Sobre el aburrimiento, el linchamiento popular, dejar de publicar en tu blog en verano y unas cuantas cosas más

Echaba de menos escribir las newsletters porque, además de ser textos caóticos que disfruto mucho escribiendo, enlazando una cosa tras otra según se me van ocurriendo, me dejan hacer algo que me encanta: pensar en por qué me gusta lo que me gusta y explicarlo, para que si hay posibilidad de que a alguien más le guste y lo disfrute como yo, suceda. Si me quedo callada quizás alguien a quien le podría interesar se lo pierde, así que ¿por qué iba a hacer algo así? Y si hago como tantísima otra gente, y en lugar de compartir lo que me gusta me dedico a machacar lo que no me gusta y a recordarle a los demás por qué tal cosa se merece desaparecer de la faz de la tierra o por qué tal otra me da ganas de arrancarme los ojos para no volver a verlo, ¿no estaré impidiendo que eso que tanto me disgusta quede olvidado para siempre solo por querer airear su “indefendibilidad”?

 

He vuelto a pensar en ello a raíz de terminarme el libro que comenté el mes pasado que había comprado al vuelo. Como esperaba, Caitlin no me decepcionó. Al contrario. Terminé “Cómo se hace una chica” con esa sensación de vacío que deja algo que te ha gustado tanto que querrías que permaneciera contigo para siempre. Como cuando estás con alguien que te gusta y quieres que las horas se alarguen y nunca sea hora de que cierren el bar. La protagonista, Johanna Morrigan -a.k.a. Dolly Wilde-, que consigue ser crítica musical de muy joven a base de cargarse con ganas a todos los grupos que se le ponen por delante, acaba descubriendo que el cinismo no es bueno para nadie, ni para el que lo emite ni para el que lo recibe ni para el objeto del cinismo en sí. Mira, Caitlin (o Johanna o Dolly): no puedo estar más de acuerdo.

 

Todo este asunto de cargarnos lo que no nos gusta en público con total impunidad es algo que me da mucha tristeza, y que se ha ampliado hasta límites insospechadamente trágicos desde que tenemos redes sociales a nuestro alcance. Ahora todo el mundo puede dar su opinión sobre cualquier cosa o cualquier otra persona sin miedo y sin vergüenza. Lo que antes se quedaba en un comentario en tu círculo de amigos ahora se suelta alegremente en la red y viaja hasta los confines de la tierra. Supongo que eso nos hace sentirnos más poderosos, más escuchados, más importantes. Y en ese sentimiento de poder nos quedamos hasta el punto en que no nos damos ni cuenta del daño que hacemos. A mí mi madre me hubiera dado un buen zapatillazo si me hubiera pillado diciendo cosas feas de alguien. Ahora, en internet, nos hacen la ola cuando somos desagradables y siempre hay alguien que se une a la fiesta del linchamiento.

Yo siempre pienso, cuando leo críticas (del nivel de intensidad que sean, da igual, hasta las más pequeñas me disgustan): “ojalá te pase a ti, ojalá alguien diga lo mismo de ti o de tu trabajo”. Y no para que sufra, no. Solamente para que entienda que no es gratis. Que no es como que no pasa nada. Que le duele, a quien sea. A un escritor de su libro, a un periodista de su entrevista, a un cualquiera que hace una broma desafortunada en Twitter, a una que se ha montado una empresa que no te cae en gracia, a esos que creen lo diametralmente opuesto a ti en fútbol, política, ciencia o religión, lo que sea. ¿Por qué este ánimo de querer poner a todo el mundo en su sitio, cuando el sitio donde deberíamos estar invirtiendo nuestra energía y verborrea es en ponernos a nosotros mismos en nuestro propio sitio?

Honestamente, no lo entiendo.

Y cuando leo cosas como este artículo, menos. O cuando me paro a leer los comentarios de Instagram en las cuentas de algún famoso, por ejemplo. Especialmente si son españoles, y especialmente si son mujeres.

