¿En qué se parecen los chinos antiguos, David Lynch y el feminismo?

Este mes de mayo he estado escribiendo sobre la perseverancia, la persistencia y la paciencia. El monotema del mes, aplicado a nuestros negocios y nuestras vidas. Hoy quiero cerrarlo con la newsletter, en la que hablo de lo mismo pero juntándolo con referentes mucho más personales. De ahí el título raro que ha salido :)

Para mí, perseverar o persistir no tiene que ver con la tozudez o la cabezonería. No es un acto de rebelión contra el exterior, ni siquiera contra ti misma, que quizás te dejarías vencer por la pereza o el desánimo. La perseverancia para mí consiste en hacer lo que tienes que hacer para tener la vida que quieres tener.

Y que no importe nada más mientras tú sigas tu camino. Con firmeza y flexibilidad a la vez, en un equilibrio complejo y lleno de fricciones, que sin embargo, si hay algún equilibrio en la vida que valga la pena esforzarse por conseguir, debería ser este, pues es el que nos garantiza afrontar el resto de equilibrios de la vida.

La persistencia de las hormigas

Las hormigas cargan un montón de veces su peso. Las observo casi cada día, cada vez que salgo. Siempre hay alguna haciendo algo extraordinario.

Las veo intentando meter en el agujero del hormiguero cosas tan grandes que es imposible que quepan. Lo intentan una y otra vez, de diferentes formas. A veces se rinden y lo dejan fuera, pero sé que harán algo para acabar metiéndolo, quizás lo dividen entre todas en porciones más pequeñas. A veces cargan con bichos enormes, o trozos de planta gigantes. Las veo con una dirección fija, arrastrando y arrastrando. A veces peleándose contra el viento, que las levanta de golpe y las deja vete a saber dónde (siempre pegadas a su carga, no la sueltan ni queriendo). Saben lo que tienen que hacer y lo hacen. Son parte de un sistema grandioso en el que no tienen demasiada importancia como individuos pero sí como pieza indispensable del engranaje, y lo que traen a casa es valioso.

Lo que el padre de una amiga me enseñó sobre la perseverancia

Mi amiga Violeta tiene un padre (como todos en la vida), pero su padre es bastante sabio. Es un señor alto y elegante, con bigote espeso y ojos sonrientes, al que le gusta llevar sombrero. Empezó de la más absoluta nada y se fue haciendo su nombre y su hueco como traductor y también como escritor y teórico, codeándose con gente tan intelectual a los que casi no sabes ni qué decir, y convirtiéndose también en uno de ellos. Ha trabajado siempre desde casa, en un despacho instalado al final de un pasillo –ancho, pero pasillo al fin y al cabo-. Ni siquiera tienen coche. Quiero decir que es un hombre humilde de vida tranquila, pese a su nombre y a su experiencia.

Estoy segura de que a Violeta le ha enseñado millones de cosas, pero hay una que también me ha enseñado a mí a través de ella, y la recuerdo casi a diario. De verdad, siempre pienso en ello.

Abril en Oye Deb: Sobre la perfección, la imperfección, la mediocridad y la vida que pasa entremedio

Cuando volví de mi ruta en solitario por Islandia solo me traje dos cosas de más. Una, una sudadera (no un jersey de lana, una sudadera de las que puedes comprar en cualquier parte, solo que esta no la podía comprar en cualquier parte porque era una muestra de una marca de skate que por casualidad había llegado a manos del señor de la tienda islandesa), otra, un par de postales con la fotografía en primer plano, cual retrato señorial, una de frente y la otra de perfil, de sendas ovejas islandesas, jovencitas, corderitos en realidad, uno negro y otro blanco.

No tengo costumbre de comprarme cosas cuando voy a sitios, mucho menos postales, pero esas postales me robaron el corazón. No solo porque había estado viendo ovejas a tutiplén durante mi viaje, corriendo incluso el riesgo de atropellar a más de una, sino porque me pareció que representaban algo muy poderoso. El blanco y el negro. La luz y la oscuridad. Aquello que está bien y aquello que está mal. Sin que esté realmente ni bien ni mal, porque, y eso fue lo que me hicieron pensar, ¿por qué una de esas ovejas, bellísimas las dos, tenía que estar mal? ¿Por qué simbolizaban dos polos opuestos, cuando ambas eran, en sí mismas, perfectas e imperfectas a la vez?

Que tu empresa sea estupenda, no perfecta

Este mes en Oye Deb estoy hablando de la perfección -o de la imperfección-, de la mediocridad y de la autoexigencia. Y casi todas las emprendedoras a las que admiro y con las que hablo responden prácticamente lo mismo cuando les digo que tienen una empresa estupenda, que me parece que lo están haciendo muy bien y que desde fuera todo parece irles genial: no tía, lo tenemos todo fatal, tenemos que hacer esto y lo otro, tal cosa está muy mal montada, llevo no sé cuánto tiempo sin organizar no sé qué más… En fin, no acabarían nunca de citar defectos. Defectos que dicho sea de paso, a los observadores o clientes nos pasan muy desapercibidos, o son totalmente invisibles.

Hay dos tipos de perfeccionista, ¿cuál eres tú?

Investigando sobre el perfeccionismo y la autoexigencia di con esta charla de la psicóloga americana Carol Dweck para The School of Life. Como me gustó tanto, compré su libro, Mindset: How to Fulfill your potential, pese a que el título en cualquier otro momento me habría tirado para atrás rápidamente.

Sus amplias y claras teorías sobre la personalidad me abrieron un nuevo campo de observación -inmenso- sobre cómo me he enfrentado yo a mis habilidades y mis talentos (y cómo me han enseñado a enfrentarme a ellas mis padres y maestros, básicamente) que me ha ayudado a entender más de mí y de mis reacciones frente al trabajo.

Elogio de la mediocridad

Un día hablando con mi terapeuta. Quizás sobre la autoexigencia, no sé, no recuerdo bien a qué venía.

Me dijo que yo no era especial. Que solo hay unos pocos genios, gente especialmente dotada, y que yo claramente no era uno de ellos. Que era mediocre igual que la inmensa mayoría de la especie humana. Ni más ni menos.

No me lo dijo con desprecio, evidentemente. Esto te lo dicen por ahí y te cabreas pero en terapia es lo que hay. Sienta bien.