Vida Interior 9: el dinero no es nada, el dinero lo es todo

Es curioso (o igual es justo lo contrario, lo más normal del mundo) que aquello que creemos que trae la mayor tranquilidad a nuestras vidas sea capaz también de generar la mayor intranquilidad.

Sí, me estoy refiriendo al dinero.

La relación de cada una de nosotras con el dinero es completamente distinta: hay quien lo ama y lo persigue a toda costa, hay quien lo ama y le viene sin esfuerzo, hay quien lo teme y lo rehúye, hay quien lo teme y se lo encuentra, hay quien no lo sabe mantener y quien no lo sabe soltar, hay quien considera que es limpio y quien considera que es sucio, hay quien le pone muchas condiciones y quien no le exige nada, hay quien encuentra que es un fin y quien encuentra que es un medio. Hay quien no ha tenido que pensar en él en toda su vida y quien no ha podido hacer otra cosa que pensar en él a cada minuto, cada día.

El dinero, sin embargo, no es más que una medida, una métrica. Unos números en una pantalla de ordenador que se representan en forma de papelitos rectangulares de colores o discos metálicos. En sí, no es nada. Y pese a no ser nada y parecer muy abstracta, es una métrica muy real. El dinero nos ata a la realidad, nos hace bajar del guindo, del mundo de las ideas, y nos obliga a tomar acción y a concretar de algún modo frío y realista todo aquello que está flotando sobre nuestras cabezas.

Las emprendedoras lo sabemos bien: no es suficiente con tener una buena idea, hay que ejecutarla y lograr que esa idea dé dinero para transformar una idea en una empresa rentable. Sí, la palabra rentable es lo que diferencia a quienes se mueven en lo abstracto de quienes se mueven en lo real. Incluso las ONG tienen que resultar rentables para poder ayudar. Por feo y capitalista que suene a algunas, el dinero nos ancla a la realidad.

Y como no tiene la grandiosidad del amor, la proyección del trabajo, lo sublime del arte… no tiene nada elevado a lo que agarrarnos para embellecerlo y desembrutecerlo.

 

Pero el dinero te hace sentir segura, grande, llena de posibilidades. Con él de tu lado puedes conseguir prácticamente cualquier cosa, darte todos los caprichos, aprender todo lo que te apetezca, ir a donde desees, vivir donde desees, ayudar a quien quieras, comprar todo lo que quieras. Todo lo que quieras que se compre con dinero. Es un símbolo de poder.

Claro que poder no tiene tampoco una acepción única, porque —y menos mal— hay otro poder más allá del poder ordinario, que se mueve con independencia de esa métrica simbólica, y ese es el poder personal. La voluntad, el autoconocimiento, la espiritualidad, la conexión, la bondad, el significado… En fin, todas esas otras (quizás pocas) cosas que no se compran ni se venden.

Y sin tener que ponernos fifis, reconozcamos que esa es la verdadera riqueza a la que podemos aspirar como humanos.

Porque la riqueza exterior está estupendamente bien, pero la riqueza interior está muchísimo mejor. El summum para mí es tener lo suficiente de la primera para poder ocuparme plenamente de la segunda.

 

Una vez le pregunté a mi padre si él se planteó lo que le gustaría hacer a nivel laboral alguna vez, cuando era joven, si pensaba en qué quería ser o qué se le daba bien. Me respondió que cuando uno tiene que ocuparse de la supervivencia diaria y contar cada céntimo que entra para comprar la comida del mismo día (y no dijo nada de pagar facturas porque vivía en una barraca con techo de uralita y suelo de tierra e iba a buscar el agua para lavarse a la fuente pública), esa no es una pregunta que entre en la ecuación, que ni se le había pasado nunca algo así por la cabeza. Trabajas de lo que te venga, vives al día y listo.

Para la mayoría de nosotras la situación ha sido bastante diferente, ¿verdad? Por lo general, hemos tenido las necesidades básicas resueltas y quien más quien menos ha recibido regalos en Navidad, iba con ropa nueva de vez en cuando y ha tenido libertad de decisión para estudiar y labrarse una profesión en el futuro. Hemos deseado ser cosas de mayores (profesoras, veterinarias, astronautas, bomberas, pintoras…) y probablemente ninguna de esas aspiraciones venía motivada por nada que tuviera que ver, ni en lo más remoto, con el dinero.