A mí me parece que no sé la historia de nadie y no les conozco en absoluto para opinar en voz alta sobre nada de lo que hacen o dejan de hacer con sus vidas o redes sociales (y menos sobre su aspecto, ropa, comportamiento…). Me parece que si no comparto algo, como decía al principio, o no he encontrado calidad en algo que he consumido, con pensarlo me resulta suficiente. No siento necesidad de airearlo. De nuevo, lo que me hace ilusión bárbara es compartir las cosas que me encantan, las que de verdad recomiendo, las que quiero que el mundo no se pierda. Por supuesto que me gusta dar mi opinión y creo en la libertad de expresión, pero no cuando puede hacer daño. No le encuentro el valor a no poner filtro entre lo que se piensa y lo que se dice, y no le encuentro el valor a no pensar que algo que estás haciendo tan gratuitamente puede causar dolor a otro ser humano.

No sé, será que soy una sensible ridícula. Qué le vamos a hacer.

 

Este mes empecé hablando del descanso. Esa palabra que tanto usamos o queremos usar pero tan poco ponemos en práctica realmente. De hecho, pensé en este tema para junio porque hoy es lo último que vas a leer de la tercera temporada de Oye Deb, ya que llega mi “descanso” anual. Lo entrecomillo porque la verdad es que aunque es un descanso de publicación, en el que no diré más ni mú (mentira, si estás suscrita a la lista de correo habrá contenido para ti directo a tu buzón de entrada para irnos sumergiendo en la nueva temporada, así que suscríbete ahora mismo!), la realidad es que yo los veranos siempre me los paso preparando lo que va a venir en septiembre. Así que la tranquilidad es relativa. De hecho, ni me voy de vacaciones. Y ahora mucho menos, ya que vivo en el campo y tengo una piscina rodeada de bosque, es como que por qué nos íbamos a ir a ningún lado si ya vivimos en un sitio que justo en verano es cuando se pone interesante, ¿no?

En fin, que ni vacaciones ni nada, pero para mí es como cuando te dan un sorbete de limón entre plato y plato de una comilona. O cuando bebes agua y regurguitas para limpiar el paladar de una cata de vinos. Es una pausa, un pequeño reset, una oportunidad de reorganizar y reorganizarme, de replantear y replantearme, de revisar y de revisarme. Así me paso los veranos desde 2012, así que este va a ser el cuarto verano, y la verdad es que me encanta. Es como si cada vez empezase una empresa nueva, me da nervios e ilusión y quiero comprarme ropa para el primer día del cole, como hacía de pequeña. Y un estuche nuevo. Y me repeino. Me preparo.

 

Supongo que podría hacerlo igual si siguiera publicando semanalmente (igual que mi amigo podría haberse encontrado a sí mismo sin dejar su casa y su curro), pero no. Necesito no estar fuera de mí, necesito meterme en mi cuevita y dejar de pensar en nada que no sea yo y lo que quiero hacer en la nueva temporada. Y hacerlo. Prepararlo. Mover las máquinas para que todo encaje.

 

Mucha gente dice que cuando tienes un blog no hay que parar de publicar nunca. Yo discrepo. Mucho. Evidentemente. Si mis lectoras no son suficientemente fieles para que si pasan dos meses sin leerme al año se olviden de mí y pierdan las ganas de volver para siempre, y quieren mantenerme esclava de una rutina por la que nadie me paga directamente, pues qué le vamos a hacer. No sé, yo no vivo para contar lectores ni visitas. Supongo que quien dice que no hay que parar está mirando continuamente las analíticas y los seguidores y claro, si no publicas no hay visitas y no hay movimiento y eso les debe dar bajona. Yo no lo hago. Yo descanso cuando tengo que descansar, según la estructura que yo misma he preparado. Mis dos meses de interiorismo y reformas.

