Vida Interior 6: La salvaje naturaleza de las emociones

Después de pasar algunas semanas tratando los dos primeros temas de Vida Interior, la mente (tanto a través del cultivo del silencio como de la observación de su lado oscuro) y el cuerpo (tanto en su cuidado con movimiento y alimentación como en su lado oscuro en relación a la enfermedad), llegamos hoy al momento de explorar con más detenimiento un nuevo reino, el de las emociones.

Sobre las emociones habría mucho que decir. De hecho, podríamos estar toda una temporada escribiendo y debatiendo sobre ellas. Pero, como sabes, Vida Interior no son artículos periodísticos ni yo una observadora imparcial, así que te quiero contar algunas de las cosas nuevas que he entendido después de este “veranus horribilis” respecto a mis propias emociones y su manejo.

Las emociones básicas, esas que salen en todos los libros y hasta en películas bonitas de Pixar, son la alegría, la tristeza, el miedo, el asco, la ira y la sorpresa (aunque esta última en la peli de Pixar no aparece pese a que habría tenido su gracia un personaje con cara de flipado permanente).

Todos podemos sentirlas y de hecho pasamos los días sintiéndolas en mayor o menor medida. Algunas parece que nos acompañan de fondo y otras son más momentáneas y surgen en reacción a algo puntual.

Pero lo que a mí me acompaña de fondo puede ser diferente a lo que te acompaña a ti. Y ahí ya hay un trabajo profundo que hacer. Yo descubrí que debajo de todo lo que me afectaba había una profunda tristeza. Y esa tristeza acumulada durante años aprovechaba para salir como podía las pocas veces que podía, primero provocando conflictos (lo que me hacía confundirla con enfado) para después poder permitirme llorar a moco tendido. A veces ni siquiera comprendía por qué lloraba tantísimo por cosas tan pequeñas o con cualquier libro, película o estímulo exterior. La tristeza estaba tan dentro y tan guardada que era como una presa, en cuanto le abría una pequeña grieta apretaba todo lo que podía para salir a borbotones, descontrolada.

 

Una de las cosas que he aprendido a hacer los últimos años es a llorar cada vez que el mínimo asomo de ganas de llorar se me presenta. A no aguantarme, esté donde esté y con quien esté. Sea por nada o sea por todo, quiera y pueda explicarlo o ni pueda ni quiera explicarlo. Aunque me muero de la vergüenza, todo hay que decirlo. Ese ha sido mi reto: expresar lo que necesito pese a la vergüenza que me dé hacerlo.

Mi terapeuta lo llama “bolsas de tristeza”, acumuladas durante años y años de guardar y guardar (años de pensar que nadie tenía que verme triste o débil y, por tanto, haciendo creer a todos, incluida a mí misma, que yo nunca estaba ni triste ni floja) y me dijo que hasta que no las vaciase del todo iban a seguir ahí conmigo, aprovechando cada oportunidad para salir, mientras yo me peleaba por seguir aguantándolas haciendo así más grande la bolsa todavía.

En realidad esto no era lo que quería contar hoy (porque no es una cosa nueva que haya descubierto ahora), pero he pensado decirlo porque siento que puede ser importante para mucha gente que esté en la misma situación que estaba yo hace un tiempo, con tantas y tantas cosas guardadas dentro —ya sea tristeza o miedo o rabia o dolor, lo que sea— luchando por salir de las formas más variopintas e incomprensibles. Incluso tú, que piensas que tú no tienes nada por debajo, es posible que lo tengas. Te lo digo yo, que no siendo tonta precisamente viví treinta años sin tener la más mínima idea de estas corrientes subterráneas invisibles.

 

Hoy quería hablarte de algo que me interesa mucho más en este momento y a lo que dedico bastantes ratos de pensamiento: la sensibilidad.

Mira, yo me imagino a mucha gente que conozco y aprecio leyendo esto de las bolsas de tristeza, por ejemplo, y pensando: “qué exagerada”, o “¿qué cosa terrible le habrá tenido que pasar en la vida para estar así?”, o “lo que hay que hacer es mirar adelante y sonreír y dejarse de tristezas”, o cualquier frase similar, que, con todos mis respetos, son una soberana gilipollez. Una tremenda, absoluta y redomada gilipollez.

Es cierto que hay quienes prefieren hacer su vida sin mirar a lo profundo, y tienen todo su derecho. También hay quien tiene unos niveles de sensibilidad más acusados que otros, eso tampoco lo puedo negar porque está más que claro que todos somos distintos.

Pero lo más común es que se quiera pretender que los sentimientos de alguien son inventados —o que tienen que responder solamente a dramas gigantes porque si no no están justificados, o que se tenga que pasar por encima de ellos—, simplemente porque resultan incómodos (por no decir terroríficos) y no se sabe qué hacer con ellos (como si se tuviera que hacer algo con ellos, más que dejarlos salir).

 

Vivir toda la vida con la idea de que eres demasiado sensible y tratar de ocultarlo porque eso genera todo tipo de reacciones a tu alrededor con las que no quieres tener que lidiar es una tortura. Y aún es más tortura fingir que no sientes nada y que siempre estás estupenda. Mucho más tortura que simplemente dejar sentir el torrente de cosas (“buenas” y “malas”) que sentirías de forma natural y dejar que lo vea quien sea que esté cerca como la cosa natural que es y dejar que te afecte todo el rato que te tenga que afectar.