 

Ahora la cosa es distinta, porque hacerse adulto implica necesariamente tener que lidiar con la propia solvencia económica. Depender de alguien no es ser un adulto sano y funcional, así que una vez abandonamos el nido el dinero pasa a formar parte importante de la ecuación. De hecho, quizás sea la máxima “x” que tenemos que despejar en la difícil ecuación de la vida adulta. Por tanto, es del todo normal que al principio tomemos decisiones en las que el dinero tiene un papel protagonista (desde la carrera que estudiamos a los primeros trabajos que aceptamos, incluso si son de becario con promesa de grandes posibilidades posteriores).

Luego, si llegamos a conseguir estabilizarlo y deja de ser una necesidad tan grande, empiezan a salir nuevas “x” que también queremos despejar, y que en realidad se sienten bastante más importantes: el significado de lo que hacemos, el valor de lo que aportamos, nuestro propósito vital…

Porque una vez el dinero deja de ser la preocupación principal para ocupar un sitio mucho más modesto en el pódium de nuestras necesidades, empiezas a preguntarte, ¿a costa de qué estoy ganando este dinero? ¿Qué necesito hacer a cambio de ese dinero? Y en todo caso, ¿me está compensando realmente? ¿Es así como quiero vivir?

Y aunque es imposible olvidarse de que el nivel de vida que quieres necesita unas cantidades mínimas para ser vivido (aunque ahí también cabe preguntarse si es eso realmente lo que queremos o si podríamos vivir con menos a cambio de más tranquilidad), probablemente para mí esas sean las preguntas más importantes que he aprendido a poner por delante cada vez que hay una nueva idea, una nueva propuesta, una nueva encrucijada.

 

Una mujer me escribió hace años, cuando recién empezaba con Oye Deb. Me dijo (y me acordaré toda la vida) que creía que yo era una mujer extraordinariamente rica. Que del entonces presidente de Uruguay se decía que era el presidente más pobre del mundo, y que él solía decir que tenía pocas cosas porque así necesitaba poco para mantenerlas y podía dedicarse a hacer lo que más le gustaba, que era amar a las personas, porque era un enamorado de la felicidad humana y la quería para todo el mundo. Por ello, de él se había escrito que en realidad no era el presidente más pobre del mundo sino el más rico, porque era el que más compartía con los demás. Y concluía diciendo que ella creía que yo también era un modelo en eso del compartir y que, por tanto, debía sentirme extraordinariamente rica.

Yo siempre me había sentido pobre. Siempre había sentido que no tenía suficiente dinero para hacer las cosas que quería hacer, que tenía demasiado buen gusto para las cosas que podía permitirme pagar, que no tenía suficiente talento para hacer lo que deseaba hacer, que no tenía suficiente valor para… en fin, que no tenía suficiente de nada. La mentalidad de la abundancia nunca me acompañó, más bien al contrario. Con el dinero era muy prudente y ahorradora, con un miedo heredado de una familia muy humilde y muy trabajadora que no lo había tenido precisamente fácil (y aunque yo nunca viví la miseria directamente estas cosas se quedan dentro quieras o no). Vivía ligeramente obsesionada con la idea de “seguridad” y, como vi que hacían mis padres y mis abuelos, ahorraba para lo que pudiera venir y no me lo gastaba en caprichos innecesarios.

Y ya sé que puede parecer mentira y que puede parecer que sale como de la nada, pero desde que pasó el “veranus horribilis” no he tenido más esa sensación de carencia constante. Al contrario, ahora, como supo ver esa mujer que me escribió hace 4 años, me siento extraordinariamente rica.

Me siento rica por ser quien soy, me siento rica por ser como soy, me siento rica por las personas que tengo cerca, me siento rica por el trabajo que he creado a mi medida, me siento rica por mi creatividad y mi forma de expresarla, me siento rica porque leo, me siento rica por el sitio donde he elegido vivir, me siento rica hasta por el coche viejísimo que tenemos que se nos cae a trozos y por las comidas sencillas que nos hacemos en casa, por los paseos en el bosque, por la lluvia y por cada atardecer que veo, cada luna que sale, cada estrella que cae. Me siento rica porque no me falta de nada.

Y mira, nada de lo que me hace sentir rica tiene que ver con ningún papel rectangular ni ninguna pieza de metal. Nada que ver con números en una pantalla ni con resultados de ninguna clase.

 

Y no he tenido que hacer nada, ni repetirme ninguna afirmación positiva, ni hacer ningún curso de mindset, ni hacer nada más que poner luz a todas mis sombras, poco a poco, con cariño.

Quién me lo iba a decir. Me lo crea o no (porque a veces sigo dudando de si se me ha ido la pinza), así es.

De pobre a rica de la noche a la mañana y sin lotería.

Un abrazo,

riqueza

 

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