 

¿Nos enfadamos acaso cuando una serie se toma unos meses entre temporada y temporada o esperamos pacientemente a que estén listos los nuevos capítulos? ¿Nos sentimos abandonados cuando un autor o un director de cine se toma, entre película y película o entre novela y novela, uno o dos años, o esperamos con alegría a que vuelva a publicar o estrenar?

¿Y por qué la gente que vive de su blog no se atreve a hacer lo mismo y tomarse el tiempo para crear y reflexionar? Para mí es un misterio. ¿Será que no lo viven como un proceso creativo? No tengo la menor idea.

Y ahora pienso que podría contar la historia de Stephan. Stephan es estilista de moda. Se hartó y decidió montarse de la nada un riad (un hotel pequeñito) en Marrakech. Después de muchas dificultades y varios años de duro trabajo, abrió Snan13. El sitio donde tenéis que dormir si vais a la ciudad. Cualquier adjetivo se queda corto, y además, siempre están o Xavi (su socio) o Stephan mismo, y además de ser híper-amables tienen millón de recomendaciones que hacerte. Y está en el mismo Zoco, más céntrico imposible, a un paso de la plaza gigante de la que no recuerdo el nombre y tengo pereza de buscar en Google. Total, que Stephan siempre había hecho unos dibujitos así tipo figurines de moda pero muy abstractos y minimalistas. Luego lo fue dejando, aquello que cuando tienes tantas cosas por resolver como que te olvidas de dibujar y de pasar ratos agradables contigo mismo. Cuando el riad ya estuvo montado y funcionando, le volvió a dar el ramalazo. Y se abrió una cuenta de Instagram para irlos publicando. Solo dibuja chicas con un solo ojo, por eso se llama One Eye Girl. Al principio no pasó nada, le seguíamos sus amigos, lo de siempre. De repente, oh cielos, una cosa tras otra y un feature tras otro y casi 150.000 seguidores en cuestión de unos meses, encargos del mundo de la moda y un éxito fulgurante. Y se encontró pensando que debería abrir una tienda online para vender prints de los dibujos a un precio diferente al de los originales, más asequible. Y nos hicimos un Skype y le eché un cablecito minúsculo. Unos días después, la tienda estaba montada y funcionando a tope y yo tenía mi preciosa One Eye Girl (inspirada en la colección de Otoño’15 de Rochas) en casa. Yo creo que esta se parece un poco a mí con las golondrinas revoloteando a mi alrededor, como en casa, ¿no? :)

One Eye Girl - Rochas

 

Quiero decir con todo esto que niñas, poneos las pilas, que no es cuestión de suerte, es cuestión de estar ahí para que te vean, es cuestión de vencer las vergüenzas, es cuestión de cruzar el mundo si hace falta para estudiar lo que de verdad quieres, es cuestión de montar las tiendas, es cuestión de tomar decisiones que te acerquen a las cosas que te gustan y es cuestión de hacer que pasen cosas.

 

Yo ya llevo un tiempo pensando en que lo siguiente a lo que quiero dar espacio en mi vida es a viajar más. Tengo pendiente hacerme algún otro viajecito sola este año, como el de Islandia el año pasado, pero me gustaría poder ir con Arieh y de hecho me gustaría no tener que dejar a ninguno de los animales atrás. Me gustaría viajar “en familia”, y así poder quedarnos todo el tiempo que quisiéramos sin tener que enchufarle a nadie el cuidado de nuestros hijos-animales. Con los gatos la cosa está difícil porque odian moverse de su casa y lo pasan fatal con los cambios, pero he estado meditando la opción de conseguir una autocaravana y probar qué tal se nos daría viajar con Lana y Tyler, y quizás intentar alguna escapada cortita también con Michael y Cloe. Si no se vuelven locos, iríamos añadiendo días. ¡Quién sabe, igual no les desagrada del todo! Me encanta viajar por carretera, me gusta tener mis cosas a mano, me gusta poder comer y descansar en un espacio propio, no siempre en restaurantes (que también, pero no todo el tiempo), y me gusta moverme de un sitio a otro con la libertad de tener tu propio vehículo. Así que claramente lo de la autocaravana suena ideal. Por fortuna, a pesar de que al principio me miró raro, a Arieh también le está pareciendo una buena opción. Así que quizás en un tiempo os escriba cada semana desde un lugar diferente y convierta Oye Deb en un blog de emprendedurismo nómada, que tan de moda están ahora ^_^

