimiento de la propia personalidad —en ese caso aplicada a la búsqueda de tu verdadera naturaleza profesional— y con la que he estado en contacto desde hace años. Es un buen punto de partida, y además uno que se puede llevar todo lo profundo que uno quiera o necesite.

El Eneagrama es un sistema que clasifica la personalidad en nueve tipologías. Tú eres uno de esos nueve tipos. No puedes ser dos y no puedes cambiarlo a lo largo de tu vida, pero están completamente relacionados entre ellos y de ahí que a veces sea difícil distinguir y fácil confundirse. Al contrario de lo que podría parecer a priori, no es una tontunada de revista para pasar el rato, es poderoso e intenso y va a dar donde más duele. Siempre tengo la impresión de que si cuando descubres tu eneatipo no te hace sentir incómoda, expuesta y algo —o mucho— avergonzada, es que igual no es el tuyo. De hecho, yo viví algunos años pensando que era uno que me hacía sentir bastante reflejada pero no avergonzada ni dolida. Cuando descubrí el que era en realidad (y vi cómo estaba escondiéndome en el otro para sentirme cómoda conmigo misma porque, como suele ocurrir con el trabajo con la sombra, por mucho que leyera sobre ese tipo era incapaz de verme en él), fue como si me hubieran pegado una bofetada en toda la cara. Ahí sí que todo empezó a cobrar sentido, ahí sí que pude conectarme con mi oscuridad real, con mi herida real. Y verla en todo su feo esplendor.

 

Descubrir el eneatipo correcto hizo salir a la luz un montón de temas que tenía pendientes sin darme cuenta siquiera. Así de poderoso es.

No basta con hacer un test para encontrar tu eneatipo. Nosotros cada vez que alguien viene a casa a pasar un par de días tratamos de que lo descubra. No funciona rápido con todo el mundo, los hay más escépticos y reacios, los hay que no quieren revelarse, los hay que no se conocen demasiado realmente o están muy desconectados de sí mismos y, por tanto, cuesta que se identifiquen con alguno o que se identifiquen por encima con todos. Pero cuando consiguen entrar se van a casa alucinados y siguen hablándonos de ello mucho tiempo después, se lo comentan a sus conocidos y adoptan la visión “eneagramática” para entender mejor al resto del mundo: a sus parejas, a sus familias, a sus amigos y compañeros de trabajo…

Para que te hagas una idea de las heridas de cada uno, he encontrado este pequeño artículo que escribió para El País hace un par de años Borja Vilaseca, uno de los grandes divulgadores “modernos” de la herramienta (que también tiene un libro propio al respecto que podéis explorar). Nuestro manual básico y sencillo de cabecera siempre ha sido el que recomienda en el artículo, La Sabiduría del Eneagrama.

Escarbando un poco (leyendo algún libro o yendo a algún curso) te podrás dar cuenta de que hay uno que duele mucho más que los demás, que es mucho más primario y que te hace saltar todos los mecanismos de defensa. Y cuando conectes con eso y le pongas luz, algo en ti podrá descansar por fin, al entender que tú no eres nada de eso, que las creencias sobre ti mismo —tanto las “buenas” como las “malas”— no son reales, que ese mensaje que recibiste y que has llevado contigo todo este tiempo no tiene nada que ver contigo o con la capacidad que tienes para recibir amor. Ya no solo el amor de los demás, sino principalmente el tuyo propio.

 

Esa misma sensación de descanso y de conexión con la realidad de mi auténtica naturaleza la he sentido también con otra disciplina esotérica a la que me he abierto por completo después de este verano (y que es en realidad uno de los nuevos brotes de Vida Interior —este relacionado con la mente y la comprensión de su lado oculto— que estoy explorando en modo principiante): la Astrología.

Si bien lo que voy a contar a continuación al respecto está dicho desde el mismo lugar de ignorancia y respeto desde el que me enfrento a la meditación, siento que ambas cosas pueden aportar luz y apertura a mi vida, que ahora mismo es lo que más me interesa. Así que no, todavía no tengo idea de Astrología lo mismo que no tengo idea de meditación, simplemente estoy empezando a explorar ambos campos.

De todos modos, la Astrología, igual que la meditación, no es algo completamente nuevo para mí. De hecho, ya de muy muy pequeña me colaba en la habitación de mi hermana para leer un libro gordo de color rojo que explicaba los signos del zodíaco, y me hartaba a leer una y otra vez lo que decía de mi signo y de los de la gente que conocía. No me llegaban los pies al suelo de la mecedora que tenía junto a la librería y ya estaba profundamente interesada por las influencias astrales.

Este interés, sin embargo, desapareció durante mucho tiempo. Un poco quizás por la misma razón que la espiritualidad, se disolvió en el “para qué creer en todas estas cosas si nunca sabré si son verdad”. Como era de esperar, volvió a mi vida.

Después, en 2015, decidí hacerme un regalo para mi cumpleaños y me obsequié con la lectura de mi carta natal. Fue completamente alucinante ver que todo eso que tanto me había hecho sufrir —la búsqueda de mi identidad laboral, por ejemplo— estaba perfectamente explicado y revelado en mi carta. Me pregunto qué habría pasado si la hubiera leído años atrás.

Unos meses después me llegó una clienta maravillosa, Consuelo, con la que descubrimos juntas que su pasión por la astrología podía convertirse en un negocio perfecto para ella. Y así nació, con cariño y tranquilidad, Hora Prima. Así que un año después de la carta natal le pedí a Consuelo la Revolución Solar —la predicción anual— para 2016. No creáis que no tenía allí pistas de lo que estaba por caerme este verano y del proceso transformativo que estoy viviendo. También he ido pidiendo lecturas puntuales (consultas horarias se llaman) para lanzar preguntas sobre el negocio o sobre aspectos concretos de mi vida.

Quiero poder ahondar en mí. Y sé que hacerlo en relación a los astros puede parecer como cogido por los pelos para todas esas personas más escépticas, y yo no quiero convencer a nadie de nada por lo que no sienta genuina atracción, pero sí te animo a probar si algo de esto te llama aunque sea en voz muy bajita.

La Astrología es una herramienta que se puede usar de forma predictiva, para saber cómo irá tal o cual cosa o qué puede surgir que le esté afectando, pero también es una herramienta profunda de autoconocimiento. No te dejes guiar por esa sensación que has tenido con la parte superficial de la Astrología (la de la predicción del día según tu horóscopo que aparece en periódicos y revistas), no tiene nada que ver con eso. La forma en que nuestro sistema solar estaba configurado en el minuto exacto en que tú naciste tiene mucha más información de la que jamás puedas imaginar para determinar quién eres y quién no eres, en qué zonas vas a encontrar equilibrio y en qué zonas vas a encontrar fricción. Dónde está tu oscuridad y cómo ponerle un poco de luz.

 

Ese lado oscuro que todos tenemos es un niño hambriento, con el pañal sucio, los dientes saliéndole y los mocos colgando, que hemos dejado solo en una habitación oscura y cerrada. Está llorando muy fuerte porque quiere salir de ahí y necesita que alguien le atienda.

¿Qué tal si eres tú misma la que vaya a darle amor?

Un abrazo,

sombra

 

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