Por supuesto que nos parece más sencillo y nos da menos miedo hacer como que todo eso que tenemos dentro y toda esa sensibilidad no existe, porque lo que pasa cuando decides superar lo que te han enseñado que es “lo normal” y “lo bueno” y “lo correcto” y “lo equilibrado” y soltar al aire todo lo que llevaba años reprimido es que se desata una tempestad. Una tempestad que te coloca en una posición incómoda y vulnerable, tanto contigo como con los demás.

 

Te sientes incómoda contigo misma, porque no te reconoces, porque pasas por épocas raras en que parece que te estés convirtiendo en otra persona que no estás segura de querer ser, y porque crees que tienes que hacer un montón de ajustes para encajar a esta nueva persona en tu vida “de siempre” (ajustes como por ejemplo tener que explicar que ya no quieres hacer cosas que antes hacías, ver a gente que antes veías o comportarte como antes te comportabas).

Y en realidad lo que suele pasar cuando dejas de pelearte con esa sensación es precisamente lo contrario, y tu vida “de siempre” acaba cambiando sin esfuerzo y con alegría para adaptarse a esta nueva persona, que, dicho sea de paso, se siente mucho más entera y satisfecha con el cambio.

También te sientes incómoda con los demás, porque corres el riesgo de que te vean como una loca alterada (les expliques lo que pasa realmente o no), y porque a la mayoría de gente parece que no le gustan las personas que muestran sus emociones profundas o incluso contradictorias de forma franca y natural. Más que que no les gusten —que yo creo que en realidad sí les gustan y probablemente les gusten más que el resto sin saberlo— lo que pasa es que les ponen en guardia, primero porque hacen que ellos se tengan que plantear su propio posicionamiento respecto a sus emociones (y no, eso no es agradable para los que quieren vivir en la inopia), segundo porque como decía más arriba, todos tendemos a querer aportar soluciones y a “arreglar” a cualquiera que veamos que no está “bien”, y por tanto, si alguien viene en abierto diciendo lo que sea que le pasa intentamos rápidamente dar un consejo absurdo y no solicitado para quitarnos el marrón de encima y poder pasar a charlar de un tema banal y cómodo.

 

Yo solía pensar que si la gente sabía lo sensible que yo era iban a utilizarlo para hacerme daño. En cambio, creía que no se atreverían o que pensarían que no valía la pena perder el tiempo siquiera intentándolo si mantenía una apariencia fuerte e insensible en todo momento. De hecho, tengo que admitir que funcionó bastante bien. Pero lo que sirvió para alejarme de lo malo me alejó también de lo bueno, creando una separación enorme e invisible entre el mundo y yo, y entre el resto de seres que poblaban el mundo y yo.

Porque —y esto es lo más importante que tienes que aprender si eres de natural sensible— si cierras el corazón para que no entren el dolor o la tristeza estás cerrando también el corazón para que no entren el amor o la alegría; el corazón no es una puerta que se abre y se cierra cuando tú quieres, según te conviene: o la mantienes abierta a todo o la mantienes cerrada a todo. Tú eliges.

Pero, por supuesto, esa es una elección que te ofrece dos vidas muy distintas. En una vida, estás desconectada y alejada, viviendo a kilómetros de distancia de todo, pero sobre todo de ti misma. En la otra, ya te imaginas: estás contigo todo el tiempo y te cuidas y te quieres y las cosas son bastante más bonitas.

 

Si cometes el error de pensar que vivir con el corazón “selectivamente cerrado” te está protegiendo y te está haciendo algún bien, déjame bajarte del guindo, porque la verdad es que todo lo malo que tenga que venir te vendrá igual y te dolerá igual, así que ya para empezar dejemos claro que la ilusión de protección en la que vives es falsa.

Además hay otra cosa que quizás sea importante: es probable que la cantidad de amor que sientas ahora mismo —por ti misma, por tu pareja, por tu familia o por el mundo en general—, pese a que creas que es enorme, sea solamente una mínima fracción de lo que podrías sentir si simplemente dejases salir lo que tienes dentro. Imagínate qué maravilla.

Si te asusta que dejar salir todo ese amor deje salir también todo lo que no es amor (ya sabes, tristeza, miedo, etc.), pues sí, es más que posible que necesite su turno para manifestarse también. Y sí, yo también pensaba que me podía dar un colapso real y morirme si dejaba salir a la bestia, pero me he confirmado que mi sensibilidad no puede matarme. Más bien al contrario, he ido descubriendo que tiene el poder de devolverme la vida.

 

Puede que no sea una época necesariamente agradable —mira mi último verano, por ejemplo, o mi primer año en terapia—, pero te digo que quizás sea una de las experiencias más bonitas y de más conexión contigo misma que pases jamás. Sí, ahí mismo, metida de lleno en esa vorágine de emociones supuestamente desagradables, puede que sea la oportunidad de tener un momento de comunión máxima con la persona que realmente eres. Y a partir de ahí, cuando eso esté sacado, tratado y “curado”, ¿sabes qué quedará?

Todo ese amor infinito que tienes dentro. Toda esa alegría. Toda esa sensación de que… oh, sí, de que todo está bien así como es.

Si ser sensible (o hipersensible, o incluso ser lo que ya se ha diagnosticado oficialmente como PAS, Persona Altamente Sensible) está en tu carácter y es parte de ti, ¿por qué querrías guardarlo como si fuera un secreto embarazoso?

El mundo necesita más gente como tú. No nos hagas la putada de esconderlo.

Un abrazo,

emociones

 

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