Si no puede ser, o tiene que ser de otra forma o en otro momento, pues no pasa nada, pero, como decía más arriba, conseguir una “vida perfecta” (una en la que te sientas cómoda, porque perfecta no es ninguna) es cuestión de tomar decisiones y hacer cosas que te acerquen a lo que quieres. Y yo ahora siento que, con el resto de cosas en orden, lo siguiente que quiero conseguir es ver el mundo. Un paso cada vez.

 

Pero volviendo al tema del mes, al asunto del descansar y no hacer nada. Estuve pensando sobre la idea de “no hacer nada para que ese no hacer nada sirva de algo y te aporte cosas buenas”, y me parecía un poco contrario a la  idea del no perseguir objetivos siempre, lo de “no hacer nada para no hacer nada, para que no sirva de nada, para quedarte a gusto en el vacío y en la nada”, y de repente llegó a mi pantalla un artículo sobre el aburrimiento que decía lo que yo no estaba pudiendo articular del todo bien. Es lo que tiene internet, que te salva cuando no acabas de ser capaz de pensar bien las cosas. En él, Jaime Rubio destila sentido común al poner en la palestra el libro de Peter Toohey, Boredom: A Lively Story.

No he leído el libro aunque por supuesto lo he guardado en la Lista de Deseos de Amazon para el mes que viene o el otro, pero referente a mi disyuntiva sobre “la nada”, hay unos párrafos en el artículo que me parecen muy al pelo:

 

“No hacer nada sirve de mucho. Toohey cita una encuesta en la que se afirma que el aburrimiento “puede contener un potencial de reflexión importante y puede ser un estímulo a la creatividad”. El aburrimiento nos permite soñar despiertos e imaginar soluciones y alternativas. Es “una oportunidad para el pensamiento y la reflexión o la relajación”. Lars Svendsen añade en Filosofía del tedio que el aburrimiento “presupone un momento de reflexión sobre uno mismo, de contemplación de la propia situación en el mundo”.

Santandreu va más allá: todo esto suena muy bien, pero si nos aburrimos sin obtener ninguna ventaja positiva a cambio, “¿cuál sería el problema? El objetivo de la vida no es producir constantemente mercancías tangibles o intangibles”. El psicólogo recomienda “recortar y ralentizar”. Es decir, “prescindir de tareas, de medios” y “hacer las cosas más despacio y prestando más atención”.

Santandreu relaciona la mala prensa que tiene el aburrimiento con la sociedad de consumo y del ocio, que quiere que siempre estemos “ocupados o haciendo cosas emocionantes”. En este sentido, Toohey recuerda que “el tiempo libre, para Adorno, está conducido por la misma comercialización que el tiempo de trabajo: el trabajo genera beneficios y el tiempo libre debe hacer lo mismo”.”

 

Ahí estaba la cosa. Cuando te das cuenta de que todas las actividades a las que dedicas un minuto de tu tiempo están destinadas a generar beneficios es cuando algo empieza a agrietarse. Al menos para mí fue así. ¿Estaba conduciendo mi vida como un negocio en mi súper workaholismo? Desde luego, da que pensar. Y para pensar, nada mejor que descansar.

 

Y por eso este es el último post hasta septiembre. A partir de mañana empiezo La Revisión de Oye Deb (puedes hacerla tú también cuando quieras con tu empresa, y si la compras durante el día de hoy aún llegas al 20% de descuento!), y en consecuencia, vendrán cambios, como siempre, como con cada pausa entre temporada y temporada. De momento lo que es seguro es que habrá un cambio en el diseño de la web. El resto, os lo iré contando por privado (por e-mail) a lo largo de julio y agosto, y lo podréis ver en acción a partir del primer o segundo martes de septiembre.

