Vida Interior 8: lo que cuenta es atreverte a ser lo que eres

Si hay un tema sobre el que llevo años meditando, y que ha sido desde que salí del instituto el centro gravitacional de mi vida, es el del trabajo y la búsqueda de una misión profesional.

En este sentido he pasado por varias etapas:

1 /  En la que sentía que lo más importante del trabajo era lo que me permitía conseguir a cambio (dinero, estatus, la tranquilidad de mi familia, horario fijo…).

2 /  En la que me empecé a sentir incómoda y esclava echando horas de mi vida en algo que no entendía muy bien qué aportaba al mundo ni qué me aportaba a mí, pero no sabía qué hacer para remediarlo.

3 /  En la que decidí lanzarme a probar cosas que me llenaran un poco más, pensando que lo más importante era ser libre y hacer lo que me saliera de dentro.

4 /  En la que vi que no era suficiente con hacer cualquier cosa que me saliera de dentro sino que tenía que encontrar “la cosa que salía más auténticamente de dentro y que además pudiera ser bien recibida fuera”. Gran momento de crisis, y, por fin, de parar la vorágine por primera vez para dedicarme únicamente a pensar y descubrir qué podía ser eso.

5 /  En la que lo descubrí, lo puse en marcha (en septiembre de 2012, con 31 años ya), funcionó y me metí en otra vorágine distinta: demostrarme que era capaz y que iba a tener éxito (con las medidas del punto 1 como referencia, de nuevo, porque eran las únicas que conocía hasta el momento).

6 /  En la que entendí que estaba viviendo en la misma esclavitud e incomodidad que en el punto 2, pero ahora siendo yo la única responsable. Pude ver que si bien por un lado me hacía feliz y me daba las cosas que necesitaba, por el otro estaba poniendo el trabajo por delante de mi vida para tapar muchas necesidades no resueltas (la sombra, ¿te acuerdas?).

7 /  En la que entendí con gran asombro que el trabajo no es la vida sino una pequeña parte de ella, que tu trabajo no te define por completo, que tú eres más que lo que dice tu currículum y que no eres lo que haces, sino lo que eres. Y que tanto para el trabajo como para la vida, lo que cuenta es atreverte a ser lo que eres.

 

Como puedes imaginar, este punto 7 (que probablemente no será el último y aún tendré que pasar por más estadios a lo largo de mi vida) puso cabeza abajo todo: mi manera de relacionarme con mis horarios, mis tareas, mis exigencias, mis expectativas, mis ganancias, mis planes de futuro… en fin, todo.

No era algo que no supiera (mentalmente, al menos), o que no hubiera intentado hacer antes (sin éxito real). Bien al contrario, creía que lo estaba haciendo todo el tiempo, creía que yo ya sabía eso y que estaba actuando en consecuencia. Tristemente, no era verdad.

No sé si a ti te pasa pero eso de creer que me conozco, que sé de sobra lo que me conviene y que estoy haciendo lo que quiero hacer es un autoengaño muy habitual en mí. Bueno, sí sé que te pasa porque eso le pasa a todo el mundo. Ese es probablemente el gran engaño de la mente, hacerte creer que haces lo que quieres hacer y en cambio hacerte hacer lo que ella quiere, lo que ha hecho siempre y lo que cree que te mantiene a salvo.

Pero estar a salvo en tu trabajo no es lo mismo que brillar en tu trabajo (o estar a salvo en la vida no es lo mismo que brillar en la vida). Quizás, de hecho, me aventuro a decir que tus posibilidades de brillar aumenten cuanto más vulnerable sea la posición en la que te coloques a ti misma frente al mundo. Y, por cierto, si te interesa el tema de la vulnerabilidad tienes que leer a Brené Brown.

Así que eso que recientemente he comprendido y que va más allá de una frase ilustrada para compartir en Facebook, ese “lo que cuenta es atreverte a ser lo que eres” del punto 7, es, sin duda, la idea de ponerme a mí misma en una posición vulnerable.

Para mí, ponerme en una posición vulnerable respecto a mi trabajo ha implicado millones de cosas distintas. La mayoría, si las dijera, no se comprenderían siquiera o parecerían minucias sin ningún valor real.

Y diría que eso es lo que suele pasar con lo realmente importante en la vida de una: que dicho en voz alta es como que pierde el sentido y suena como algo muy obvio o como algo incomprensible.

También ser vulnerable pasa por decirlo igualmente, así que allá voy, aún a riesgo de sonar como que nada de esto tiene tanto sentido como para hacer de ello un artículo.

 

Como te digo, en los últimos tiempos ha habido muchas pequeñas cosas que se han ido recolocando con mayor o menor incomodidad en mi vida profesional. Algunas me han retrasado considerablemente, algunas me han paralizado un tiempo, algunas me han hecho sentir enfado, otras una profunda tristeza. Sin embargo, todas ellas están empujando para que esto que hago se parezca cada día más a mí. Para que pueda “ser lo que soy”.