 

Me despido ya que en las newsletters se me va rápido el santo al cielo y casi escribo 3.000 palabras de una sentada. Que pases un verano feliz y relajado, que descanses y te aburras infinito, que vayas a sitios nuevos, que conozcas a gente estupenda, que mejores tu negocio o le des forma a uno nuevo y que vivas con ganas y amor.

 

Un abrazo enorme,

firmadeb

 

 

optin_finpost_revision2

Tener un negocio sano es cuestión de atención

Cuidar plantas, me he dado cuenta, es una cuestión de atención. Las plantas silvestres son independientes y sobreviven como pueden, haciéndose fuertes solas, pero las plantas de hogar, las de maceta, las creadas para tu disfrute, dependen de ti. Lo intentan igual que todo ser vivo lucha por sobrevivir, pero dependen de ti. Porque en tu casa no llueve. Porque ellas no han decidido la temperatura, ni la humedad, ni la luz. Porque no están en su hábitat (nunca habrían escogido nacer en ese rincón de tu salón, pobrecillas).

Así que tener plantas de interior y lograr que sobrevivan no depende solamente de tus conocimientos o de tu experiencia o de tu pulgar verde –¿se traduce así green thumb?-, aunque todo esto claramente ayuda. Depende en gran medida de tu atención.

Por qué deberías hacerle preguntas a tu empresa y pararte a responderlas

Hace un tiempo un amigo me escribió para decirme que leyendo un post mío había pensado en lo curioso que es que en español cuando alguien no trabaja se diga que está “parado”. Que lo contrario a estar “parado”, entonces, sería estar “en funcionamiento”. O como dicen en el telediario, “en activo”.

Pensé en que estar parado o estar en funcionamiento no suena a ser vivo. Es decir, no dices de un perro que está parado (a no ser que te refieras a que se ha quedado quieto durante unos instantes) o que está funcionando. No lo dices de un pájaro. Esta expresión la usarías solamente haciendo referencia a una máquina, a algún mecanismo con posición de “on” y de “off” y que alterna entre las dos según convenga. Un coche está parado o funcionando. Un ordenador. Una tostadora. Un aspirador. Un corta-césped. Un robot.

Y aparentemente también las personas adultas cuando no tenemos un trabajo.

Aprender a descansar en la incomodidad

La mejor compra de este año es una colchoneta-butaca para la piscina. Y por menos de 15 euros. La mejor compra y la más barata. La cogimos la semana pasada y es lo más cómodo que te puedas imaginar. Te tumbas allí y vas dejándote llevar por la brisa, con las manitas dentro del agua, o fuera, con los pies colgando relajados, con el solecito dándote, te puedes ir echando agua cada vez que quieres y tiene hasta un agujerito para colocar un vaso, lo que ya la convierte en la colchoneta perfecta. No sé cómo hemos esperado tanto para tener una, la verdad.

¿Qué significa realmente el descanso?

En el campo he entendido la cualidad cíclica de la vida en general y de las cosas y seres que ocupan la vida en particular.

Nunca antes había visto las estaciones pasar con tanta claridad. No sólo en el clima, sino en todo el entorno. Todos los cambios que provoca pasar del verano al otoño o del invierno a la primavera: en los animales, en las plantas, en el cielo, en nosotros.

¿En qué se parecen los chinos antiguos, David Lynch y el feminismo?

Este mes de mayo he estado escribiendo sobre la perseverancia, la persistencia y la paciencia. El monotema del mes, aplicado a nuestros negocios y nuestras vidas. Hoy quiero cerrarlo con la newsletter, en la que hablo de lo mismo pero juntándolo con referentes mucho más personales. De ahí el título raro que ha salido :)

Para mí, perseverar o persistir no tiene que ver con la tozudez o la cabezonería. No es un acto de rebelión contra el exterior, ni siquiera contra ti misma, que quizás te dejarías vencer por la pereza o el desánimo. La perseverancia para mí consiste en hacer lo que tienes que hacer para tener la vida que quieres tener.