Por ejemplo, ha aparecido la necesidad imperiosa de retroceder. De replantearme lo que estaba haciendo y el para qué lo estaba haciendo. De reencontrarme con la llama que lo encendió todo (el por qué empecé este negocio, el por qué sigo sintiendo que es bueno continuar con él, el por qué creo que tengo un don y deseo usarlo de la mejor forma posible).

Y saber a ciencia cierta que, en algunos sentidos, me había desviado ligeramente de mi rumbo natural al dejarme llevar por ciertas corrientes o ciertos cantos de sirena (especialmente en terrenos pantanosos como el marketing online, que, dicho sea de paso, se está convirtiendo en una jungla repleta de cazadores).

A la vez ha aparecido un fuerte instinto de proteger y diferenciar lo que hacemos aquí en Oye Deb de lo que, por desgracia, hace la mayoría en un sector como el nuestro. Me han salido uñas de gato y un enfado considerable con el mundo que imagino que irá amainando, pero, honestamente, también es un enfado que me ayuda a mejorar y a entender cómo quiero trabajar. Porque hacerlo como la mayoría no tiene sentido para mí, hacerlo como se supone que se hace para ganar más dinero no tiene sentido para mí, hacerlo como se dice en las convenciones no tiene sentido para mí. Solo tiene sentido para mí hacerlo como yo siento que hay que hacerlo y como la intuición me dice que tengo que hacerlo.

También he entendido algo importante, que parece simple pero se ha convertido en un eje central para mí, ahora que lo he podido ver. Yo soy una persona que siempre ha vivido con la mirada puesta afuera, pero me he buscado un trabajo (quizás algo inconscientemente al principio, aunque yo no creo en las casualidades y menos en estos temas) en el que lo único realmente importante para desempeñar lo mejor posible mi labor es dedicar mi tiempo y energía a profundizar en mí misma.

Cuanto más me conozco y más profundizo, más conectado está mi trabajo, mejor funciona y más ayudo a los demás. Así que si quiero ayudar, tengo que ayudarme. Si quiero entender, tengo que entenderme. Si quiero conectar, tengo que conectarme.

Ahora mi camino hacia el interior es más que un deseo, es una responsabilidad. Quiero hacer muy bien mi trabajo y para eso necesito ser “egoísta” y dedicarme mucho tiempo a mí misma. No al trabajo, sino a mí misma.

Esta idea me ha atravesado como un rayo láser. Ha sido como darle la vuelta a un calcetín. Es un gran cambio, en serio. No sé ni cómo expresarlo para decir lo importante que ha sido entenderlo realmente, no como idea, sino como hecho. Vivirlo realmente.

 

Y volviendo a las etapas del principio, esto se relaciona con otra cosa. Hasta llegar a la 6 (y eso ya incluye unos años en Oye Deb), yo seguía regulando mi trabajo en función de ciertas métricas que había entendido que eran importantes. Y no es que ahora haya tenido que sustituir unas métricas por otras, no es siquiera que antes estuviera equivocada y ahora lo sepa todo (ojalá), es que ahora no veo más métrica que yo misma —qué siento yo haciendo esto, para qué estaría yo haciendo esto otro, qué nota mi cuerpo ante esta propuesta, al servicio de qué estoy poniendo mi tiempo y mis talentos—.

Y para ciertas maneras de pensar esto resultará egocéntrico, o como decía antes, entrecomillado, egoísta. Para mí es la opción más genuinamente sana posible, porque en realidad esto no es ego, es soltar.

El soltar no implica desidia ni desinterés, el soltar es caer en un espacio infinito en el que, cuando me siento a trabajar lo hago desde esa no exigencia, no expectativa y no objetivos más allá de hacer lo mejor que puedo con lo mejor y más honesto que tengo.

Esto, la verdad, no lo cumplo cada día ni mucho menos, no soy todo sonrisas y soltamientos cuando trabajo. Yo también soy un work in progress como cualquiera. Pero es una semilla nueva que ha nacido y a la que intento hacer crecer despacito. Y he pensado que estaba bien compartirla. Desde aquí mi vida está bien como es (es decir, en su imperfección absoluta) y mi trabajo está bien como es (aunque haya cosas difíciles y mucho por hacer).

De nuevo: no “como tiene que ser” sino “como es”.

 

Y me parece a mí que por ahí anda ese click que puede hacer que la relación con tu trabajo cambie por completo. No en resignarte, no en echártelo todo a la espalda y decir yo puedo con esto y con más, no en hacerte la víctima, no en indignarte porque es injusto que a estas alturas aún tengas que hacer esas chorradas que tienes que hacer cada día en vez de dedicarte a cosas más importantes, no en perder la ilusión porque la realidad no se parece al mundo ideal que tenías en tu cabeza y, desde luego, no en fingir que no te importa y que una tiene que sacrificarse para conseguir las cosas que quiere. No, en nada de esto (aunque yo he sentido todas esas cosas y aún siento algunas ahora, no te alarmes si no eres una maestra zen, nadie lo es).

El cambio está en comprender realmente quién eres tú y en comprender realmente al servicio de qué estás poniendo tu trabajo, tus horas, tus talentos y tus dones. El cambio está en atreverte a ser lo que eres.

Un abrazo,

ser lo que eres

 

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