Y que no importe nada más mientras tú sigas tu camino. Con firmeza y flexibilidad a la vez, en un equilibrio complejo y lleno de fricciones, que sin embargo, si hay algún equilibrio en la vida que valga la pena esforzarse por conseguir, debería ser este, pues es el que nos garantiza afrontar el resto de equilibrios de la vida.

La persistencia de las hormigas

Las hormigas cargan un montón de veces su peso. Las observo casi cada día, cada vez que salgo. Siempre hay alguna haciendo algo extraordinario.

Las veo intentando meter en el agujero del hormiguero cosas tan grandes que es imposible que quepan. Lo intentan una y otra vez, de diferentes formas. A veces se rinden y lo dejan fuera, pero sé que harán algo para acabar metiéndolo, quizás lo dividen entre todas en porciones más pequeñas. A veces cargan con bichos enormes, o trozos de planta gigantes. Las veo con una dirección fija, arrastrando y arrastrando. A veces peleándose contra el viento, que las levanta de golpe y las deja vete a saber dónde (siempre pegadas a su carga, no la sueltan ni queriendo). Saben lo que tienen que hacer y lo hacen. Son parte de un sistema grandioso en el que no tienen demasiada importancia como individuos pero sí como pieza indispensable del engranaje, y lo que traen a casa es valioso.

Lo que el padre de una amiga me enseñó sobre la perseverancia

Mi amiga Violeta tiene un padre (como todos en la vida), pero su padre es bastante sabio. Es un señor alto y elegante, con bigote espeso y ojos sonrientes, al que le gusta llevar sombrero. Empezó de la más absoluta nada y se fue haciendo su nombre y su hueco como traductor y también como escritor y teórico, codeándose con gente tan intelectual a los que casi no sabes ni qué decir, y convirtiéndose también en uno de ellos. Ha trabajado siempre desde casa, en un despacho instalado al final de un pasillo –ancho, pero pasillo al fin y al cabo-. Ni siquiera tienen coche. Quiero decir que es un hombre humilde de vida tranquila, pese a su nombre y a su experiencia.

Estoy segura de que a Violeta le ha enseñado millones de cosas, pero hay una que también me ha enseñado a mí a través de ella, y la recuerdo casi a diario. De verdad, siempre pienso en ello.

Abril en Oye Deb: Sobre la perfección, la imperfección, la mediocridad y la vida que pasa entremedio

Cuando volví de mi ruta en solitario por Islandia solo me traje dos cosas de más. Una, una sudadera (no un jersey de lana, una sudadera de las que puedes comprar en cualquier parte, solo que esta no la podía comprar en cualquier parte porque era una muestra de una marca de skate que por casualidad había llegado a manos del señor de la tienda islandesa), otra, un par de postales con la fotografía en primer plano, cual retrato señorial, una de frente y la otra de perfil, de sendas ovejas islandesas, jovencitas, corderitos en realidad, uno negro y otro blanco.

No tengo costumbre de comprarme cosas cuando voy a sitios, mucho menos postales, pero esas postales me robaron el corazón. No solo porque había estado viendo ovejas a tutiplén durante mi viaje, corriendo incluso el riesgo de atropellar a más de una, sino porque me pareció que representaban algo muy poderoso. El blanco y el negro. La luz y la oscuridad. Aquello que está bien y aquello que está mal. Sin que esté realmente ni bien ni mal, porque, y eso fue lo que me hicieron pensar, ¿por qué una de esas ovejas, bellísimas las dos, tenía que estar mal? ¿Por qué simbolizaban dos polos opuestos, cuando ambas eran, en sí mismas, perfectas e imperfectas a la vez?